Mostrando entradas con la etiqueta "Zapatos de ante azul". Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta "Zapatos de ante azul". Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de marzo de 2018

"Zapatos de ante azul": el inicio de la novela


1. Zapatos de ante azul


Ese hombre sentado que ahora levanta su jarra de cerveza y la vacía de un trago mientras con el pie derecho sigue el ritmo de I will survive, que con voz arrastrada destroza un émulo de Gloria Gaynor sobre el minúsculo escenario, se llama Elvis, así a secas, aunque algunos, los que le conocen de más tiempo, le llaman a veces Chico Elvis, y otros, los menos, Travolta o Toni Manero, porque dicen que se parece a John Travolta, pero no tan alto, bastante más grueso y con menos pelo. Hace apenas una hora interpretaba su versión de Zapatos de ante azul: “una por la pasta,/ dos por el show,/ tres, prepárate,/ venga, tío, voy...”, pero son las dos de un sábado y apenas hay clientela, sólo dos parejas que hace tiempo que han apurado sus copas y que no tienen pinta de consumir más, conque cuando termina la diva –lánguidos aplausos-, él se levanta y dice: ¡Vamos a cerrar! Los otros perezosamente lo imitan, se van, y él, como aún tiene que esperar a que su acompañante de cartel se baje de sus botas y se vista de calle, aprovecha y, mientras, retira los vasos, vacía los ceniceros, limpia las mesas y barre un poco el piso. Aquel, desde un cuarto de baño repleto hasta el techo de cajas de cerveza le grita: Elvis, ¿que no hay gas?, y él: ¡Se acabó ayer! Dúchate con agua fría, que no te vas a constipar, guapa. Y aunque todavía queda bastante porquería en el suelo, sobre todo colillas y tierra de la obra de al lado, que por mucho que barras se cuela por todos los rincones, deja la escoba y se sienta de nuevo. ¡Date prisa, no te me vayas a poner ahora estupenda, que es lo que me faltaba! Tranquilo, solo es una duchita rápida y ya estoy. Una duchita rápida y ya está; la madre que lo parió, dice Elvis, y al cabo de unos minutos se levanta, coge una bayeta de detrás de la barra y se pone a quitar el polvo al cuadro del Rey que hay pintado en la pared del fondo, a la izquierda, junto al escenario.
Él no se ducha aquí, ya se duchará en casa si le apetece. Maqueado a pesar del calor con su traje John Belushi, la camisa blanca y sus botas de tacón cubano, casi siempre actúa con su ropa de calle, por lo menos aquí, en "Las Cuatro Rosas"; en las galas de Bolos es diferente, más festivo, como este Elvis de la pared, en blanco y oro, perfilado en negro, un brazo en alto y el otro al frente, como tendiendo el micrófono al público para que coree el estribillo, but don´t you step on my blue suede shoes..., una pierna parece mucho más corta que la otra, y las cejas..., se les ha ido la mano con las cejas, ...anything that you wanna do. El tupé es lo que más me gusta, y el rótulo que hay debajo de la pintura: "Elvis Presley, el Rey". Lay off of my shoes... y en eso que sale Doli y dice: Si le sigues frotando así, le vas a poner cachondo. Elvis se da la vuelta; ya era hora, responde. Y la otra, qué culpa tiene una si le gusta estar limpia y no ir por ahí oliendo a jamón.
Doli -abreviatura familiar de María Dolores- lleva un vestidito ceñido y calza unas zapatillas del cuarenta y dos por donde asoma el antiguo Manolo.
-Venga, cerrando- dice Elvis con voz desganada.
En la placeta no hay nadie. Ella despotrica contra la finca que están construyendo. Elvis asiente con monosílabos. Luego ella se calla y siguen en silencio hasta el Mercado. Allí Doli encuentra a una conocida, y Elvis se despide y continúa solo. En la Bolsería pasa por enfrente de un garito donde adolescentes embutidos en vaqueros y camisetas alardean de atributos mientras beben cerveza y oyen música de Los Rodríguez. Uno de ellos le grita: ¡Eh, Elvis! Él masculla un insulto y sigue caminando, atraviesa la zona de bares y al poco ya está en casa.
Es un tercero pequeño y mal ventilado, que huele a ambientador revenido, sudor añejo, polvo y hierbas. En su comedor-salita-cocina un hombre delgado de unos cuarenta y pico lee arrellanado en un sillón de hule un artículo del "Muy Interesante". Elvis saluda y antes de sentarse en el otro sillón coge una cerveza de la nevera. ¿Qué tal la nueva infusión? -pregunta-. Ya ves –responde el otro-. Pues sí que estamos bien. Y a ti, ¿qué? Bah, nada especial, muy poca gente -dice, abre la lata de cerveza y bebe un trago-. Oye, pero si estás empapado de sudor. Sí, es que de momento, hasta que lleve los otros a que me los arreglen, solo tengo el Viva Las Vegas y este... Los trajes se pueden entrar, pero no al revés; tienes que hacerme caso, Chico, te sobran por lo menos diez kilos. Ya, si lo tengo pensado, no creas. Un día de estos voy a racionarme las birras. Sí, un día de estos. No te pongas borde -concluye Elvis, y ya no se dicen nada más, uno vuelve a su revista y el otro, a su cerveza, hasta que Elvis descubre un acuario sobre el aparador donde antes se apilaban sus cintas de música. ¡Y esto! –exclama- ¿qué es esto? ¿Dónde están mis cintas? Tranquilo, están ahí, en el suelo, las he puesto en unas cajas de zapatos. Es que he tenido que traerme unas pirañas porque últimamente en la tienda están muy nerviosas y no comen nada, a ver si aquí puedo sacarlas adelante. Ah, muy bien, pirañas, y te las traes a casa para una cura de reposo. Pues espero que no les moleste la música. ¿Y qué comen? Allí les damos liviano o cebo vivo. ¡Cebo vivo! Bueno, eso es lo suyo; yo, de momento, lo estoy intentando con trocitos de longaniza y mortadela, y parece que les va. Ah, cojonudo, les alabo el gusto, porque eso es justo lo que iba a almorzar mañana. Ahora para estar en paz supongo que tendré que freírmelas como boquerones, porque ya he visto que la nevera está pelada. Claro, como te ha dado pena dejártelas solas, las pobres, pues has dicho para qué voy a ir a comprar si total es un día y además a Elvis le va a venir fenomenal un poco de ayuno a ver si pierde algunos de esos kilos que le sobran y se puede cambiar el traje que lleva. Tú, como te puedes pasar con tus sopas de mijo y un poco de alpiste, pues no hay problema, eh.

