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domingo, 18 de junio de 2017

"Kanikosen el pesquero", de Takiji Kobayashi




  En las novelas ambientadas en barcos suele haber una épica de la lucha contra la naturaleza: tormentas, huracanes, vórtices, corrientes, el paso del cabo de Hornos, bajíos, escollos, arrecifes, hambre, sed, escorbuto, desesperación, monstruos marinos, vías de agua en la sentina, ratas en la bodega y coscojo en las galletas, un capitán alcohólico, un contramaestre sádico, rumores de motín en el sollado, el calor de los trópicos y las placas de hielo que se ciernen sobre el casco y hacen crujir las cuadernas. Es el ancho mar de la literatura, donde se cruzan pentecónteras, balandras, galeones, bergantines, goletas y fragatas con buques de acero movidos por motores a gasoil. Allí Jasón saluda a lo lejos a Ahab mientras Nemo sigue la estela de Ulises.
     En mi carta de navegación de la novela de Kobayashi he escrito el nombre de algunos puertos, ensenadas, islotes, corrientes, estrechos, canales y demás, que me ayudan a trazar la derrota del  Kanikosen por el vasto mar literario. Por ejemplo, la gran corriente de Hugo, el faro de "Los trabajadores de la mar", Puerto Baroja, el archipiélago Melville, Isla Stevenson, los fiordos de "El gran sol", el atolón de Zola, punta London...  Ya se sabe: el palimpsesto continuo.
     Con cada una de las novelas y autores citados mantiene un diálogo Kobayashi, un autor japonés, nacido en 1903, y asesinado por la policía imperial treinta años más tarde. La edición de Ático de los libros -traducción de Jordi Juste y Shizuko Ono- incluye al final una nota del editor estadounidense de la edición inglesa de la que entresaco las siguientes líneas:
    
 Takiji Kobayashi ya había sido encarcelado varias veces, aunque hace un año consiguió escapar de una redada policial en su casa. Colaboraba clandestinamente con el Partido Comunista cuando hacia la una del mediodía del 21 de febrero de 1933 fue arrestado mientras caminaba por la calle. Cinco horas después había muerto a causa de las torturas que se le habían infligido. En el momento de su arresto forcejeó con la policía durante media hora y casi logró escapar. Finalmente fue arrastrado a la comisaría y se le aplicó el tercer grado, a pesar de lo cual no confesó nada ni divulgó ningún nombre. Su voluntad de acero le permitió resistir la tortura hasta que cayó inconsciente y la muerte lo rescató de aquel infierno. La policía llevó el cadáver a u hospital, donde consiguió un falso certificado de defunción en el que el médico declaró que era un paciente habitual y que padecía una enfermedad cardíaca que le había provocado la muerte.  (pág. 150) 
     Es interesante constatar cómo todas esas circunstancias que convergen en el asesinato de Kobayashi lo hacen igualmente en la trama de su novela: alienación, enmascaramiento del patriotismo, rebelión, muerte y denuncia, de modo que el heroísmo del autor se convierte por la vía literaria en un modelo de actuación social que va más allá del contexto que lo inspiró. Ahí radica la fuerza poética de esta novela, una fuerza perturbadora que hace sentir al lector como miembro de ese pesquero, pero no porque la ambientación resulte tan vívida que le arrastre a un buque factoría japonés de los años treinta, sino al revés: porque aún queda tanto de aquella deshumanización, que se diría que nada de lo que se nos cuenta nos es ajeno.      

viñeta del cómic de Go Fujio sobre la novela de Kobayashi
       
    "Vamos hacia el infierno". Esta es la oración que abre "Kanikosen el pesquero", su mascarón de proa, como quien dice, el grito de Flegias o el aviso fatal de un coro trágico. Surca un pesquero japonés el mar de Ojotsk adentrándose en aguas territoriales rusas próximas a la península de Kamchatka. A bordo, una tripulación de parias condenada por la miseria y el engaño a la captura y conserva del cangrejo: vagabundos, campesinos, estudiantes, temporeros, desesperados curtidos en diversas formas de esclavitud. Estamos a principios de la década de los años 30, Japón ha invadido Manchuria y ha abandonado la Sociedad de Naciones. El colonialismo es su propia receta para salir de la crisis. En consecuencia, aparte del sake, los cigarrillos y unas raciones magras de rancho, el combustible con el que se alienta a los trabajadores del mar es el honor patriótico:
      "Algunos ya lo saben, pero tengo que deciros que el cometido de este barco factoría de cangrejos no debe verse como una empresa cuyo único objetivo sea ganar dinero. Se trata de un problema internacional de gran importancia. Nosotros, los ciudadanos del Imperio japonés, ¿somos más capaces que los ruskis o no lo somos? Es una lucha de hombre a hombre. Por lo tanto, si..., solo si..., aunque es imposible que eso suceda, si perdemos, los japones que tenemos cojones tendremos que hacernos el haraquiri y dejarnos caer al mar de Kamchatka". (pág. 21)
       Y para que a nadie se le olviden o enfríen esos ardores, el pesquero es custodiado por buques de la armada imperial nipona. Y si aun así a alguien se le olvida, peor para él, por ejemplo al capitán, que tiene la ocurrencia de desviar el rumbo para socorrer a otro pesquero japonés que se está yendo a pique.

      "-¿Así que capitán? -dijo el patrón en tono insultante mientras le impedía pasar con los brazos extendidos de la do a lado-. ¿Y de quién te crees tú que es este barco? La compañía lo ha fletado y ha pagado por él. Los únicos que tenemos algo que decir somos el señor Suda, de la empresa, y yo. A ti te llaman capitán y te crees muy importante, pero no vales más que un trozo de papel higiénico. ¿Te has enterado? Si nos metemos en cosas así, perderemos una semana. ¿Estás de guasa, o qué? ¡Pierde un solo día y verás! Y además, el Chichibu Maru tiene un seguro tan elevado que duele. Si se hunde ese viejo cascarón, aun saldremos ganando." (pág. 32)
 
        Esa lógica del patrón, que es la lógica de la conservera y, con mayor o menor habilidad en el disimulo, la del neoliberalismo, es la que conduce al Kanikosen a lo largo de toda la novela por las aguas heladas del mar de Ojotsk a la caza del cangrejo, un monstruo marino de menor abolengo literario y espectacularidad que el cachalote blanco, pero alentador de semejantes ambición y ruina. En el capítulo 99 de "Moby Dick" el capitán Ahab clava en el mástil una onza de oro como recompensa para aquel que divise la ballena blanca. Aquí la moneda se sustituye por la arenga: el oro por la palabra en un trueque que no ennoblece la segunda, sino, al contrario, la envilece dándole la categoría de la cáscara de un huevo huero. Es un contraste entre la retórica de la dominación y sus consecuencias entre los más desfavorecidos que aumenta la carga política de la novela, pero no tanto como para encallar entre los panfletos. Le ocurre al Kanikosen lo que al Pequod de Melville, que por la gracia de su escritura van más allá del contexto concreto en el que fueron botados y, así, surcan el mar de la literatura con la fuerza eterna de los símbolos.



