"El café -escribe Zweig- era el petróleo espeso que siempre pondría en movimiento esta fantástica máquina de trabajo". Pero la comida le molestaba. En realidad, cuando escribía le molestaba todo lo que no tuviera que ver con ese acto de creación y, si viajaba a algún lugar movido por el deseo de encontrarse con la duquesa de Castries o con Madame von Hanska, ya les advertía de que nunca se citarían antes de las cinco de la tarde. Ni siquiera las mujeres a las que amó turbaban su disciplina de faquir. Es cierto que la misma desmesura en el esfuerzo le llevaba luego a otro tipo de desmesuras. Su editor Werdet cuenta que en una comida para celebrar la finalización de una novela Balzac se ventiló un centenar de ostras, una docena de chuletas de cordero, un francolín con nabos, un par de perdices asadas y un lenguado a la normanda. Lo que no está nada mal, pero no deja de ser una excepción, un estallido de hambre mal sofocada y un homenaje puntual.
En el capítulo IV de "El primo Pons" tengo subrayadas las siguientes palabras: "En este periodo, que duró aproximadamente seis años, 1810 a 1816, Pons contrajo la funesta costumbre de comer bien [...]. Un estómago que recibe una educación como esa influye necesariamente en la moral, la corrompe, debido a la alta sapiencia culinaria que adquiere. La voluptuosidad, agazapada en todos los recovecos del corazón, impone su ley, abre brechas en la voluntad y en el honor, exige a toda costa su satisfacción."
Entiendo que se trata de un desarrollo literario de aquella declaración de Brillat-Savarin: "dime lo que comes y te diré quién eres", aunque en un principio resulta sorprendente lo peyorativo aquí de la asociación, la merma que produce la búsqueda de la satisfacción gastronómica en la voluntad -la virtud suprema para Balzac- explica tanto ese fragmento como el corolario de unas líneas más abajo: "La mesa, en París, es, desde este punto de vista, un émulo de la cortesana".
Desde luego que se encuentran en sus obras ejemplos abundantes de otro tipo de relaciones entre los personajes y la comida. De hecho con frecuencia esta sirve para definir un carácter. Fernand Lotte, erudito y devoto balzaquiano que parece salido de la imaginación de Borges, publicó en el número de 1962 de "L´Année Balzacienne" -cuando la paciencia aún no había sido sustituida por las herramientas informáticas de búsqueda- una relación exhaustiva de todos los platos que se sirven en "La Comedia Humana", desde las sopas a los postres, asociados a los personajes que los disfrutan. Es un trabajo extensísimo que justifica el lugar de privilegio que comparte Balzac con François Rabelais en la mesa de la literatura francesa y que obliga al curioso que quiera hojearlo a echar mano a un babero para no ponerse perdido por la salivación.
Entre la novela y la gastronomía la relación viene de lejos. Unos mendrugos de pan, unas cebollas, un racimo de uva, una longaniza, un nabo y unos tragos de vino nos llevan a la primera novela moderna, "El Lazarillo de Tormes", que inaugura un género literario que por primera vez daba un protagonismo al hambre. Casi trescientos años después el joven Balzac, cuando aún no se atrevía a firmar con su nombre, reivindica una aproximación realista a su universo novelesco apelando a lo mismo: "En las novelas de nuestros días los autores se preocupan muy poco por el estómago de sus héroes, les hacen ir de un lado para otro, les arrastran a aventuras que les dejan sin resuello y nunca tiene hambre. En esto no se parecen al autor". Por contra, de los dos mil quinientos personajes que aparecen en las páginas de "La Comedia Humana" los que desempeñan un papel más importante a menudo están caracterizados no sólo por lo que dicen, por lo que hacen o por lo que de ellos se dice, sino también por sus gustos culinarios. La máxima de Brillat-Savarin toma así carta de naturaleza literaria en sus novelas, y aunque quizás hoy sus lectores nos sintamos inclinados a juzgar los hábitos gastronómicos no como causa sino como consecuencia de otros factores más prosaicos, muchos de nosotros agradecemos las propiedades nutricias de su prosa, pues a aquel "dime lo que comes..." anteponemos el "dime lo que lees...".
Entre la novela y la gastronomía la relación viene de lejos. Unos mendrugos de pan, unas cebollas, un racimo de uva, una longaniza, un nabo y unos tragos de vino nos llevan a la primera novela moderna, "El Lazarillo de Tormes", que inaugura un género literario que por primera vez daba un protagonismo al hambre. Casi trescientos años después el joven Balzac, cuando aún no se atrevía a firmar con su nombre, reivindica una aproximación realista a su universo novelesco apelando a lo mismo: "En las novelas de nuestros días los autores se preocupan muy poco por el estómago de sus héroes, les hacen ir de un lado para otro, les arrastran a aventuras que les dejan sin resuello y nunca tiene hambre. En esto no se parecen al autor". Por contra, de los dos mil quinientos personajes que aparecen en las páginas de "La Comedia Humana" los que desempeñan un papel más importante a menudo están caracterizados no sólo por lo que dicen, por lo que hacen o por lo que de ellos se dice, sino también por sus gustos culinarios. La máxima de Brillat-Savarin toma así carta de naturaleza literaria en sus novelas, y aunque quizás hoy sus lectores nos sintamos inclinados a juzgar los hábitos gastronómicos no como causa sino como consecuencia de otros factores más prosaicos, muchos de nosotros agradecemos las propiedades nutricias de su prosa, pues a aquel "dime lo que comes..." anteponemos el "dime lo que lees...".
Reflexionando sobre todo esto en la sobremesa familiar de una tarde de domingo me he acordado de cuando el doctor Da Barca -en "El lápiz del carpintero", de Manuel Rivas- le ofrece una comida opípara a un compañero de celda que se consume de hambre y de pena, y así, ante la mirada incrédula y alucinada de los otros presos, por la sola capacidad de su mirada y la fuerza evocadora de sus palabras va surtiendo de delicias al condenado: "Más tarde, cuando el doctor Da Barca le sirvió de segundo un redondo de ternera con puré de manzanas, regado con un tinto de Amandi, a Gengis Khan le fue cambiando el color. Aquel gigante pálido y magro tenía ahora el brillo colorado de un abad goloso. Sonreía en él una abundancia campesina y mensajera, una dulce revancha contra el tiempo que contagió a todos los presentes". No se me ocurre un retrato más certero y brioso para Balzac ni una explicación mejor de los efectos de su lectura.