 

sábado, 20 de junio de 2015

"Zapatos de ante azul (la veranovela de un imitador del Rey)": el comienzo

Ya he contado alguna vez que el inicio de esta aventura literaria y vital que se concreta en una novela titulada Zapatos de ante azul -la veranovela de un imitador del Rey no partió de mi afición a la música o a la
figura de Elvis. De hecho mi recuerdo más remoto al respecto va a asociado al chasco cuando en las tardes de domingo pasaban en la tele alguno de sus infumables musicales, en vez de una de vaqueros, de piratas, de detectives o de Tarzán. El inicio de Zapatos... fue la lectura en "El País" de un artículo sobre el culto a Elvis en el que el periodista recogía el testimonio de una mujer que afirmaba que se había curado milagrosamente de su paraplejia tras haberle tocado el paquete al cantante en un concierto. Más allá de la sonrisa o la mueca que pueda despertar semejante terapia, estaba el hecho de que aquella mujer creía en su propia afirmación. Y no era un testimonio único: las curaciones milagrosas por intercesión del Rey se repetían de un modo asombroso. A partir de ahí inicié una investigación sobre cómo se podía llegar hasta aquel punto de devoción. Para ello leí tanto ensayos y estudios sociológicos como revistas repletas de artículos delirantes, conocí  a seguidores de Elvis, viajé a Memphis, alquilé un coche y recorrí el Misisipi, siguiendo las huellas de Elvis Presley, de Faulkner y de Ignatius J. Reilly en el paisaje, en ciudades y villorrios del delta del gran río. El resultado de todo esto hubiera podido ser un ensayo muy parecido a Elvis people -the cult of the king, de Ted Harrison, experto en religiones de la BBC, quien encuentra en el fenómeno de los "fans" concomitancias muy próximas a las que explican el nacimiento del cristianismo. El caso es que lo que en principio iba a ser un relato se desbordó por las enormes y complejas dimensiones de sus protagonistas en esta novela, que empieza así:


 
        "Ese hombre sentado que ahora levanta su jarra de cerveza y la vacía de un trago mientras con el pie derecho sigue el ritmo de I will survive, que con voz arrastrada destroza un émulo de Gloria Gaynor sobre el minúsculo escenario, se llama Elvis, así a secas, aunque algunos, los que le conocen de más tiempo, le llaman a veces Chico Elvis, y otros, los menos, Travolta o Toni Manero, porque dicen que se parece a John Travolta, pero no tan alto, bastante más grueso y con menos pelo. Hace apenas una hora interpretaba su versión de zapatos de ante azul: “una por la pasta,/ dos por el show,/ tres, prepárate,/ venga, tío, voy...”, pero son las dos de un sábado y apenas hay clientela, sólo dos parejas que hace tiempo que han apurado sus copas y que no tienen pinta de consumir más, conque cuando termina la diva –lánguidos aplausos-, él se levanta y dice ¡vamos a cerrar! Los otros perezosamente lo imitan, se van, y él, como aún tiene que esperar a que su acompañante de cartel se baje de sus botas y se vista de calle, aprovecha y, mientras, retira los vasos, vacía los ceniceros, limpia las mesas y barre un poco el piso. Aquél, desde un cuarto de baño repleto hasta el techo de cajas de cerveza le grita Elvis, ¿que no hay gas?, y él: ¡se acabó ayer! Dúchate con agua fría, que no te vas a constipar, guapa. Y aunque todavía queda bastante porquería en el suelo, sobre todo colillas y tierra de la obra de al lado, que por mucho que barras se cuela por todos los rincones, deja la escoba y se sienta de nuevo. ¡Date prisa, no te me vayas a poner ahora estupenda, que es lo que me faltaba! Tranquilo, sólo es una duchita rápida y ya estoy. Una duchita rápida y ya está; la madre que lo parió, dice Elvis, y al cabo de unos minutos se levanta, coge una bayeta de detrás de la barra y se pone a quitar el polvo al cuadro del Rey que hay pintado en la pared del fondo, a la izquierda, junto al escenario.
El no se ducha aquí, ya se duchará en casa si le apetece. Maqueado a pesar del calor con su traje John Belushi, la camisa blanca y sus botas de tacón cubano, casi siempre actúa con su ropa de calle, por lo menos aquí, en "Las Cuatro Rosas", en las galas de Bolos es diferente, más festivo, como este Elvis de la pared, en blanco y oro, perfilado en negro, un brazo en alto y el otro al frente, como tendiendo el micrófono al público para que coree el estribillo, but don´t you step on my blue suede shoes..., una pierna parece mucho más corta que la otra, y las cejas..., se les ha ido la mano con las cejas, ...anything that you wanna do. El tupé es lo que más me gusta, y el rótulo que hay debajo de la pintura: "Elvis Presley, el Rey". Lay off of my shoes... y en eso que sale Doli y dice si le sigues frotando así, le vas a poner cachondo. Elvis se da la vuelta; ya era hora, responde. Y la otra, qué culpa tiene una si le gusta estar limpia y no ir por ahí oliendo a jamón.
      Doli -abreviatura familiar de María Dolores- lleva un vestidito ceñido y calza unas zapatillas del cuarenta y dos por donde asoma el antiguo Manolo.
-Venga, cerrando, dice Elvis con desgana.
      En la placeta no hay nadie. Ella despotrica contra la finca que están construyendo. Elvis asiente con monosílabos. Luego ella se calla y siguen en silencio hasta el Mercado. Allí Doli encuentra a una conocida, y Elvis se despide y continúa solo. En la Bolsería pasa por enfrente de un garito donde adolescentes embutidos en vaqueros y camisetas alardean de atributos mientras beben cerveza y oyen música de Los Rodríguez. Uno de ellos le grita ¡Eh, Elvis! Él sigue caminando, atraviesa la zona de bares y al poco ya está en casa.
Es un tercero pequeño y mal ventilado, que huele a ambientador revenido, sudor añejo, polvo y hierbas. En su comedor-salita-cocina un hombre delgado de unos cuarenta y pico lee arrellanado en un sillón de hule un artículo del "Muy Interesante". Elvis saluda y antes de sentarse en el otro sillón coge una cerveza de la nevera. ¿Qué tal la nueva infunsión? -pregunta-. Ya ves –responde el otro-. Pues sí que estamos bien. Y a ti, ¿qué? Bah, nada especial, muy poca gente -dice, abre la lata de cerveza y bebe un trago-. Oye, pero si estás empapado de sudor. Sí, es que de momento, hasta que lleve los otros a que me los arreglen, sólo tengo el Viva Las Vegas y éste... Los trajes se pueden entrar, pero no al revés; tienes que hacerme caso, Chico, te sobran por lo menos diez kilos. Ya, si lo tengo pensado, no creas. Un día de estos voy a racionarme las birras. Sí, un día de estos. No te pongas borde -concluye Elvis, y ya no se dicen nada más, uno vuelve a su revista y el otro, a su cerveza, hasta que Elvis descubre un acuario sobre el aparador donde antes se apilaban sus cintas de música. ¡Y esto! –exclama- ¿qué es esto?, ¿dónde están mis cintas? Tranquilo, están ahí, en el suelo, las he puesto en unas cajas de zapatos. Es que he tenido que traerme unas pirañas porque últimamente en la tienda están muy nerviosas y no comen nada, a ver si aquí puedo sacarlas adelante. Ah, muy bien, pirañas, y te las traes a casa para una cura de reposo. Pues espero que no les moleste la música. ¿Y qué comen? Allí les damos liviano o cebo vivo. ¡Cebo vivo! Bueno, eso es lo suyo, yo, de momento, lo estoy intentando con trocitos de longaniza y mortadela, y parece que les va. Ah, cojonudo, les alabo el gusto, porque eso es justo lo que iba a almorzar mañana. Ahora para estar en paz supongo que tendré que freírmelas como boquerones, porque ya he visto que la nevera está pelada. Claro, como te ha dado pena dejártelas solas, las pobres, pues has dicho para qué voy a ir a comprar si total es un día y además a Elvis le va a venir fenomenal un poco de ayuno a ver si pierde algunos de esos kilos que le sobran y se puede cambiar el traje que lleva. Tú, como te puedes pasar con tus sopas de mijo y un poco de alpiste, pues no hay problema, eh.
-Chico, ahí encima de la nevera está el calendario. Hoy te tocaba a ti.
-¡A mí! ¡Qué dices! Pero si lo he comprobado esta mañana -alcanza el calendario, lo mira y se lo tiende a Angelito- ¿Ves? Círculo azul, te lo he dicho.
-A ver..., Chico, hoy es día veintiséis, círculo rojo, te tocaba a ti hacer la compra.
-Veintiséis, ¿estás seguro? Ah, bueno, pues me he confundido. Y ¿cuánto tiempo se van a quedar tus inquilinos?
-Creo que una semana será suficiente.
-Pues tapa bien tus pirañas, que Elmer es capaz de merendárselas, eh. Bueno, me voy a la piltra.
-Yo me quedo a leer un poco más -dice Angelito, y se sumerge de nuevo en un artículo sobre las propiedades de las gemas, a la espera de que la lectura, el cansancio y esa nueva infusión de boldo y caléndula hagan efecto.
       La habitación de Elvis es un cubículo ocupado en su totalidad por una cama, una mesa estrecha, una silla de enea y un armario ropero en cuyo altillo se amontonan varias cajas de discos y de revistas. En la pared del fondo, sobre el cabezal de la cama, hay una ventana que da al patio de luces; la cama está arrimada a la pared de la derecha, de donde cuelga una fotografía enmarcada de Elvis en su última etapa en Las Vegas, justo enfrente de un espejo que, en la pared opuesta, se sitúa dos palmos por encima de la mesa. Una lámpara esférica de cristal blanco traslúcido, colgada del techo, y otro cartel, pegado en la puerta derecha del armario ropero (la cual para poder abrirse requiere un pequeño desplazamiento lateral de la cama) completan la decoración de un cuarto pintado hace años de gris verdoso.
      La imagen de ese cartel es la de la fachada de una mansión revestida en piedra, con un pórtico central coronado por un tímpano y sustentado por cuatro grandes columnas de orden corintio, todo él de mármol blanco. Es un edificio enmarcado por unos robles centenarios, que despierta evocaciones a un pasado fastuoso. Bailes de las debutantes y esclavos recolectando el algodón, criadas con cofia y oficiales sudistas atravesando con urgencia salones aristocráticos.
El porqué de su ubicación en un lugar tan estratégico, desde el cual puede ser observado por Elvis cuando está en la cama, de modo que a menudo es lo último que ve antes de dormirse o lo primero cuando se despierta, ya lo habrá adivinado algún lector: esa elegante mansión colonial, construida en 1939 a escasos kilómetros del centro de Memphis, perteneció a una tal Grace Moore, cuyos herederos vendieron en marzo de 1957 por dos mil quinientos dólares a Elvis Aaron Presley. Es Graceland, la residencia definitiva del Rey hasta su muerte, veinte años más tarde."

