Después de cuatro meses de escritura en estás páginas ya es hora de que el lector se vaya del punto final con algo de provecho que le compense por su tiempo y su fidelidad. Así que he decidido obsequiarle con un secreto que vengo guardando desde hace cuatro años y que nunca he confesado ni a mis más íntimos, y no porque me asuste que me consideren imbécil –creo que a los que escribimos por la cara la gente nos mira con un poco de lástima y nos perdona nuestras excentricidades- ni menos aún por temor a que me lapiden con manuales de historia o de física. Lo mío es de alguna manera una vocación de silencio. Sí, ya sé que en este blog ha habido grandes revelaciones. La composición atómica del alma, por ejemplo. Y también consejos utilísimos, como una infusión de bejucos machacados que anula al noveno día de su ingesta la toxicidad de cualquier eventual picadura de serpiente. Pero ni unos ni otros eran míos; ahí yo sólo era un comentarista de descubrimientos ajenos. Ahora soy yo el culpable –utilizando una expresión de mi otro yo, con quien he mantenido una controversia un tanto áspera sobre la materia del secreto-. El caso es que me da un poco de apuro decirlo a las bravas y, aun a riesgo de dar la razón a quienes me animan a que me dedique a coleccionar llaveros en vez de a escribir en mis ratos estas bobadas, he de referirme a una palabra extraña y encima en alemán, “Doppelgänger”, para introducir suavecito el secreto que digo. En castellano significa literalmente “doble que camina”, y se refiere a una especie de desdoblamiento fantasmal que ha dado muy buenos réditos literarios, sobre todo en el Romanticismo. Algunas mitologías suponen que todos tenemos un doble por ahí (los japoneses, más competitivos hasta en el folclore, afirman que dos). Yo al mío me lo imagino en la taiga siberiana, buscando setas, o bebiendo mate en una pulpería patagónica, aunque algunos sucesos ocurridos recientemente (y del que vale como pista el primer comentario a mi segundo artículo sobre literatura y zombis) me hacen barruntar si no andará por los EEUU. En cualquier caso, esta coincidencia fisonómica no pasaría de una broma de la naturaleza si no fuera porque el doble se le suele presentar a uno con una invitación para su entierro. Abundan los relatos sobre esa costumbre macabra; incluso hay unas cuantas referencias históricas que la avalan, en las que no me entretengo para referirme ya a una teoría electromagnética de la simpatía que puede ayudar a comprender el efecto letal del encuentro de uno con su doble. Su autor es el señor Antonio, jubilado de la rama del metal y propietario de un mestizo de bretón y ratonero con quien suelo coincidir en mis paseos vespertinos con mi perro. Dice que cada persona es un radiador de ondas electromagnéticas, a las que responsabiliza de la compatibilidad energética entre dos personas. Lo que llamamos "simpatía" sería, pues, una cuestión de polaridad. De ahí que el encuentro de alguien con su doble -a quien muchos autores atribuyen características opuestas a las de su doblado- produciría un cortocircuito y luego un apagón. De profundizar en todo esto se ocuparía la psicología eléctrica, una rama de la ciencia que, una vez introducida en los planes de estudio, obligaría a reconsiderar los casos de fallecidos al cambiar una bombilla.
Sentado todo esto y, para satisfacción de mi otro yo y de los de su cuerda (nota: no confundir mi otro yo -una vulgar desviación esquizoide- con mi Doppelgänger), sentado esto -digo-, es el momento de aclarar que lo escrito hasta aquí y lo que vendrá a continuación es pura ficción elucubrativa y que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. lo cual firmo a 10 de mayo de 2010, para desánimo de los que ya se estaban poniendo serios para pelarme.
Y ahora sí, amigos, después de muchos estudios y desvelos, puedo afirmar en primicia que Elvis Aaron Presley y Ernesto Guevara de la Serna eran doble y doblado. Son tantos los argumentos que resulta ocioso extenderme en ellos. Es obvio que la mayoría se refiere a oposiciones irreconciliables. Los hay también de oposiciones simétricas -por ejemplo, que tanto Elvis como el Che tenían sendas pecas a la altura de la tercera vértebra lumbar, a la derecha de la columna el primero, mientras que el Che la tenía a la izquierda-. Y, por último, tenemos las coincidencias vitales, de las que entresaco una con la que concluyo. En mis dos artículos anteriores he hablado de la aparición de Stalin a Elvis en el desierto de Arizona. Pues bien, lo mismo le ocurrió a Che Guevara. Fue en 1965, en el Congo, adonde se había trasladado con un pequeño contingente de solados cubanos para apoyar la rebelión de Laurent Kabila. Allí, en la jungla, en una de sus primeras noches, sobre las brasas aún encendidas en las que habían cocinado la cena, se le presentó flotante, como la sonrisa del Gato de Cheshire, pero con más bigotes y menos alegría, la cabeza del Padrecito. Elvis, como creía en la Providencia, consideró su aparición como un mensaje trascendental. Che Guevara, que era un materialista histórico, la atribuyó a los efectos de una mala digestión y a un licor elaborado con hojas de palma.