   
   

domingo, 13 de abril de 2014

El deseo de ser piel roja (2). Grey Owl

Grey Owl
   Durante las décadas de los veinte y treinta del siglo pasado el deseo de ser piel roja fue alimentado entre los ingleses por un indio de los ojibwa, un pueblo oriundo de los bosques del noroeste de Canadá extendido a otros territorios occidentales del país y, más hacia el sur, hasta los Estados
Unidos. El cultivo del "arroz salvaje", el aprovechamiento de la savia de arce y el trabajo con la corteza de abedul son rasgos que caracterizan su cultura material. Su religión, como la de otras naciones indias, era animista. Los chamanes les ayudaban a transitar la frontera entre esta parte de la realidad y el trasmundo espiritual, y su deidad mayor era el Gran Manito -o Manitú-, concebido como una antonomasia de la comunión universal en la naturaleza.
     En un balance de improviso se me ocurre que la aportación ojibwa a nuestra cultura la encontramos en el topónimo Misisipi, que en su lengua significa "río grande", y, sobre todo, en los atrapasueños, una especie de filtros contra las pesadillas constituidos por unos aros de madera de abedul trenzados en su interior de un modo semejante a las telas de araña y de los que penden ristras de plumas. Hoy, aunque desprovistos de su significado mítico original, cuelgan de los espejos retrovisores internos de muchos coches de mi barrio como conjuros contra la modorra de los conductores en un divertido revoltijo sincrético con el escapulario de la Virgen: Yo conduzco, ella me guía y con el imán de San Cristóbal.
     Es tanta la fuerza icónica de estos atrapasueños, que no es infrecuente encontrarlos como aditamentos ornamentales en bares y peluquerías. Sin embargo, y aun reconociendo esa importancia, el gran legado ojibwa no reside en mapas, retrovisores ni comercios, sino en la conciencia ecológica y en el movimiento conservacionista. Y es aquí, precisamente, donde vamos a parar al indio que digo.
          Se llamaba Grey Owl, nació en 1888 en Hermosillo, México, de padre escocés y madre apache, y vivió la mayor parte de su vida en los bosques del hoy conocido como "parque nacional Prince Albert" de Sarkatchewan, en Canadá, plenamente integrado en la naturaleza y conforme a las costumbres de su pueblo. De vez en cuando, sin embargo, aprovechando los ratos de asueto durante las largas jornadas invernales, redactó cuentos y artículos alentado por el espíritu de Manitú, es decir, por un convencimiento apasionado de la armonía del hombre con su entorno y con los animales. Pero no eran historias para los ojibwa. Entre estos las ancianas eran quienes se encargaban de contarlas al calor de las hogueras. Las de Grey Owl ni siquiera estaban escritas sobre corteza de abedul y su lengua original era el inglés. En realidad a los ojibwa no les hacían ninguna falta. Eran historias para el hombre blanco, pensadas no contra su aburrimiento sino para combatir un modo de vida depredador y antinatural. De ahí que luego dedicara tiempo a promocionarlas en viajes y conferencias. En una de estas, en Londres, fue invitado al palacio de Buckingham, donde ataviado con sus plumas y su chaqueta de piel con flecos explicó sus puntos de vista al rey Jorge VI, quien debió de envidiar la seguridad y perfecta dicción del discurso de su invitado. 
     No menos admirados que su rey quedaron dos hermanos adolescentes que por esos mismos días habían asistido a una de las charlas públicas del indio en el teatro London Palladium. Tal fue su impresión, que es probable que aquella conferencia les cambiara la vida. Eran los hermanos Attenborough: David, que se convertiría en un naturalista emblemático de la BBC, y Richard, director de cine entre cuya filmografía figura un biopic de 1999 titulado "Grey Owl". Es evidente que a ninguno de los dos les empañaron su admiración las noticias de los periódicos cuando, al poco de la muerte de Búho Gris, se supo que aquella filiación de la que había presumido era falsa: ni madre apache, ni padre escocés ni nacimiento en México. Todo esto y, sobre todo, su pertenencia a los ojibwa eran, como comprendieron muy bien ambos hermanos, más que una impostura, la materialización de un deseo de fuga y libertad: el deseo de ser piel roja.
     En realidad era inglés y se llamaba Archibald Stansfeld Belaney. Sus padres prácticamente lo abandonaron, dejándolo al cuidado de su abuelo materno y de dos hermanas de este. En 1906, con 18 años, emigró a Canadá. En principio iba a estudiar agricultura, pero pronto marchó a los bosques del norte de Ontario, donde trabajó como trampero, guía y guardia forestal. Allí conoció a los ojibwa y allí emprendió su vuelo como Grey Owl, una conversión desde la caza al conservacionismo que recuerda la del escritor James Oliver Curwood, el autor de The Grizzly King. 
      De algún modo lo suyo fue un reencuentro, pues el joven Archibald ya había conocido a los ojibwa en su Hastings natal cuando leyó La canción de Hiawatha, de Henry Wadsworth Longfellow, quien a su vez había encontrado su inspiración para este gran poema épico sobre un héroe indio en los relatos que le había transmitido personalmente un jefe ojibwa.
      Así se entrelazan la literatura y la vida, los deseos y las historias, como en las redes con forma de tela de araña de los atrapasueños.
Archibald cuando soñaba con ser Grey Owl
        

miércoles, 15 de enero de 2014

Karl May y el deseo de ser un piel roja


Karl May (1842-1912) fue un escritor alemán de novelas de aventuras ambientadas en Oriente Próximo y el Oeste norteamericano que alcanzaron una popularidad extraordinaria, consagrando a sus principales protagonistas, el intrépido vaquero Old Shatterhand (emigrante alemán) y su hermano de sangre, el apache mescalero Winnetou, en dechados de valor y virtud que representaron para generaciones de lectores de aquel país los modelos más amados de heroicidad. Aún recientemente,  en vísperas del Mundial de fútbol de Sudáfrica, un artículo de un periódico alemán animaba a los futbolistas de su selección a "ser once Winnetous para traerse la copa a casa".  Entre nosotros, durante los años setenta y ochenta del siglo pasado pasado, muchos niños y adolescentes lo descubrimos en la mítica Joyas literarias juveniles de Bruguera, con aquella combinación de texto y cómic, sello de la colección, que ayudó a tantos lectores a pasar cómodamente de los tebeos a los libros. Hoy, sin embargo, su presencia en los catálogos de las editoriales y en los estantes de las librerías es algo residual. Frente a Julio Verne y a Emilio Salgari, con quienes a menudo se comparó por su éxito popular, su nombre y sus novelas han quedado muy atrás. Y frente a Chateaubriand y Fenimore Cooper, cuyas obras forjaron también el imaginario europeo del paisaje norteamericano como un escenario de lucha entre la civilización y la naturaleza, aquellos se mantienen con todo merecimiento en la Historial de la Literatura, mientras que a May el tiempo y sus polillas le han relegado a una nota a pie de página de un capítulo prescindible. Sin embargo, esta nadería literaria desde finales del XIX en Alemania gozó de una aceptación social de tanta envergadura, que se dice que su influencia en el pueblo alemán ha sido mucho mayor que la de Shakespeare en el inglés.
     En Bad Segeberg, una pequeña ciudad del estado de Sclewig-Holstein se celebra el "Festival Karl May", que congrega cada verano a cerca de trescientos mil visitantes, la mayoría de los cuales acude disfrazada de indios o vaqueros a presenciar recreaciones teatrales de sus novelas más famosas y a participar en actividades tales como el taller de abalorios indios, la visita al "Saloon", el cursillo de apache, la doma del toro mecánico o el almuerzo de hamburguesa de búfalo. En Ernstthal, en Sajonia, su humilde casa natalicia es un museo; y su confortable residencia de Radebeul, en las afueras de Dresde, donde vivió veinte años hasta su fallecimiento, se ha convertido en un santuario al que peregrinan sus devotos. Es una duplicidad devocional unida a los lugares del origen y de la muerte que inevitablemente recuerda a la de Elvis Presley en Tupelo y Graceland, y no solo por eso, sino también por la dimensión popular de la devoción: el más de un millón de ejemplares vendidos de sus novelas sitúa a Karl May en el segundo lugar de ventas en la historia de Alemania, solo por detrás de la Biblia. Es un dato que aturde, aunque más allá de la contundencia estadística hay una circunstancia que reclama nuestra atención y que va más allá de la materialidad de todos esos libros: su capacidad para afectar a la vida de los lectores. Precisamente siendo este uno de los temas más fecundos de la historia de la literatura, no encontró su don Quijote ni su madame Bovary pirados de tanto leer novelas de vaqueros. Por contra, si la novela no se ha beneficiado de esa relación, la sociología y la psicología encuentran ahí un campo fecundo. En este sentido, quizás la muestra iconográfica más potente nos la ofrece la imagen de Adolf Hitler, en la biblioteca de la cancillería, inclinado sobre una novela abierta al azar y resoplando sobre el flequillo como para dejar expedito el camino de la iluminación que emana de tal o cual hazaña de Old Shatterhand, el vaquero prusiano, siempre al rescate del Führer en momentos de congoja política o incertidumbre. Lo cual se infiere de algunos comentarios de quien fue su arquitecto, Albert Speer, pero especialmente de la lectura del artículo de Klaus Mann Cowboys mentor of the Führer , donde después de ridiculizar el contenido de sus novelas por su simplicidad y maniqueísmo habla de su fama como de una "enfermedad contagiosa" y denuncia lo que en ellas admiraba Hitler: una mezcla de hipocresía y brutalidad que se evidenciaba a menudo en una desvergonzada combinación de citas bíblicas y asesinatos bajo la que subyacía la idea de que los enemigos pertenecían a "una raza inferior", mientras que Old Shatterhand era una especie de superhombre llamado por Dios a destruir el mal y a hacer que el bien prevalezca. "Difícilmente se puede tildar de exageración la afirmación de que la infantiloide y criminal imaginación de Karl May, si bien indirectamente, haya tenido una influencia real en la Historia del mundo" -sentencia Mann.
     Desde luego, resulta muy tentador imaginar a Hitler influido por las novelas de Karl May del mismo modo que los puritanos lo fueron por la lectura de la Biblia. Puede que incluso desde el punto de vista psicológico o psicoanalítico estuviera muy capacitado para ello. Rosa Sala Rose en uno de sus mejores artículos de su Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, el dedicado a Federico el Grande, cuenta que Goebbels para animar a Hitler cuando ya se le había torcido el devenir de la guerra le leía en voz alta fragmentos de la Historia de Federico II de Prusia, de Thomas Carlyle. Cito textualmente: "La paulatina identificación de Hitler con Federico era tan patente que dio ocasión a alguna que otra chanza entre los miembros de su entorno más íntimo; Eva Braun, por ejemplo, tras descubrir manchas de rotulador en el uniforme de Hitler y en alusión al proverbial desaliño del rey, le dijo: ¡Mira, pero si vas muy sucio! Ya no puedes ponerte este uniforme. ¡No tienes que imitar al viejo Fritz en todo e ir paseando por ahí tan asqueroso como él. Es más: según Theodor Morell, el médico de cabecera de Hitler, el repentino dolor que el Führer sintió poco antes de la derrota en la articulación de la pierna izquierda habría sido de origen histérico y habría constituido una imitación espontánea de la cojera real del anciano Federico II."
     Cabe incluso añadir un desdoblamiento más a esta galería: precisamente el que el propio Karl May fomentó con mentiras, falsificaciones y medias verdades sobre su propia identidad, que asoció a la de su protagonista vaquero, Old Shatterhand, y que constituye para mí su mayor logro literario.  
     George Grosz, que satirizó como nadie la injusticia y el abuso en la sociedad de Weimar y denunció con sus dibujos el ascenso del nazismo, también participó de la pasión por el oeste, fruto de la cual son numerosos dibujos y el lienzo de 1916 titulado  "El lejano oeste". En su biografía cuenta el desengaño que se llevó cuando en su juventud, movido por su afición a las novelas de Karl May, visitó al escritor en su casa de Radebeul y, en vez de encontrar como esperaba al alter ego del protagonista de sus novelas, el intrépido y fortísimo Old Shatterhand, se vio ante un abuelete enclenque de vista corta y manos pequeñitas. Años más tarde, la decepción se extendió a sus novelas, y May quedó para él ya por siempre como un escritor  para adolescentes. No obstante, Grosz menciona el hecho de que Hitler fuera lector de aquellas novelas y se pregunta, como nosotros, si después de todo tuvieron una influencia más amplia.
            No es difícil descubrir en todo ese juego de espejos, real o imaginado, un poso infantil de deseos y frustraciones. Es evidente que en literatura su expresión más extensa es la obra de Karl May. Pero la más valiosa es este mínimo relato o poema en prosa de Kafka, titulado El deseo de ser piel roja:

Si uno pudiera ser un piel roja siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo.



martes, 27 de agosto de 2013

La lengua de los nazis (3)

                   Pigmalión en Berlín
      Al final de mi artículo anterior escribí que los nazis durante la noche de los cristales rotos -el pogromo del diez de noviembre de 1938 en Berlín- jaleaban la destrucción al grito de "¡los judíos graznan!", según una frase textual tomada de la edición de los "Diarios de Goebbels" que allí comento: una de Plaza y Janés del año 1975. Es una expresión inquietante. Por un lado es un lema de muerte construido a partir de una metáfora. 
Por otro, el término al que remite, en su vuelo, despierta tantas connotaciones casi como culturas. Ahí están los dos cuervos de Odín, el cuervo blanco de Zeus, los del profeta Elías o aquellos otros, más lejanos, que cuidaron del primer lama. Pero, en general, se puede decir que, por sus habilidades canoras y por sus costumbres dietéticas, los córvidos se asocian a la revelación y a las visitas al trasmundo. Lo cual nos lleva directamente al sentido de aquel grito: al lenguaje y a la muerte, una asociación que encuentra en Kafka a su mejor testigo y visionario en el siglo XX, por lo cual el hecho de que su apellido signifique en checo el nombre de un primo hermano del cuervo -el grajo- puede que exceda a la casualidad.
     Desde una perspectiva más académica, la profesora Anne Griève abunda en lo mismo, hurgando en la obra de los hermanos Grimm, de Perrault y de Afanasiev en Los tres cuervos o la ciencia del mal en los cuentos maravillosos (editorial Fata Morgana, 2012), donde rastrea el anuncio del mal absoluto, personificado no en un sapo ni en un cuervo, sino en un lobo -pues eso significa su nombre- de apellido Hiller. Pero por ahora dejo volar a esos cuervos: ya me ocuparé de ellos (y de los gansos salvajes de Campbell) en otro momento. Vuelvo a lo primero, a la metáfora, no a sus sentidos, sino a su condición poética. Es bien sabido que tanto la metáfora como la metonimia son recursos fecundísimos en la creación de vocabulario; en este particular el alemán anda tan surtido como cualquier otra lengua vecina, pero una cosa es la lengua y otra el discurso, o, si se prefiere, opóngase la etimología a la retórica. La metáfora como recurso expresivo nunca fue del gusto nazi. Por su ambigüedad es una figura sospechosa, femenina, opuesta a la pesadez semántica del símbolo y al carácter didáctico de la metonimia -y dentro de esta, especialmente de la sinécdoque, que identifica el todo con la parte o viceversa, dejando de lado excepciones y minorías, que solo sirven para ensuciar el modelo-. Por eso, del mismo modo que tacharon a los movimientos artísticos de vanguardia de "arte degenerado", en favor de un realismo paleto, los nazis, en lo lingüístico, y en contra de una riquísima tradición cultural alemana, optaron por el grito y por el puñetazo en la mesa. De ahí lo penosa que resulte, no desde el punto de vista moral -que es obvio-, sino estético, la escasa poesía nazi. Y de ahí mi sorpresa también por aquel lema: "¡Los judíos graznan!"
     El hecho es que nunca hubo tal lema. Mucho más conforme a los postulados estéticos nazis, el grito aquel que pronunciaban las hordas y del que desgraciadamente aún hoy se encuentran ecos en las páginas de algunos blogs era Jude, verrecke!, "judío, ¡muérete!" Las causas del error de traducción me resultan impenetrables. Nada hay en el idioma alemán que justifique el equívoco, ni tampoco en inglés, que es el idioma en que se editaron aquellas memorias de Goebbels; ni qué decir tiene, en castellano. Y sin embargo, por el camino de ese lapsus, como decía Freud, avanzamos hacia el descubrimiento de la verdad. 
     Decía Cela que todos los niños cuando nacen son unos genios, y que ya nos encargamos los mayores de convertirlos en gilipollas. Algo de eso hay en el nazismo, pero con el agravante de que ni en la república de Weimar ni en el III Reich todos los alemanes eran niños. Había un chiste en los años veinte que decía que si un Otto o un Franz cualquiera se encontraban al final de una escalera con dos puertas, una con un letrero que indicaba "Paraíso" y otra, "Conferencia sobre el Paraíso", sin duda abrirían la segunda. Lo que pasó luego para que se tiraran de cabeza a una tercera puerta donde ponía "Infierno" fue ese proceso pedagógico y criminal que llamamos nazismo.
   