viernes, 2 de diciembre de 2011

Elvis contra Bertín (más de "Zapatos de ante azul")


                                                        Elvis contra Bertín
photo by Luke Seagrave.(c.r.: eFestival.co.uk)
[...] "Hace ya algunas semanas y muchas páginas que estuvimos con Elvis en dos veladas organizadas por Espectáculos Bolos; recordamos sus canciones, el número del Gran Bompasto, los bocadillos de morcilla, las casetas de bebidas y a algún que otro personaje, como Vitorino, sus amigos o el mismo Spíder, a quienes esta noche, de haber tenido entradas, los hubieran ubicado en la última fila, allí donde el realizador no hubiera tenido problemas para sacarles del plano, porque en este programa no quieren a gente un poco rara, un poco gorda o un poco fea; ya se encargan unas azafatas muy monas de aposentar al personal para que se vea más o menos. A Elvis, al final. Y encima no pueden ir a por una cervecita o a orinar cuando les apetezca, han de estarse quietecitos en sus sillones de plástico, muy atentos a unas señoritas que levantan unos carteles donde se lee “aplausos” o “risas”. Nada nuevo, en fin, el clásico y tórrido programa de variedades, un enorme bostezo con banda sonora presentado por este Bertín, que encima canta y suelta paridillas que, para las chicas que levantan los carteles son graciosísimas. Para Elvis, no tanto, tiene calor, sed y ganas de orinar, y como no le dejan abandonar su asiento no ha podido tener unas palabras con Bertín en su camerino; está triste, su plan era sencillo, pero se lo han cargado de un modo más sencillo aún. Debería haber previsto un plan be, algo más elaborado, incluso las unicornias podrían haberle servido de cobertura: raptar a Bertín. Se ríe y fantasea mientras un cretino hipnotiza a una señora y hace que se crea que es una gamba, pero él no atiende, sigue puliendo la idea, hasta que unas palabras del hipnotizador ponen a prueba sus reflejos: un voluntario, por favor. El hipnotizador las ha pronunciado dirigiéndose a una señorita de muy buen ver que se hace la remolona, porque se ve que no le apetece mucho danzar por el escenario como el marisco, pero el otro insiste, y cuando ya parece que se va a levantar, Elvis, que se ha zafado sin problemas de la oposición de las chicas de los carteles, ya se ha subido al escenario y sonríe. Bertín, no, el hipnotizador tampoco; se ve que se había hecho ilusiones con la chica, y Elvis se las ha chafado, porque su presencia es tan ostentosa que ya no le pueden decir que se vaya. Disimulan, pues, y recuperan sus sonrisas ortopédicas: bueno, je, je, aquí tenemos a un voluntario rapidísimo, ¿cómo te llamas? ¿Elvis? Elvis ¿qué? Sólo Elvis, pues vale, Elvis, acércate un poquito más aquí, es que si no te arrimas no salimos los dos en el plano, je, je, no te vayas a creer. Cartel de risas. El hipnotizador se les acerca. Elvis se malicia algo: que le haga creerse un atún o una morsa. Fíjate en este dedo, Elvis, síguelo con la mirada. El dedo dibuja unos arabescos en el aire y de pronto ¡plim! le toca la frente y ya está dormido de pie, un  blanco perfecto para las burlas del respetable, del de aquí, en directo, y del que sigue el programa en casa, entre anuncios de colonias y de planes de pensiones, como Engracia, en Valencia, que ha dado un salto de la sorpresa y no aparta la vista de la pantalla, igual que Spíder, que estaba en la cama, porque le duelen un poco las piernas, y Loli le ha gritado como una posesa ¡Paco, ven, Elvis, tu amigo, está en la tele! Y ha ido corriendo a la salita; o como Mari Nieves, aquí, en Benidorm, que está esperando a Toño y le dice su padre nena, cómo se parece ese tío a Elvis... Y todos soportan los anuncios de colonias, de compresas, de coches, de electrodomésticos y de planes de pensiones apenas sin moverse, conteniendo la respiración, hasta que aparece Elvis. ¡Si es Elvis! Pobre Elvis, todo este rato de los anuncios, mientras los espectadores en directo han aprovechado para estirar las piernas, desperezarse o para orinar, ha estado ahí, solo, en el escenario, durmiendo como un pasmarote, y el hipnotizador, que es un sádico, eso se ve enseguida, que disfruta humillando a la gente, ha tenido tiempo para pensar el castigo.
            En ese mismo momento otro sádico recibe una llamada telefónica que le deja a punto de sumarse a la audiencia del programa: ¿estás viendo la tele? No, ¿qué pasa? Rápido, pon Pasarela de artistas.
            El que llamaba era Demis, y el sádico, Vitorino.
            Hay unas melosas palabras de introducción por  parte de Bertín, el hipnotizador acoge sonriente una programada salva de aplausos, se apagan las luces, y solo él recibe en vertical el chorro de luz de un foco. Suena de fondo una música de ambiente. ¿Qué estará tramando? se preguntan en casa. Es un cuento de nuestro rico acervo cultural titulado el medio pollo, dice. El medio pollo es Elvis, que zangolotea por el escenario como una clueca de cien kilos. Cartel de risas. Risas. Un gesto del hipnotizador, Elvis se detiene, su foco se apaga, sigue el cuento, sale una zorra. Otro gesto. Foco. Y ya tenemos a Elvis haciendo de zorra. Más risas. Y luego, un lobo, ¡un río!, un oso hormiguero (aportación propia y muy celebrada del hipnotizador), hasta que llegan al palacio del rey.
