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miércoles, 14 de marzo de 2012

El sabor de la memoria

     Elvis tenía a una cocinera a su servicio disponible las veinticuatro horas por si a media noche se despertaba con hambre y se le antojaba un sándwich de mantequilla de cacahuete, plátano frito, picadillo de ternera, salsa de ostras y ketchup. Si en vez de haber sido un hijo de jornaleros pobres, hubiera nacido en Francia en el seno de una familia acomodada, hubiera tenido suficiente con una taza de té y una magdalena, pero como en su memoria llevaba labrado un rastro de pobreza y desarraigo, los tufos grasos que emanaban de aquellos alimentos eran el perfume de una promesa de satisfacción. Pero tanto este sándwich como aquella magdalena valieron por sendos viajes desde el paladar a la infancia, uno a Tupelo, otro a Illiers.
     En los últimos nueve años de su vida Marcel Proust vivió enclaustrado en su apartamento del Boulevard Haussmann, haciendo gala de unas manías y costumbres de las cuales algunas podrían considerarse modelo de las de Elvis si este, en lugar de dedicarse a leer joyas como "La doctrina secreta", "El libro tibetano de los muertos" o "Vida y enseñanzas de los maestros del lejano oriente", hubiera recalado  en alguno de los tomos de "En busca del tiempo perdido" y de ahí se le hubiera despertado el interés por las circunstancias de su autor. No es el caso, claro, por lo que, descartada la causa, queda la coincidencia.
     Proust tenía a una sirvienta disponible las veinticuatro horas por si a media noche se le antojaba enviarla al Ritz a por una cervecita para celebrar la culminación de algún párrafo o por si tenía que mandarla al Weber o al Larve -dos de los mejores restaurantes de aquel París- a por una cena con que obsequiar a algún amigo, a quien no acompañaba, porque a esas horas él desayunaba su café con curasán. Escribía por la noche y dormía por el día, y tanto para lo uno como para lo otro tomaba pastillas: veronal para dormir, cafeína para levantarse. Una vez llegó a casa por la mañana Gide para anunciarle que había ganado el premio Goncourt. Celeste Albaret -su sirvienta- le dijo que el señor no recibía, pero aquel insistió tanto, que al final se atrevió a avisarle.
          -Señor, ¿está usted durmiendo?
           -Por supuesto.
          -Es el señor Gide, que dice que ha ganado usted el premio Goncourt.
          -¿Y por eso me molesta? Dígale usted que venga si quiere a partir de las nueve de la noche.    
     Hace ya algunos años me invitaron a dar una charla a los alumnos de un taller literario carísimo. ¿Sobre qué? -pregunté. "Da igual, háblales de lo que quieras, de Shakespeare, de Salgari, de Machado... Si quieres les puedes leer un cuento. ¿Conoces alguno bueno de pescadores? Uno de nuestros mejores alumnos fue campeón de pesca deportiva". En fin, se ve que se encontraron con un hueco en horario de siesta y como no tenían a nadie a mano me llamaron a mí. No estoy seguro de si lo que esperaban es que los acabara de dormir con un runrún de sermón literario o es que de verdad tenían confianza en mi capacidad para influir literariamente en aquellas criaturas. Casi que me inclino por lo primero, sobre todo por la merienda literaria que habían programado para después. En el porche de la masía, en unos veladores vestidos con manteles de hilo y decorados con centros florales de crisantemos sobre un lecho de ramitas de espino albar, nos sirvieron el té magníficamente en unas tazas de porcelana que en dibujo y colores imitaban aquellas escenas campestres de las de Sèvres de finales del XIX. "Nunca caballero fue de damas tan bien servido" parafraseó el romance el maestro de ceremonias, buscando acaso mi sonrisa de complicidad, mientras una camarera con mandil de puntilla y cofia nos ofrecía una bandeja de plata con magdalenas de mantequilla recién horneadas. Pero en aquel momento yo no estaba para cumplidos, pues mi sorpresa por el evento me había paralizado en la cara una mueca de tonto que, no obstante, aquel tomó por un reconocimiento a sus audacia. En lo particular el sabor a magdalena mojada en té no promueve en mí ninguna introspección, ya que ni uno ni otra han formado nunca parte de mi dieta, así que aquella merienda, aparte de recordarme unas páginas de Proust en "Por el camino de Swann", no activó ninguna conexión neuronal por vía gustativa entre aquel momento y otros pretéritos, y me da que entre la mayoría de los participantes tampoco, aunque quizás de lo que se trataba era de facilitar una experiencia gastronómica placentera a la que pudieran remitirse otras posteriores. En cualquier caso la merienda no sería una finalidad, sino el punto de partida para un ejercicio de escritura, lo cual nos plantea la disyuntiva de considerar al reponsable del taller como un mitómano o como un idiota. 
     Cabe también una tercera posibilidad -la de que fuera un sádico-, aunque para ello hay que presuponerle el conocimiento consciente de la fidelidad con la que el cerebro,  asociando momentos con el sentido del gusto, nos sitúa en un bucle temporal del que a veces resulta difícil salir y que puede ser paralizante. Tanto el sándwich de Elvis como la magdalena de Proust estaban envenenadas de melancolía. Por eso este cambió el té por café y la magdalena por los curasanes. Además, para impedir el asalto a traición  de sensaciones olfativas prohibió que se cocinara en casa. Su genio y su salud no hubieran podido ya con más recuerdos.