 En This is Berlin. Reporting from Nazi Germany 1938-40, un libro extraordinario de William L. Shirer que recoge sus crónicas radiofónicas para la CBS en esos años, leemos en la emisión correspondiente al 18 de enero de 1940 (que excepcionalmente es un diálogo entre Shirer y el corresponsal de la misma cadena en Londres, Ed Murrow) que el mayor éxito teatral aquellos días en Berlín era el que cosechaba Pigmalión, de George Bernard Shaw. El dato en sí tiene mucho de paradoja, incluso de chiste, pero a poco que rasquemos damos de bruces en el tema que nos ocupa. La transformación de una pobre vendedora de flores en una dama londinense tiene mucho que ver con la transformación que llevó a los Otto y a los Franz a elegir la tercera puerta. En ambos casos se opera, a través del lenguaje, un cambio profundo en su condición social, una ascensión motivada bien por la adaptación al medio, bien por la disidencia de un estatus de pobreza y marginalidad. Cuando la señora Higgins le pregunta a Liza si cree que lloverá, esta le contesta con un acento aristocrático: Es del todo probable que las bajas presiones situadas al oeste de las islas se desplacen lentamente hacia el este, lo cual es indicio de ausencia de cambios en la situación barométrica. 
      Seguramente el público que abarrotaba la sala en Berlín reiría con ganas la respuesta. Estaban muy necesitados de esa risa, pues ellos mismos eran, como la florista, protagonistas de un esfuerzo ascensional alentado desde la repetición continua de lemas y consignas.
     George Bernard Shaw escribió esta obra en 1913. Por entonces Hitler acababa de instalarse en una buhardilla del distrito bohemio de Múnich. Tenía veinticuatro años, carecía de trabajo y de ingresos y no se resignaba a aceptar su fracaso como artista en Viena. Allí, en el Schwabing, donde tres años antes Kandinski había abierto nuevos caminos no figurativos en la historia de la pintura, el joven Hitler intentaba vender sus láminas de rincones muniqueses a turistas. Y allí, en sus cervecerías, fue donde empezó a contar unas ideas políticas tan rancias y pringosas como sus dibujos a quien quisiera escucharle.
     Thomas Mann, que fue vecino del mismo barrio en aquellos años, habla en Hermano Hitler de cierta dimensión mítica en el ascenso de aquel artista frustrado: El tema del pobre simplón, distraído, que gana la princesa y el reino; el patito feo que se convierte en cisne; la bella durmiente rodeada por un seto de rosas en lugar del círculo de llamas de Brunilda y que sonríe cuando su héroe Sigfrido la despierta con un beso... Es lúgubre, pero todo se ajusta, así como muchas otras tradiciones populares mezcladas con elementos pervertidos y patológicos. Pero entonces, en el año 1913, Hitler estaba igual que la vendedora de flores antes de conocer al profesor, y George Bernard Shaw tardaría aún muchos años en saber de él. Con todo, en aquel Berlín de 1940 quizás no fuera del todo absurdo comparar a aquel con aquella. De hecho, si se fijan en el nombre de la florista, encontrarán una extraña coincidencia: Eliz//a  Dool//ittle. 

                                               

jueves, 25 de julio de 2013

La lengua de los nazis (2)

Los Diarios de Goebbels
   
La expresión Diarios de Goebbels es un tanto ambigua. Por un lado hay constancia de un primer diario que abarca un estrecho marco cronológico -desde el doce de agosto de 1925 hasta el 16 de octubre de 1926- y cuyo manuscrito le fue entregado al expresidente estadounidense Herbert Hoover durante su visita a Alemania, comisionado por Truman para asesoramiento en cuestiones alimentarias en la zona de ocupación bajo mando norteamericano y británico. Por otro, unas memorias bastante posteriores cuya primera anotación data del 21 de enero del 42, y la última, del 9 de diciembre del 43. Según explica su editor norteamericano, se trata de una recopilación de documentos encontrados en el suelo del patio del ministerio de propaganda después de que los rusos entraran en Berlín. Su ordenación, selección y traducción corrieron a cargo de Louis P. Lochner, quien durante más de veinte años, hasta la fecha precisamente en que se inician estos diarios, fue jefe de la oficina en Berlín de la Associated Press. Entre nosotros esta recopilación fue editada por Plaza y Janés en su colección "El arca de papel" en el año 1975.
     Posteriormente, en los archivos soviéticos se encontró una versión completa de los diarios, con anotaciones que van desde el verano de 1924 hasta el 29 de abril de 1945 (dos días antes del suicidio de su autor).
     Sentado esto, las citas que aporto a continuación para seguir abundando en las características del discurso nazi pertenecen a los segundos Diarios, los recopilados por Lochner, que si bien presentan numerosas lagunas en un marco cronológico de apenas dos años, al menos quedan libres de ciertos problemas que plantean los "diarios soviéticos" sobre los que no vale la pena alargarme aquí. 
     Paul Joseph Goebbels estudió literatura y filosofía en Bonn, Würzburg y Freiburg, y se graduó en 1921 en la universidad de Heidelberg. Su gusto por la literatura y unas ansias irrefrenables por ganarse el reconocimiento público le llevaron a escribir una novela en forma de diario que tiene mucho de su propia biografía -Michael- (publicada en el año 29) , numerosos poemas románticos y dos obras de teatro en verso, que fueron rechazadas por los editores, causando, sin duda, una profunda herida en el orgullo del joven Joseph, quien, años más tarde, cuando su poder sobre todas las editoriales de Alemania era incuestionable, recordaría de forma poco grata a más de un editor el gravísimo lapsus. Sin embargo, para entonces la literatura había sido desplazada de sus aficiones y ocupaciones por la política; su interés hacia la primera había quedado relegado a su relación con la segunda. De ahí las piras de
 libros en las que la noche del 10 de mayo de 1933, en la Opernplatz de Berlín, ardieron las obras de Babel, Marx, Schnitzer, Thomas Mann, Jack London, Hemingway, Freud, Remarque y tantos otros. Y de ahí también que sus conocimientos le llevaran a trasladar al discurso político los mecanismos de verosimilitud propios del literario, pues como ministro de propaganda su misión era en gran medida hacer pasar mentiras por verdades. Para lo cual su talento fue innegable. Klemperer le llama en sus Diarios  el más mendaz de los jerarcas nazis, y a su nombre ya ha quedado asociada como una etiqueta de cinismo la frase aquella de "una mentira repetida cien veces se convierte en una verdad". Tan evidente resulta esa condición en su vida y en su obra, que el lector que se enfrente a sus Diarios sin tenerla en cuenta pensará o bien que Goebbels a veces se engaña a sí mismo o que es idiota. Fíjense en este comentario del 25 de febrero de 1942:
     "Los Estados Unidos se jactan de una gran victoria en su lucha por Bali. Afirman haber hundido todos los barcos japoneses, pero, desgraciadamente para ellos, los nipones desembarcaron en Bali. En los países anglosajones es posible engañar al pueblo con esta clase de mentiras. Nosotros no podríamos hacer nada por el estilo. El pueblo alemán nos calentaría las orejas si le diésemos noticias de este tipo."
     O en este otro, del 17 de abril de 1943, a raíz del descubrimiento de las fosas de Katyn, que resulta igualmente ofensivo para la inteligencia como revelador del propósito de Goebbels:
     "El incidente de Katyn se está convirtiendo en un asunto político gigantesco del que podemso esperar las mayores repercusiones. Lo estamos explotando de todas las formas posibles. Los diez o doce mil polacos sacrificados -probablemente no libres por completo de culpa, por cuanto fueron los verdaderos instigadores de esta guerra- pueden servirnos ahora para abrir los ojos de los pueblos de Europa acerca de lo que significa el  bolchevismo."
     La clave de toda memoria es el lugar en el que se sitúa el "yo" en relación a sus lectores y a la sociedad de su tiempo. En el caso de Goebbels se advierte una plena conciencia de que ese "yo" no solo es testigo sino protagonista de la historia, y, a pesar de una cierta despreocupación por el estilo que da a su prosa un aspecto atolondrado, queda claro en todo momento que esos Diarios son un ejercicio de propaganda. Junto a esto, otro rasgo definitorio de estas memorias es la mínima distancia cronológica entre los sucesos que refiere y el momento de hacerlo, que es, por lo general, de un día, lo que aproxima sus anotaciones a las crónicas radiofónicas, con una inmediatez que subraya en ocasiones la perspicacia política de Goebbels, como, por ejemplo, cuando habla de las investigaciones sobre armamento nuclear, cuando expone sus reticencias sobre la alianza con Italia o cuando juzga las capacidades de Laval o de Churchill.
Louis P. Lochner
     A veces, en medio de esos juicios políticos o de sus comentarios sobre los vaivenes de la guerra, aparece inesperadamente lo más cotidiano en forma de alusiones a su dolor de riñones o a sus añoranzas familiares.
     "Por la noche pude consagrar un poco de tiempo a las niñas, con las que me divertí mucho. Es una pena que uno pueda estar tan poco con sus propios hijos... Una vez que termine la guerra me preocuparé mucho más que antes de su educación. No puedo ni deseo pensar en una tarea más hermosa en la paz venidera."
                                                      (20 de diciembre de 1942)
     Pero lo que en otro concederíamos sin más como una expresión de afecto familiar, en Goebbels, que con tanta frecuencia abogó por los sentimientos como herramienta de persuasión, siempre hay que tomarlo con cautela, como esas fotos tan conocidas en las que Hitler aparece acariciando a su perro o besando a niñitas.
     La siguiente anotación, perteneciente al 7 de marzo del 43, ilustra bien el tránsito de lo sentimental a lo pragmático:
     "Asistí a los funerales celebrados en el cementerio del bosque de Dahlem en honor de seis jóvenes de la Luftwaffe, los más jóvenes soldados del Reich, muertos durante el último bombardeo. Presencié escenas conmovedoras. Un joven pastor pronunció un discurso excelente. Creo que debemos requisarle para nuestro movimiento."
    En Solo en Berlín (1947), novela de Hans Fallada que ya comentamos aquí, una mujer recibe la noticia de la muerte de su hijo en el frente. Luego llega su marido del trabajo y, al verla, intuye que algo le ha pasado al hijo. Ella se lo dice y, cuando él coge la carta oficial, ella se la arrebata de las manos y la rompe en pedazos.
Hans Fallada (1893-1947)