            Para que no se me despisten los lectores poco familiarizados con las joyas de nuestro folclore: este rey es un embustero y un egoísta. Resulta que le pidió prestada al medio pollo una bolsa repleta de monedas de oro, con la promesa de que se las devolvería cuando fuera a su palacio, pero cuando se presenta allí el animal, el rey ordena que le encierren en el corral de sus gallos de pelea. Lo que pasa es que antes, cuando se ha encontrado a la zorra, que quería comérselo, para salvarse le ha dicho que se iba al palacio del rey, y que si no le comía, allí la recompensaría. Ella ha dicho que vale, y él se la ha metido en la barriga empujándola con un palito por el culo. Sí, ya lo sé,  disculpen la escatología, pero es lo que tienen a veces estos cuentos. Total, que cuando el medio pollo está entre los gallos, manda salir a la zorra, que se los zampa a todos y con ello se da por bien pagada. Más o menos lo mismo ocurre después con el lobo, el oso hormiguero y el río, pero hasta ahí no llega la representación onírica de Elvis, porque después de la merienda de la zorra, el medio pollo canta esta canción: quiquiriquí, una bolsa de oro  me debe el rey a mí. Y por una intensa asociación neuronal entre lo de cantar y la palabra rey, se abre un debate en el subconsciente de Elvis que le deja fuera del control de su Rasputín, empieza a moverse sin control por el escenario (risas sin cartel), arrastrando y haciendo caer lo que encuentra a su paso: un micrófono, un taburete, una de las cámaras, la cortina del fondo... Bertín está enfadadísimo y le dice al hipnotizador que lo deshipnotice, pero éste todo es tocar a Elvis por la espalda y decirle cuando cuente tres te encontrarás totalmente relajado y quieto, uno, dos y tres, pero ¡ja! ni por ésas. Elvis sigue por el escenario como un ciclón, dando argumentos a Loli, que le dice a Spíder lo ves, es gafe. Engracia se encomienda a la intercesión de san Judas Tadeo. Mari Nieves y su padre observan de pie con la boca abierta. Y Vitorino, conteniendo a duras penas las carcajadas que le acometen con cada desastre, telefonea a Demis y le dice tío, mañana nos vamos a Benidorm.
            Bertín no sabe qué hacer, si pasar otra vez a publicidad o seguir con la chapuza de programa. Sigue, le indica el director. Y Elvis, después de tirar la cortina del fondo, sigue también y destroza unos decorados de madera que quieren imitar unas fachadas andaluzas, con sus rejas, sus macetas de geranios y sus farolillos, pero en eso que le cae una maceta en el hombro y se para. El hipnotizador cree que ha recuperado el control y suspira aliviado, sonríe forzadamente y con un gesto de las manos invita a los espectadores a que dejen de reír y recuperen la compostura. Por supuesto que no le hacen ningún caso. Busca la mirada de Bertín y señala al público y luego a Elvis, como disculpándose: con la gente así, tronchándose por el suelo, cómo quieres que controle yo a éste. Si pudiera, en ese momento Bertín se lo cargaba, y a Elvis también, que permanece ahora en el centro del escenario, sofocado, como recuperándose después del esfuerzo. “Bueno, vamos a ver, querido público si nos vamos serenando todos un poquito”. Yo creo que si pudiera también se cargaba a su querido público, pero tiene tablas y sabe aguantarse. Querido público, dice, y en eso que Elvis se mueve otra vez, avanza hacia delante, muy despacio. Engracia contiene la respiración, Mari Nieves y su padre, también; Vitorino le anima a que continúe y se caiga del escenario. Su caminar no es ya el de los animales del cuento ni el de esa especie de torbellino zombi que acabamos de ver. El hipnotizador, un profesional con muchísima experiencia, se ceba en su propio ridículo dándole instrucciones inútiles. Elvis camina lentamente hasta el borde del escenario, ahí se detiene y se queda mirando el mar de cabezas que tiene enfrente. Bertín, queriendo aparentar normalidad, le pregunta a Rasputín ¿ya está deshipnotizado?, y aquél quiere ocultar su ignorancia al respecto con unas palabras técnicas, pero entonces, cuando nadie lo esperaba, acaso sólo Spíder, la voz clara y firme de tenor barítono de nuestro Elvis ataca los primeros compases de su versión de Zapatos de ante azul, uno por la pasta, dos por el show... Pero eso es más, mucho más de lo que Bertín puede soportar, o sea, que envía a todos los espectadores de casa a los anuncios. Los de aquí aún podemos escucharle un par de minutos, hasta que llegan dos de seguridad y se lo llevan a los camerinos  [...]".
                                                 (del capítulo 13 de la II parte de "Zapatos de ante azul")
                       

lunes, 21 de noviembre de 2011

Las detectives espiritistas

    Las detectives espiritistas (un episodio de Zapatos de ante azul)  


      "The Unicorn o The Unicorn and the Rose, que es su nombre completo, es una sociedad cultural, recreativa y de ayuda mutua compuesta íntegramente por residentes británicos en la Costa Blanca y regida de acuerdo a unas curiosas normas y a una complicada jerarquía. Por ejemplo, los diferentes directores de cada comisión (comisión de bordado, de marquetería, de avistamiento de aves, de repostería tradicional, de gimnasia, del coro, de virtud antialcohólica, de bridge...) son elegidos democráticamente, aunque en el recuento de votos se aplica un índice corrector que suma una serie de votos especiales fruto del mérito de cada concurrente en actividades como la elaboración de la masa del pastel de prunas, el dibujo del cartel de la campaña anual de ayuda a los animales o la invención del cóctel más vomitivo en las reuniones periódicas de la comisión pro virtud antialcohólica. Por debajo de los directores están los secretarios, que son elegidos bianualmente de entre los socios que más fondos hayan aportado a las comisiones. A continuación están los supervisores, que fiscalizan a los anteriores y que son nombrados por éstos y por los dos candidatos a directores y a secretarios que menos votos hayan conseguido. Y por último están los coordinadores, que son aquellos socios cuya edad se acerca más a la media aritmética de todas las edades de los miembros de cada comisión.
     Como mínimo una comisión debe tener ocho miembros, y sólo en casos excepcionales, en los que la Comisión de directores juzgue justificado el interés, se permite el inicio de actividades a algunas con menos socios, pero sólo durante un trimestre. Pasado este plazo, si no se ha conseguido atraer a más socios, hasta completar el cupo mínimo, se disuelve la comisión. Este ha sido el caso de la recientemente disuelta "Comisión para asuntos esotéricos", cuya directora no era otra que la señora Robinson, nuestra anfitriona de esta tarde. Las otras integrantes de la comisión también están presentes y escuchan con atención la disertación de Angelito sobre los alimentos yin y yang para perros. Son la señora Jenkins (antigua secretaria de la comisión) y la señora Slaughter (antigua coordinadora). La persona que falta es la antigua supervisora, la señora Mappley, quien, al parecer, acusó al resto de sus compañeras de beber té con ginebra durante sus sesiones espiritistas, con lo que desacreditó su buen nombre, perjudicó a la comisión y, de paso, ganó puntos de cara a su candidatura para la presidencia de la influyente "Comisión pro virtud antialcohólica". No obstante, el fracaso de aquella comisión no es del todo imputable a la señora Mappley. En los casi dos meses y medio en los que desempeñó el cargo de secretaria, la señora Jenkins recogió con escrupulosa fidelidad en el libro de actas el contenido de las sesiones semanales. Basta con leer unas líneas para comprender que, con o sin ginebra, el futuro de la comisión esotérica iba a ser muy corto.

Extractos del libro de actas de la señora Jenkins

Jueves, 24. 19.30.1ª sesión: invocación espiritista al difunto señor Robinson [...] Tras quince minutos de intentos por fin conectamos con una entidad ultrasensorial, aunque por desgracia no se trata del marido de nuestra querida directora, sino de un señor de Murcia que murió en un accidente de tráfico [...]

20.05 (2ª sesión) Nos demoramos en la invocación casi 25 minutos, hasta que unos golpes tremendos en el techo hacen que nos detengamos sobrecogidas. La señora Robinson retoma la palabra e interpela directamente al espíritu acerca de su identidad y de sus intenciones. El vaso no se mueve, pero de nuevo se oyen los golpes, a los que ahora se suman voces que, poco a poco, se convierten en gritos horrorosos.

Son los vecinos de arriba, que ya están discutiendo, nos descubre desalentada la señora Robinson [...]

Viernes, 1. 19.30. (2ª sesión) Después de un infructuoso intento por conectar con el señor Robinson, la coordinadora Slaughter propone que se abandonen las invocaciones personalizadas, pero se encuentra con la firme oposición de la señora Robinson y de la señora Mappley, muy interesada en hablar con su difunta tía Elaine. Como una servidora apoya a la señora Slaughter, decidimos alternar las invocaciones [...] El vaso empieza a moverse bruscamente trazando un recorrido incoherente entre las letras y los números, hasta que se sale de la mesita y se estrella en el suelo [...] Todos los intentos posteriores son inútiles.

Sábado, 2. 16.30 Según nuestra directora, la señora Robinson, ayer se liberó en su salita una energía negativa que puede ser muy perjudicial para nosotras, por lo que hoy ha convocado una sesión urgente para limpiar su casa. Primero, en un ejercicio agotador hemos ido agitando por todos los rincones unas ramitas de abedul. Después hemos encendido las velas y unas varitas de incienso. La señora Mappley se ha mareado con el humo y hemos tenido que sacarla al balcón [...]

Jueves, 7. 20.05 [...] La directora y la supervisora se han dicho palabras desagradables a raíz de una discusión sobre la financiación de una botella de espiritoso [...]