     -¿Es que encima piensas leer esa mierda, esas asquerosas mentiras que les escriben a todos? ¿Que ha muerto como un héroe, por su Führer y por su patria? ¿Que fue un soldado y un camarada modélico? ¿Vas a dejar que te cuenten todo eso cuando los dos sabemos que lo que más le gustaba a Ottito era manipular su radio y que lloró cuando lo obligaron a alistarse?  
     A partir de entonces el dolor se convierte en rabia, y la rabia en resistencia. Unas simples postales son el arma que utilizan los Quangel contra el estado nazi. Su oposición política es una oposición lingüística, porque tan subversivo como los mensajes de sus postales es el lenguaje que utilizan. Si Klemperer, en su LTI, desmonta las claves filológicas de la lengua de los nazis, Hans Fallada evidencia con su historia de los Quangel -que es la historia real de los Hampel- la inanidad de su discurso.
     En el prólogo de los Diarios de Goebbels, Lochner cuenta que el 10 de noviembre del 38, un día después de "la noche de los cristales rotos", Goebbels, que había organizado el pogromo, convocó a los corresponsales extranjeros acreditados en Berlín y les hizo la siguiente declaración:
     "Todos los relatos que hayan llegado a sus oídos acerca de pretendidas destrucciones de propiedades judías son una mentira hedionda. No se ha tocado el pelo de un solo judío".
     Es de tal envergadura la mentira, que aturde. Pero no basta con descalificar a su autor con unos cuantos adjetivos ni con atribuir el disparate a un celo patológico en su misión propagandista. La clave de su actitud la revela el mismo Goebbels cuando critica el "intelectualismo" y el "objetivismo" como "atributos judíos de una caduca sociedad occidental". Así, para él, muy por encima de las oposiciones verdad/mentira o bien/mal está la de lo auténtico o genuino, asociado al credo nazi, frente a lo falso o lo corrupto, asociado a todo lo demás.
     Cuenta Lochner que la declaración de Goebbels implicaba una imposición de silencio a los periodistas, pero que lo que el ministro no había tenido en cuenta es que "el día anterior habíamos enviado amplios relatos de la quema de las sinagogas, el asalto a las tiendas hebreas, el apaleamiento de los judíos y de las partidas de gángsters nazis que recorrían las calles gritando ¡los judíos graznan!" Con lo cual la transmisión textual de las palabras del ministro consiguieron en el extranjero el efecto contrario del que pretendía. 
        
     
     

martes, 28 de mayo de 2013

La lengua de los nazis

     Hay un libro en mi biblioteca que nunca acabo de cerrar, cuyos márgenes están atiborrados de notas que enlazan con flechas subrayados y resubrayados, y del que al cabo ya de años desde mi primera lectura puedo citar pasajes de memoria, no por empeño ni facilidad, sino por la elegancia expresiva y por la contundencia de la argumentación. Su autor, Víctor Klemperer. El título, LTI. La lengua del Tercer Reich. 
     Klemperer nació en Landsberg an der Warthe en 1881, ciudad entonces del Imperio Alemán, hoy Gorzow Wielkopolski, al noroeste de Polonia. De su biografía me ahorro los detalles, remitiéndoles con un clic a la Wikipedia, y apunto tan solo el temprano traslado de la familia a Berlín, sus estudios de Filosofía y Letras, su conversión a la fe protestante desde su judaísmo natal y su participación en la Primera Guerra Mundial. Ahí dejamos un paréntesis de estudio y dedicación académica, hasta llegar al año 33, cuando el ya catedrático de Filología en la Universidad Técnica de Dresde empieza a sufrir el acoso de las leyes raciales: primero pierde su trabajo, luego su ciudadanía alemana y después su casa. Evita la deportación a un campo de exterminio gracias a que las mismas leyes con que los nazis hostigan a los judíos establecen condiciones menos severas de crueldad y humillación "para los casados con arios". 
      " [...] sé de un heroísmo mucho más desolado, mucho más silencioso, de un heroísmo que carecía del apoyo de la pertenencia a un ejército, a un grupo político, que carecía de cualquier esperanza en un futuro esplendor y que se encontraba en la más absoluta soledad. Me refiero a las pocas esposas arias (no fueron muchas) que se resistieron a todas las presiones para que se separaran de sus maridos judíos. ¡Cómo transcurrió la vida cotidiana de esas mujeres! ¡Cuántas ofensas, amenazas, golpes y escupitajos soportaron, cuántas privaciones tuvieron que padecer por compartir la escasez normal de sus tarjetas de racionamiento con sus maridos, limitados a las tarjetas judías "subnormales", mientras que sus compañeros arios recibían en las fábricas los suplementos correspondientes a los obreros que realizan trabajos pesados!"
      Sabía muy bien lo que decía, pues su mujer, la pianista Eva Schlemmer, fue una de ellas. Ambos fueron   realojados en una "casa de judíos" -un gueto, en realidad-, les requisaron la mayor parte de sus bienes, los libros entre ellos, y a él le prohibieron el trato con ese material tan peligroso. El único papel que estaba autorizado a manipular era el de los sobres y bolsas de la fábrica Thieming  & Möbius, a la que fue destinado para expiar en parte el delito de su nacimiento. Pero, sin embargo, clandestinamente, asumiendo un riesgo que podía costarle la vida, escribió unos diarios desde el 14 de enero de 1933 hasta el 10 de junio de 1945, que son, al mismo tiempo, una implacable denuncia contra la barbarie y un extraordinario testimonio de compromiso intelectual y resistencia.
     Entre las 1600 páginas de esos diarios (Quiero dar testimonio hasta el final. Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, 2003) hay muchas dedicadas a la observación de las vinculaciones entre la corrupción política y moral de la sociedad nazi y la corrupción del idioma alemán, felizmente recopiladas en LTI. La lengua del Tercer Reich (editorial Minúscula, 2001), donde Klemperer, con el amor y precisión del excelente filólogo que era, nos descubre unas relaciones que son a menudo de causa-efecto. Leemos allí:
     "El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de las palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndola millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente. [...] Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico. Si alguien dice una y otra vez fanático en vez de heroico y virtuoso, creerá finalmente que, en efecto, un fanático es un héroe virtuoso y que sin fanatismo no se puede ser héroe".
     Fue Goebbels quien, advirtiendo las posibilidades propagandísticas de la radio, hizo de este medio el vector que convirtió la toxicidad nazi en epidémica. Los primeros receptores se popularizaron significativamente en el año 33; eran los Volksempfänger ("receptores del pueblo"), perfeccionados y abaratados en el año 38 con el modelo DKE 38, conocido popularmente como el "Goebbelsschnauze", es decir, "el hocico de Goebbels". 
     De ese mismo año, 1938, data uno de los mejores testimonios del alcance de ese hocico. Es la historia de un profesor de instituto que ve cómo se le complica la vida a raíz de la corrección del examen de geografía de uno de sus alumnos. Resulta que a este le hiere su patriotismo el hecho de que el profesor le haya censurado su afirmación de que los negros no son personas. El alumno se lo cuenta a su padre, el padre al director del instituto, y el director al profesor. A cada paso en la cadena aumenta la indignación: ¡qué atrevimiento es ese, que un simple profesor ose contradecir una afirmación del ministro de propaganda! Una afirmación, además, que es de conocimiento público, pues el mismo Goebbels la ha esparcido a través de sus hocicos. En consecuencia, el profesor es amonestado y castigado a que se acompañe a los alumnos durante el preceptivo campamento de formación política de las inminentes vacaciones. Se trata de Juventud sin dios,  novela del escritor húngaro en lengua alemana Ödön von Horvath, quien viéndose ya en el año 33 lo que se avecinaba huyó a Austria y luego a Francia, donde moriría.
     Seguramente hoy Goebbels estaría muy satisfecho de que su anhelo de que no hubiera una sola casa adonde no llegara la voz de su amo se haya completado de una manera tan perfecta con la televisión. El otro día reflexionaba para mis adentros sobre este particular a raíz de unas estupideces perpetradas por algunos políticos del ejecutivo. Me refiero a aquello de que los que protestan contra el abuso de las hipotecas y contra la corrupción o la inepcia de los políticos son unos nazis o unos etarras. La argumentación es tan burda, que me recordó de inmediato las asociaciones que denunciaba Klemperer, como esa que recoge la cita de arriba sobre el "fanatismo" y el "heroísmo". Pero es que además el recurso retórico más contundente del que echan mano para apoyar semejantes dislates no es otro que el preferido de los creadores de los hocicos de Goebbels: la repetición. A veces, escuchándolos, uno piensa que es que son tan tontos, que es que piensan que somos imbéciles; pero otras, pienso que es justamente lo contrario: que somos tan tontos, que a veces pensamos que son imbéciles. Lo preocupante es que este rasgo de su oratoria no es propio de un partido, sino más bien un estigma político celtibérico, como la imposibilidad de dimitir, por ejemplo. 
     La lección de Klemperer o la de Horvath son hoy indispensables en la  calle, en los institutos y en la universidad para frenar la barbarie. Hay que denunciar los hocicos de Goebbels y desactivar la toxicidad de las "primas de riesgo", de las "armas de destrucción masiva", de los "daños colaterales", de la "desaceleración" y del "crecimiento negativo", de la "austeridad necesaria" y  demás.       
                   

domingo, 28 de abril de 2013

Las muertes de Zola (4)


Cuando Zola se fuga a Londres después de la sentencia de 1898 que le condena a un año de cárcel y a una multa de 3000 francos, el juez ordena cobrar la parte monetaria mediante embargo. La prensa nacionalista celebra el fallo y se suma al linchamiento. El Petit Journal publica unos artículos donde se quiere explicar un supuesto odio de Zola hacia el ejército como resultado de la frustración heredada de su padre, de quien se denuncia su expulsión de la Legión Extranjera por malversación de fondos del ejército. De esta manera, Zola, rencoroso e innoble, al tomar partido por Dreyfus en realidad vindicaba la figura de su padre. El caso quedaba reducido a la connivencia de un desafecto al ejército de origen foráneo con un espía judío. Dos traidores a fin de cuentas.
     En su despacho de la redacción de le Petit  Journal, Ernest Judet, redactor en jefe y autor de los artículos, arrellanado en su poltrona, se fumaba un puro y se relamía como un bajá mojándose los bigotes en pastís y leyendo las cartas de sus admiradores en las que le felicitaban por el golpe asestado contra Zola, celebrado tanto por el veneno de su argumento como por la utilización que en él se hacía de la herencia genética que aquel había popularizado para la caracterización de sus personajes. Pero pronto se le iba a indigestar el pastís. La genética por si sola no valía mucho en el método naturalista si no iba a compañada de una buena documentación; y, en lo que respecta al soldado François Zola, su hijo se encargó de demostrar con una autoridad inapelable que todas las acusaciones  eran falsas. Su honradez y constancia daban la vuelta al dos por uno de Judet: de dos casos de traición a dos de falsificación.
     En un relato suyo no muy conocido, El capitán Burle -incluido en el volumen, El arte de morir, publicado por El olivo azul- dos oficiales del ejército implicados en la concesión de un contrato de suministro a su regimiento de carne en mal estado acaban batiéndose en duelo para evitar el deshonor al que parece abocarlos el conocimiento de sus negocios por parte de sus superiores. Uno de ellos es un jugador empedernido; el otro, un crápula que ha empobrecido a su propia familia y que ha cometido un desfalco en el erario militar para satisfacer sus vicios. El primero descubre el engaño en las cuentas que él mismo, fiado de su amistad con el otro, ha avalado con su firma, y es entonces cuando, para tapar el agujero, acepta un soborno por renovar el contrato de la carne, a sabiendas de que esta ha causado ya la enfermedad de varios soldados. Es un trago muy doloroso para él, pero necesario para salvar su honor y el de su camarada, que aunque no le importa tanto está ya vergonzosamente unido al suyo. Pero el mayor Laguitte -aquí su nombre y graduación- no soluciona con ello más que la consecuencia; para evitar la causa insta a Burle a que deje de frecuentar los cafés, abandone a su amante y retome la responsabilidad hacia su familia. Los efectos de su amonestación son tan sorprendentes, que él mismo se obliga a visitar a los Burle para confirmarlos. En este punto el retrato que pinta Zola de la paz doméstica es magistral.
     
El calor ascendía; la única lámpara que iluminaba la mesa dejaba los rincones de la amplia sala sumidos en una vaga oscuridad. Flotaba un espeso bienestar, una intimidad de personillas poco afortunadas que no cambiaban de plato todos los días y a las que una fuente de natillas servidas en el último momento resultaba suficiente para colmar de felicidad.
     El mayor, tras disfrutar de la cena y de la velada, abandona la casa con este convencimiento: Un hogar de gente decente, con los muros de cristal, donde no había manera de ocultar cochinadas.
     Pasa el tiempo y se confirman los nuevos hábitos familiares del capitán Burle. Laguitte está satisfecho, porque ha sabido salir holgadamente del aprieto, pero un día, en una revisión rutinaria de las cuentas, descubre con horror nuevas trampas. Son cantidades insignificantes, distraídas día a día, que suman un total de 545 francos.
     El relato discurre  a partir de ahí con intriga por los territorios oscuros de las debilidades humanas, del honor y de la muerte. En algunos aspectos nos trae a la memoria la sarta de mentiras con que se hilvanó el caso Dreyfus. Por otro lado nos recuerda prácticas políticas muy en boga en nuestra España. La referencia a la carne estropeada nos remite con un hervor revolucionario a unas imágenes de "El acorazado Potemkin". Y las dos últimas frases del relato son, en fin, dos disparos certeros de Zola en su duelo contra todos los Judet.