     En fin, no hace falta que sigamos, ya se da cuenta uno de que con este historial y, a pesar de que contaba con el acicate de los episodios de Expediente X, que todos los martes a las nueve y media de la noche podían ver los socios de "The Unicorn" en versión original en la sala de televisión del club, la "Comisión de actividades esotéricas" tenía, ya digo, un futuro muy corto. Sin embargo, que fuera oficialmente disuelta no implica que sus antiguas integrantes -exceptuando a la señora Mappley- perdieran interés y dejaran de reunirse para hablar de esos temas y, una vez por semana, para practicar la ouija, sólo que ahora esos encuentros tenían un carácter clandestino.
     En principio el té de esta tarde no tenía nada que ver con esas actividades. Se trataba de una merienda entre amigas con un invitado que iba a hablarles de dietética canina. Y, por supuesto, han merendado y han escuchado una disertación muy interesante sobre ese asunto. No obstante, la señora Robinson, en un arrebato de osadía que han aprobado entusiasmadas sus dos amigas, se ha dejado llevar por su intuición y ha invitado a Angelito a una sesión de espiritismo, convencida de que las cualidades que adivina en él facilitarán la comunicación con entes incorpóreos.
     El no quería, no le gusta la ouija, es peligrosa, dice, y, para convencerlas, relata unos hechos que le ocurrieron hace más de veinte años, con lo que consigue animarlas aún más para el evento, de modo que cuando quiere darse cuenta ya están las luces apagadas y hay sobre la mesa un tablero, un vaso y una palmatoria con una vela encendida.
-Espíritu, por favor, ¿serías tan amable de manifestarte dirigiéndote hacia el sí? -pregunta la señora Jenkins, y, para su sorpresa y la de todos, el vaso se dirige con energía hacia el recuadro del centro donde pone yes.
     Las tres amigas están emocionadas, nunca antes habían conseguido contactar tan pronto, así que la señora Jenkins, convencida de que Angelito es un médium, le cede gustosa el privilegio de dirigirse al espíritu.
     El hubiera preferido limitarse a poner el dedo sobre el vaso, pero...
    Al poco tiempo se descubre que el ente incorpóreo contactado es el señor de Murcia fallecido en un accidente de tráfico, pero esta vez no tiene problemas de comunicación, porque Angelito actúa de intérprete entre él y las inglesas.
     Pues resulta que el interfecto pereció en la nacional 234, a la altura de la salida de Villajoyosa, el verano pasado; fue por culpa de un hijoputa (así deletreado por el espíritu en el tablero) que hizo un adelantamiento muy temerario y le obligó a salir de la carretera para no chocarse frontalmente con él, entonces se cayó a un pequeño barranco y se mató. El tío aquel se salió de rositas, huyó y no pudieron identificarle, pero tras un año de investigaciones ha descubierto que veranea en Benidorm, que es un macarra que viene aquí para ligar con extranjeras y que el coche con el que le mató era un ford scort de color rojo. Ahora lo que él quisiera es que ellas le ayudaran a darle un escarmiento.
     La señora Robinson y sus dos amigas escuchan en vilo. Desde que fundaron la comisión, uno de sus objetivos principales ha sido conseguir ese tipo de cooperación, y aunque sus interlocutores favoritos hubieran sido el señor Robinson, la tía Elaine e, incluso, Goldy Rufus I, este caso que ahora se les presenta las satisface y excita, porque además de confirmar esa posibilidad que tanto habían anhelado les brinda una ocasión para emular las hazañas de dos héroes suyos, el agente Mulder, de Expediente X, y la investigadora que interpreta Angela Landsbury en Se ha escrito un crimen".

(del capítulo 9 de la II parte de "Zapatos de ante azul")

domingo, 24 de abril de 2011

TUPELO

     "Tupelo fue fundada tres veces. La primera por unos indios chickasaw quienes, dejando atrás tierras más hostiles, se instalaron en estas colinas del noreste de Tennessee. La segunda, en 1880, cuando el triunfo de su propuesta para el trazado de la línea férrea de San Luis a San Francisco convirtió la ciudad en un enclave ferroviario que, en medio de una vasta zona conocida como el Cotton Belt, propició su rápida industrialización. Fruto de ello Tupelo alcanzó en las siguientes décadas un desarrollo que le mereció los apelativos de “la primera ciudad del noreste del Misisipi” y the city beautiful.
         