viernes, 5 de abril de 2013

Las muertes de Zola (3)

fotos de la ficha policiasl de Zola

     El romanticismo desarrolló con más o menos gracia todas las variantes del verbo latino "occidere", desde el suicidio al parricidio, elevándolos a la categoría de tópico literario. El puñal, el frasquito de veneno, el florete o las pistolas son parte ineludible del atrezzo romántico, con ventaja para las últimas, que de tanto en tanto salían del texto al contexto a derramar sangre en vez de tinta. La de Pushkin, por ejemplo, sobre la nieve de San Petersburgo, como la de un pichón del Turia de un soneto de Lorca empapando las plumas de sus alas. El blanco vulnerado por el rojo. La sangre y la flema de tantos artistas tuberculosos en un pañuelo de holanda que asoma del bolsillo superior del gabán tal que una rosa de galanteo. Así lucieron la muerte los románticos.
     Los realistas mantuvieron el tema, pero cambiaron el tono y, aunque algunos mostraron cierta querencia por los venenos -ahí están "El primo Pons" o "Madame Bovary"-, en general encontraron otras armas para acuciar el tránsito de sus personajes, como las órdenes de desahucio, las letras de pago o la devaluación de acciones. Allí donde los románticos sacaban a un embozado con el arma en ristre, los autores del realismo ponían a un funcionario con un requerimiento judicial. El funesto papel con una mota negra que entregaba el ciego al viejo pirata en "El almirante Benbow" era ahora un documento oficial timbrado. Los despachos de abogados, las notarías, los juzgados o las covachuelas de ministerios se convirtieron en escenarios del crimen.
     Unos años más tarde, en la obra de Zola y de los naturalistas la muerte se carga de patetismo para expresar con una violencia intolerable la fuerza asfixiante que ejerce el entorno social sobre el individuo. Dos casos destacan sobremanera de entre la extensa nómina de interfectos que pueblan sus novelas. Por un lado, Gervaise, la protagonista de "La taberna", sometida a un proceso de empobrecimiento y degradación al que nunca antes se había visto abocado ningún personaje de la historia de la literatura. A su lado, todas las desgracias de Jean Valjean en "Los miserables" parecen los achaques de un jubilado de viaje en el INSERSO. Y, por otro, el asesinato en "Germinal" a manos de una turba de mujeres del señor Maigrat, almacenista y tendero, que sacaba rédito del hambre de los mineros en forma de humillaciones sexuales a sus mujeres y a sus hijas.

    Y rodeaban el cadáver todavía caliente, lo insultaban entre risas, tratando de sucia jeta su cabeza destrozada, lanzando a la cara de la muerte el largo rencor de su vida sin pan. [...] Las injurias aumentaron mientras el muerto, tendido de espaldas, miraba inmóvil, con sus grandes ojos fijos, el cielo inmenso del que caía la noche. Aquella tierra amontonada en su boca era el pan que había negado. Y ahora no volvería a comer más que de ese pan. Matar de hambre a la pobre gente no le había traído la dicha.

     Pero las mujeres habían de sacar de él otras venganzas. Le daban la vuelta olfateándolo, como lobas. Todas buscaban un ultraje, una salvajada que las aliviase.  ("Germinal". Quinta parte, capítulo sexto). 

     Más que la violencia que anuncia el texto interesa aquí la transformación del grupo en turba y su consiguiente deshumanización. En sus escritos acerca de "Germinal" Zola subraya el papel de la piedad en su novela; pero no es este un sentimiento contemplativo, sino que, unido a la indignación, se convierte en una exigencia de justicia, presente en todo el texto y que a veces aflora como un estallido de rabia. No obstante, su propia vida no le daba muchos argumentos para confiar en que los profesionales del ramo pudieran reparar las iniquidades derivadas de las grandes desigualdades sociales. Además, Zola desconfiaba de las masas; con frecuencia se desprende  de sus palabras el miedo a la jauría, por muy nobles que fueran las ideas que alentaran la indignación que transforma al individuo en parte de un organismo ciego e irracional. Son muy abundantes en la novela las referencias a la mina como un monstruo que engulle a los trabajadores:

     Aquel pozo, comprimido en el fondo de una cavidad, con sus achaparradas construcciones de ladrillos, y con su chimenea alzada como un cuerno amenazador, le parecía tener un aspecto malsano de bestia voraz, acuclillada allí para devorar el mundo. (Primera parte, capítulo primero).    

     Y aunque le sobra perspicacia para denunciar cuál es la lógica del monstruo, deja una distancia para que juzgue el lector: la del discurso en estilo indirecto libre que recoge las palabras de un personaje (las de Étienne en este caso):

     Con frases rápidas se remontaba al primer Maheu, mostraba a toda aquella familia gastada por la mina, devorada por la Compañía, más hambrienta que nunca, tras cien años de trabajo, y, delante de ella, ponía luego los vientres de la administración, que rezumaban dinero, y toda la banda de los accionistas mantenidos como putas desde hacía un siglo sin hacer nada, gozando de su cuerpo. (Cuarta parte, capítulo séptimo).  


     En el año 1898, apenas cuatro años después de que se iniciara el caso Dreyfus, Henry de Groux mostró pictóricamente su solidaridad con Zola y los dreifusistas con el cuadro que reproduzco aquí al lado, de título "Los ultrajes a Zola". En él vemos a una turba henchida de amor a la patria y al ejército abalanzarse sobre el escritor para cobrase en carne la ofensa que este infligió al estado defendiendo la verdad y el honor de un capitán judío. El juez le impuso un año de prisión y 3000 francos de multa. La jauría, su linchamiento. "¡Muera Zola! ¡Mueran los judíos!" eran las consignas. Por la noche su casa fue apedreada. Unos días más tarde, aprovechando un aplazamiento en la ejecución de la sentencia debido a un fallo de forma, Zola se escapó a Londres. 
     Como vemos, el miedo a la enajenación de la masa estaba por encima de la ideología que la alentaba. De esto quizás continúe hablando en un próximo artículo.     

viernes, 15 de marzo de 2013

Las muertes de Zola (2)


     El segundo entierro de Zola ocurrió seis años después de su muerte, cuando su fama literaria era tan evidente que le valió el ingreso en el club más selecto de la cultura francesa, el de los moradores del Panteón, junto a Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo y Alejandro Dumas, entre otros. Pero entonces, como ya había ocurrido en el primer sepelio, el reconocimiento público no acababa de sofocar la inquina que despertaba su nombre entre algunos ciudadanos vinculados a sectores derechistas, militares y antisemitas. De ahí que un pirado quisiera ajustar cuentas, pero como disparar a un ataúd queda muy feo, su tiro encontró mejor diana en el cuerpo del capitán Dreyfus, que acudía al homenaje de quien había hecho tanto por su libertad, hasta el punto de arriesgar su vida en un pulso memorable contra las razones de estado. Por suerte el disparo solo le rozó, quizás no tanto por  mala puntería, sino porque los estragos que había sufrido Dreyfus durante sus cinco años de condena en la Isla del Diablo habían dejado su cuerpo como el de un faquir.
     Si obviamos la estupidez del pistolero y su incompetencia profesional (también como periodista), los motivos que le habían llevado hasta el atentado eran de diversa índole. En primer lugar había un sentimiento de venganza por la muerte de algunos antidreyfusistas ilustres (como el coronel Henry- artífice de la inicua acusación que inició el proceso-, que se degolló con una navaja barbera después de haber confesado sus falsificaciones, o la del presidente de la república, Félix Faure, muerto en brazos de su amante -pagada para tal efecto por los judíos, según algunos artículos infamantes de la prensa nacionalista). Pero el caso desborda con mucho lo particular. En él convergen cuestiones sociales, políticas y hasta literarias, aunque las que se refieren a esto último no son más que un encubrimiento de las anteriores bajo una argumentación que supedita lo estético a una interpretación de lo moral. En lo social había un antisemitismo de fondo que había calado en la burguesía a raíz del fiasco del proyecto de la compañía de Lesseps para las obras del canal de Panamá -un asunto muy turbio en el que estaban implicados políticos y periodistas, pero cuyos promotores financieros eran todos judíos-. En lo político, la denuncia del ejército contra Dreyfus por espionaje a favor de los alemanes había sido asumida por la derecha como un alarde de patriotismo; y, por lo mismo, su defensa (no solo la de Zola, sino la de otros muchos, como por ejemplo la del coronel Picquart, que pagó primero con la deportación a Túnez y luego con la expulsión del ejército su descubrimiento de la identidad del verdadero espía y, por tanto, de la invalidez de las pruebas de la acusación) fue tomada como una traición a la patria.



     En cuanto a lo literario, ya digo que se trata más de una excusa, a la que apelaron los nacionalistas y antisemitas cuando el artículo de Zola en "L'Aurore" -J'accuse...!- empezó a desmontar los argumentos de la acusación. Entonces, a falta de razones, los defensores de la patria y del honor del ejército -que para ellos era lo mismo- se arrogaron también el papel de defensores de la moral por la vía de la crítica al estilo del autor de "La taberna", "Naná" o "Germinal", obras cumbres de lo que llamaron retórica de las alcantarillas por considerar que su autor se había vendido al éxito fácil, alimentando los bajos instintos de sus lectores con carnaza obscena y pornográfica.
  No me voy a entretener aquí desmintiendo esa bobada, pero me complace remitir al lector interesado a dos capítulos del que probablemente es el mejor ensayo sobre literatura escrito en el siglo XIX, "La cuestión  palpitante", de Emilia Pardo Bazán: el XIV, titulado Zola, su estilo, y el XV, De la moral, donde trata de estos temas con una perspicacia y conocimientos envidiables.
     En general, en España las reacciones a la obra de Zola no fueron tan viscerales como en Francia -una prueba es ese magnífico trabajo crítico De Pardo Bazán,  católica y  tradicionalista-, aunque tampoco faltaron los apasionados. Alejandro Sawa, por ejemplo, cuyo mérito literario ha quedado hoy injustamente relegado al hecho de que fue el inspirador del Max Estrella de Luces de bohemia, escribió en la revista "Don Quijote" un artículo necrológico en el que se lee:
     " [...] Cuando murió Hugo el apocalíptico, quedaba Renan, quedaba nuestro gran maestro de hoy, de pie, y nimbado de resplandores. Muerto Zola, ¡Dios mío! ¿qué alta figura vertical nos queda sobre la tierra?"
     En sentido contrario también podemos encontrar críticas tan encendidas como el artículo de Sawa, pero he preferido traer aquí una simple nota a pie de página del traductor anónimo de "Teresa Raquin" en una edición de Club Internacional del Libro del año 1985:
     "Después de estudiar mucho este capítulo, no sin repugnancia, hemos decidido suprimir en la traducción dos párrafos y los detalles de algunos más;  es, en efecto, este capítulo una pintura tan asquerosa, por lo mismo que es tan naturalista, que realmente produce náuseas."   
     Se refiere el traductor en su casta censura al momento en el que el protagonista de la novela,  unos días después de haber asesinado al marido de su amante  echándole al Sena, acude a la morgue a ver el cadáver del interfecto. Ahí es cierto que Zola se demora en la descripción  del lugar,  de los visitantes, que acuden como a un espectáculo de feria, y de los cuerpos, pero no con más parsimonia con la que unas páginas atrás, por ejemplo, ha hablado de una mercería o del merendero que hay junto al río.
     La muerte está muy presente en la narrativa de Zola, pero nunca es un espectáculo inane. La mejor prueba es quizás el texto que mencioné en mi artículo anterior, Una autopsia social, en el que la muerte y sus ceremonias constituyen todo su argumento. A mí, particularmente, el capítulo de "Teresa Raquin" me remite al cuadro de Géricault La balsa de la Medusa, no tanto por lo de denuncia que pueda haber en él, sino por esa otra característica del naturalismo, el detalle en la descripción de ambientes sórdidos, asociados por lo general al proletariado, una clase que adquiere el protagonismo literario con este  movimiento. Sin embargo sería injusto cerrar el artículo con referencias escatológicas: ya se ocuparon en demasía los enemigos de Zola. Prefiero recordar las palabras de Bernard Accoyer, presidente de la Asamblea Nacional francesa en el 2008, pronunciadas con motivo del centenario del traslado de los restos del gran escritor al Panteón:
     "Contra el antisemitismo, siempre resurgente, contra todas las formas de revisionismo, es importante transmitir a las jóvenes generaciones el recuerdo de momentos oscuros como aquellos en los que grandes hombres supieron oponerse al fanatismo y al fatalismo".           

jueves, 14 de febrero de 2013

Las muertes de Zola (1)

     Zola muere el 29 de septiembre de 1902 en circunstancias tan vaporosas como el monóxido de carbono que colapsó sus pulmones. La mala combustión de la chimenea de su gabinete no disipa las sospechas de suicidio ni las de una conspiración de militares facciosos escocidos por la intervención del escritor en el caso Dreyfus. Son tres alternativas -accidente, suicidio y asesinato- que rubrican de distinto modo una misma vida. La primera, la que da la responsabilidad al tiro embotado de la chimenea, es la menos literaria de todas, a pesar de que el carbón y la muerte conforman un maridaje de abolengo. Pero si Zola hubiera imaginado el relato de su muerte como hizo con otras en Una autopsia social, ni siquiera hubiera contemplado esa opción, porque si algo se opone radicalmente al determinismo de su literatura es el azar.
      El suicidio, por contra, desde Las desventuras del joven Werther, es un buen final literario, solo que en la obra de Zola se trata menos de una desesperación amatoria que de un atajo para ahorrarse miseria y sufrimiento, lo cual lo hacía más recomendable para sus personajes que para sí mismo. En su estudio literario sobre la muerte y los ritos funerarios citado arriba (Una autopsia social, publicado por El olivo azul con otros tres relatos que giran también en torno a la muerte en un volumen titulado El arte de morir), leemos:
      "Morisseau alza un puño rabioso hacia el cielo; ¡cualquier tiempo es bueno para reventar a la pobre gente! Si hiela, malo; si deshiela, peor. Si su mujer accediera, prendería un fuego a un puñado de carbón y se irían los tres juntos. Y asunto acabado."
      Aclaro que Morisseau es un obrero sin trabajo cuyo hijo se muere de pleuresía y hambre. A muchos de ustedes, sin duda, les habrá remitido el texto a Luces de bohemia, de Valle-Inclán, obra enmarcada por una propuesta de suicidio con las emanaciones de la hulla  de un braserillo y por su cumplimiento. Pero Zola, ya digo, no andaba necesitado de atajos. Además ayuda a invalidar esa suposición  el conocimiento de que fueron los periódicos antisemitas y nacionalistas -"La Libre Parole" y "La Croix"-, que tanto le habían atacado en vida, quienes propagaron esa especie. Queda, por tanto, la conjura de los militares, que es la opción más novelesca, aunque, por eso mismo, muy alejada del tono y carácter de sus novelas. Ya la instrucción judicial abierta el mismo día de la defunción planteaba ciertas contradicciones que apuntaban a caso criminal, aunque al juez no le resultaron tan evidentes como para refutar la tesis más cómoda, que era la del accidente doméstico. Cincuenta años más tarde unos artículos publicados en el periódico "Libération" titulados Zola a-t-il été assassiné? que recogían nuevas declaraciones testimoniales reavivaron la idea de la conspiración facciosa.
     Con todo, detrás de esas tres explicaciones hay algo más que sospechas y certidumbres. No se trata tanto de un caso policiaco como de un conflicto moral, sobre el que las exequias del escritor nos ilustran mejor que su muerte. Tuvo un entierro de primera, no muy diferente al que él mismo imaginó en Una autopsia social para el conde de Verteuil: gran cortejo, multitudes expectantes, coches fúnebres, caballos empenachados, discursos fúnebres, y algún que otro bostezo. Lo que ya no entraba en el guión fueron los insultos que, al paso de la comitiva por los bulevares, camino del cementerio de Montmartre, muchos burgueses le dedicaron por "pornógrafo y antipatriota". Claro que para alguien que se había acostumbrado a desayunar un café au lait mojado con anónimos amenazadores aquellos berridos eran como una llovizna tonta que caía sobre el ataúd sin calarlo; quizás lo contrario de otros gritos -¡Germinal! ¡Germinal!- que pronunciaban unos mineros venidos de las cuencas del norte en homenaje a quien con su novela los había sacado de sus agujeros bajo la tierra.    
     Tanto la indignación de unos como el entusiasmo de los otros revelan la condición pública que había alcanzado Zola, sobre todo si se atiende al hecho de que lo más seguro es que casi ninguno de ellos hubiera leído sus novelas, pero entonces la gente estaba muy presta a indignarse o a rebelarse: las revoluciones no eran lecciones de historia ni utopías, sino recuerdos de hechos vividos; y los escritores, tan poderosos, que con un artículo podían tambalear un régimen. 
       





Zola en su lecho de muerte