     Fuera de esa prosperidad y de esa belleza quedaban los suburbios del este y los barrios de los negros. En uno de los primeros Vernon Presley y su hermano Vester construyeron la cabaña donde el 8 de enero de 1935 el nacimiento de Elvis marcó la tercera fundación.
      Esa humilde casa es hoy el sancta sanctorum de un parque temático dedicado al Rey del rock and roll que incluye una tienda de regalos, la Elvis Presley Memorial Chapel, una capilla construida gracias a las donaciones de los fans, un muro de granito en el que se leen anécdotas protagonizadas por el niño Elvis y sus amiguetes en Tupelo, una estatua en bronce de Elvis a los trece años, un museo donde se repasa su vida y que alberga una buena colección de su vestuario, y un amplio espacio ajardinado para solaz de los numerosos visitantes que vienen cada año al parque.
      Muchos de ellos aprovechan la celebración del aniversario de la muerte del Rey para peregrinar hasta aquí y cumplir con un deseo que tiene algo de religioso: la intuición de que hay algo trascendente en la vida de Elvis.
       En las primeras páginas del comentario a la vida de E.P. que figura al final de su Antología de la Biblia, el reverendo Ervert Felton Dorsey desarrolla la idea de esa trascendencia comenzando con un repaso a los prodigios naturales que anunciaron el nacimiento del ilustre tupelita y con una comparación del pesebre de Belén con esta cabaña de dos habitaciones y dos bombillas. Pero muy pocos de los seguidores del Rey que esta mañana se alinean en la cola que hay que guardar para tener acceso a ella deben de haber leído esas páginas del reverendo capitán. Su convencimiento religioso no viene de los libros sino de su intuición: para ellos el sentimiento que les despierta una canción de Elvis es muchísimo más elocuente y fecundo que cualquier analogía, porque su influencia se extiende, como en el caso de un santo, a cualquier circunstancia que tuviera que ver con su vida, ya sea un lugar como el que hoy nos congrega aquí, o una pertenencia, como esos pequeños retales de su ropa que venden en la tienda de regalos.
        La actitud con que esperan su entrada en la casa es muy reveladora de la devoción que le profesan. Ahí tenemos a los veteranos que alardean de su presencia, como si la visita a esta cabaña fuera lo mismo que atravesar el cabo de Hornos; a los que llegan aquí por primera vez y sus nervios les despiertan una locuacidad incontrolable, a este Elvis puertorriqueño con pinta de mariachi, por ejemplo; a los que soportan la espera, los consejos de los primeros o las historias de los segundos en silencio, como si fueran penalidades necesarias; y a los turistas que pasaban por allí y se han dicho bla bla bla…, y todo lo fotografían y todo lo graban en sus cámaras y, fascinados por la concentración de replicantes del Rey, se les acercan, les saludan y les piden permiso para fotografiarse con ellos o, peor todavía, les saludan con mucha educación, sacan su móvil del bolso o de su mariconera y les dicen que hoy es el cumpleaños de su madre, que no ha podido venir, la pobre, y que le haría mucha ilusión si le cantaran algo.
      [...] Es una capilla pequeña, luminosa y moderna que no tiene nada que ver con los estilos predominantes en la arquitectura religiosa de la zona: el pastelito neogótico y el garaje pelado. Construida gracias a las aportaciones de devotos de Elvis de todo el mundo, guarda para éstos un significado especial difícil de precisar, que va desde la consideración para algunos como algo parecido a una capilla católica dedicada a la advocación de un santo, a las tres estrellas con que es calificada en la “Guía Thompson & Fowler de Capillas con Encanto”: un lugar privilegiado donde celebrar una boda al más puro estilo Elvis que compite en gracia y clase con las mejores de Las Vegas” (sic).
        Pero más allá del culto y la ceremonia, esta construcción es un lugar de meditación donde, con más sosiego que ante la tumba de Elvis y de sus padres en los jardines de Graceland, los asistentes dejan libres sus mentes al recuerdo del Rey, por lo general ya bastante alterados con la previa y preceptiva visita a la cabaña. Con todo, para que esa meditación no resulte demasiado errática, los artífices de la capilla diseñaron una vidriera que, como ejemplo maravilloso de ese mezcladillo trascendental que tanto gustaba al Rey, representa en sus líneas y colores una especie de mandala tibetano, sólo que sus motivos, más occidentales, apuntan a un sincretismo de los frescos de la Capilla Sixtina con los de Las 4 Rosas. Ahí están, enmarañados en un dédalo de líneas y colorines, el brazo que sale del cielo hacia los mortales como diciendo vosotros sois unos pobres desgraciados, miserables, pero no os preocupéis, porque yo os doy mi aliento, os toco así y ya está. Ahí figuran también dos anillos entrelazados, el símbolo de la alianza entre los dos contrayentes que tienen la fortuna de sellar su unión en esta joya tres estrellas de la Guía Thompson & Fowler. Pero también, la alianza entre Elvis, que tenía la costumbre de regalar anillos en sus conciertos, y sus fans, que compran ahora réplicas de plata con las iniciales TCB (Take Care of Business) y el logo del rayo zigzagueante por diez dólares.
            En fin, en esta capilla, en un ambiente de admiración y recogimiento donde los temas del Rey, cantados en silencio o en forma de bisbiseos, ronroneos, sordos murmullos a lo sumo, se acompasan misteriosamente en una especie de om colectivo, se instalan Elvis, Angelito y Cheguevara, cada cual a lo suyo, a  sus recuerdos y a sus canciones en sordina, que, ya digo, conforman de consuno una oración, un rosario interminable, como si dijéramos, con sus misterios y todo, cuyos oficiantes van renovándose, poco a poco, a medida que unos salen y otros entran.
      En el fondo, tal vez esa espiritualidad no sea muy distinta a la que respiró Elvis cuando con poco más de dos años Vernon y Gladis le llevaban a los oficios dominicales del Templo de la Asamblea de Dios, donde un tío abuelo materno suyo, Gains, era predicador. Estaba en East Tupelo, en la calle Adams, en una modesta casa de madera construida por el propio Gains que fue escenario de una anécdota profética recogida en un capítulo del Génesis. Se habla allí de un niño que se escabullía de los brazos de su madre, recorría el pasillo central y se subía a la tarima donde el coro cantaba los himnos. El niño no hablaba todavía ni entendía tampoco lo que decían las letras, pero permanecía junto a los coristas, de pie, mirándolos y siguiendo el ritmo de las canciones con entonados balbuceos. Muchos años después, algunos temas que contribuyeron a reforzar la fama de Elvis llevaban la impronta de aquellos recuerdos: Amazing Grace, Let Us Pray, Peace in the Valley, He…  Todos ellos impregnados de Biblia y soul, pero con ese matiz vitalista y sensual del que el niño Elvis se empapó no sólo en el interior del templo de la calle Adams, sino en todo el East Tupelo."
     ("Zapatos de ante azul -la veranovela de un imitador del Rey-; III Parte, capítulo 5)

martes, 19 de octubre de 2010

Silencio


SILENCIO
Como hace mucho que mis ciberconocidos no saben de mí, corre por ahí el bulo de que estoy muerto. Tranquilos, no hay prisa. Lo que pasa es que Elvis, el protagonista macarra de mi novela "Zapatos de ante azul" -novela que da título a mi blog- me tenía tan vampirizado, que he tenido que echar el freno y poner candado a mi espacio, porque si no, ya me veía en jumpsuit en el instituto, con un buen flequillo empapado de Grecian 2000 y unas gafas modelo pullmantur, y, claro, aunque yo no me tengo mucho respeto y sé que a menudo me paseo por el borde de la esquizofrenia, tampoco es cuestión de pregonar mis carencias a quien quiera y a quien no quiera oírlas. O sea, que he dejado mudo el blog una temporadita. Lo cual, no obstante, no ha impedido a algunos desconocidos apuntarse como seguidores: muchas gracias, majetes, si es que llegáis a leerme en este rincón, espero que no, más que nada para no desairarlos, porque parece que esa fidelidad a un blog vacío es como una reivindicación del silencio, y estas palabras precisamente lo están rompiendo, el silencio, se entiende. Y yo el silencio lo respeto mucho, en serio. De hecho, cuando se me acerca alguien totalmente confundido acerca de mis cualidades de escritor a pedirme algún consejo sobre este oficio solitario le repito mi canon, que por lo menos es breve. Consta de dos artículos. Primero: "Aguántate y no escribas nada". ¿Para qué, si lo que vas a decir ya lo ha dicho otro antes y mejor que tú? Y así salimos ganando todos en árboles y tiempo. Segundo: "Si no puedes aguantarte más y vas a estallar de tantas palabras e ideas, entonces puedes saltarte el primer artículo".