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miércoles, 9 de enero de 2013

KLINGON

Cuando allá por los setenta la serie de televisión "La conquista del espacio" (Star Trek en el original) sumergía a los niños españoles en una de sus primeras experiencias interestelares, el colmo de la sofisticación tecnológica eran unos gráficos pintados a mano y unas puertas sin goznes ni picaportes que se abrían sin tocarlas al paso de los tripulantes de la nave Enterprise. Junto a ello, el corte de pelo del señor Spock, sus cejas, en asombro permanente, y, sobre todo, unas orejas generosas acabadas en ángulo agudo representaban más aún que los testimonios ofrecidos en los programas del doctor Jiménez del Oso, que las líneas de Nazca o que las suposiciones de von Däniken un argumento de peso sobre la existencia de los extraterrestres. Hoy, sin embargo -ya los ven ustedes en la foto de aquí al lado-, en vez de astronautas parecen tres dependientes de una peluquería de moda, lo cual, por otra parte, no quita para que su estilo mantenga toda su vigencia, como se puede apreciar en esta                            

fotografía del álbum familiar de Obama. Y es que a lo largo de medio siglo los tripulantes de la Enterprise, en vez de acabar en el asilo o crionizados entre los fondos de cualquier filmoteca, se han conservado frescos gracias a las adaptaciones, readaptaciones, secuelas y precuelas que les han mantenido en órbita sin descanso, como los marinos de un "Holandés errante" intergaláctico.   
   Estos datos dan cuenta de la extensión del fenómeno: ocho series televisivas bajo el título genérico de Star Trek, desde el año 1966 al 2007. Y doce largometrajes, desde el 79 hasta el anunciado para este 2013. A lo largo de ese tiempo los criterios de verosimilitud cinematográficos han cambiado muchísimo. El mundo ya no es en blanco y negro; los modelos informáticos de recreación escenográfica han sustituido al cartón piedra y a los dibujos; se ha desarrollado el 3D; los sistemas de reproducción sonora han dejado al primitivo sensorround a la altura de una trompetilla;  e incluso se hicieron experimentos para reproducir algunas sensaciones olorosas de los protagonistas (con resultados un tanto penosos). Lógicamente los distintos capítulos de las diversas series y las doce películas estrenadas se han ido beneficiando con puntualidad de los avances técnicos, de manera que forman en conjunto un corpus suficiente para explicar la historia tecnológica del cine en los últimos cincuenta años -lo cual equivale casi a la mitad de su existencia-. Todo un vértigo cuyo horizonte apunta a la carta de sueños que imaginó Philip K. Dick en su relato "We Can Remember It For You Wholesale", sobre el que se basó "Desafío total", de Paul Verhoeven (1990). Seguramente recordarán a Schwarzenegger con unos cuantos electrodos en la cabeza y metido en un casco como los que ponían a las señoras cuando les hacían la permanente: este era el pequeño engorro por el que había de pasar quien quisiera unas vacaciones virtuales gracias a un implante de memoria. Una receta compleja en la que una ambientación cuidadísima  necesariamente acompaña y sustenta a la hipertrofia perceptiva.
     Es en ese punto de la documentación donde la creación por parte de Mark Okrand de un idioma, el klingon, para los habitantes del planeta Kronos -o Qo´noS-, situado en el Cuadrante Beta del universo Star Trek, supone un hito en el que la lingüística y la documentación hiperrealista se dan la mano. Hasta entonces -y fijamos el adverbio en la película Star Trek III: en busca de Spook (1984) - los klingon hablaban inglés, como siempre lo había hecho cualquier hijo de marcianos. Okrand podía haber optado por cualquiera de las dos opciones que le ofrecía la tradición. Por un lado, la de asignar a los klingon una variante infantiloide del inglés, al estilo de la de los indios de las películas de vaqueros. Por otro, el swahili macarrónico y bunga bunga de algunas escenas de las películas de Tarzán. Pero ambas resultaban insuficientes, de modo que inventó una lengua con la misma soltura con la que los maquilladores diseñan unas cuantas circunvalaciones sobre el hueso frontal protuberante del cráneo de los klingon.  
el doctor Zamenhof
     Cien años antes, el médico y políglota Lázaro Zamenhof, cuando albergó la idea de vencer la maldición de Babel, buscó inspiración en diversos idiomas para construir una lengua lo más sencilla posible, el esperanto.  Okrand, en cambio, atendiendo a la fisonomía y al origen de los klingon, creó una lengua  compleja, alejándola todo lo que pudo del inglés. 
     A Zamenhof le movió la utopía. A Okrand, un cheque de la Paramount. Así, mientras hoy el esperanto es una lengua en retroceso, el klingon cada vez tiene más estudiantes. Recientemente se ha abierto una academia de este idioma en Alemania (en Saarbrücken); los manuales de su gramática ya están al alcance de cualquiera y ya hay una traducción de "Hamlet" y versiones de canciones de Elvis en klingon.   
      

sábado, 18 de agosto de 2012

¡Seguid leyendo, malditos!

La reducción de condena a cambio de lectura que ha promovido el gobierno brasileño suena mucho mejor que la supresión de merienda a los presos catalanes que han impuesto por aquí, aunque, en el fondo, el objetivo es el mismo: acabar con los reclusos, unos con la cultura. otros con el hambre. Particularmente prefiero leer que ayunar, así que me inclino por el método brasileño, aunque tiene su letra pequeña que enturbia la generosidad del planteamiento. Por ejemplo, nada de literatura de evasión. Se puede ser muy progresista, haber leído "Balden Dos" de adolescente y tener un currículum impecable, pero en cuanto promocionas a director general de asuntos penitenciarios todo lo que suena a fuga te da alergia, así que nada de novelas de vaqueros, de piratas, policíaco, terror... Redimir condena es lo mismo que ganarse otra vida, por lo que si la lectura va a ser el camino, no caben atajos cómodos. Como en "El nombre de la rosa" la risa es sospechosa y acaba matándote. O sea, que hay que expurgar la biblioteca de la cárcel y fichar con cuidado cada libro con una etiqueta que indique los días de rebaja de pena. Poner, por ejemplo, al lado de "En busca del tiempo perdido" que vale por un mes, del "Ulises", que veinticinco días (siempre que uno no se ría leyéndolo, claro); "Madame Bovary", una semana; "La regenta", lo mismo; "El sonido y la furia", una quincena; "Germinal", ocho días; "La metamorfosis", uno, y así. Ya ven, mucha novela, mucho XIX y media cuarta del XX.
     Algunos habituales de este blog -gente leída y dotada de una capacidad innata de empatía con los presos de las cárceles brasileñas- abogarán por otros autores, otros títulos y otros géneros con más tino que un servidor. Cada lista de libros es como una ristra de sábanas atada por un extremo a los barrotes de una celda, a solo un salto del suelo de la calle por el otro. Demasiado fácil han decidido los responsables del método literario de liberación, y por eso han pensado en obligar a cada recluso lector a que redacte un resumen de la obra y su opinión personal. Lo mismo que pedimos en el instituto, vaya, solo que ellos para que salgan y nosotros para que no entren. 
     El maridaje entre libro y libertad arranca de la propia etimología del primero, pero cuando más se evidencia la relación es en momentos de quiebra entre unos y otra.  Unas simples menciones al "índice de libros prohibidos" o a las piras nazis son bastante elocuentes. En "Farenheit 451" los libros son tan peligrosos que hay un cuerpo policial encargado de localizarlos y quemarlos. Orwell fue más radical en "1984", pues en la sociedad totalitaria que imagina no basta con la prohibición, sino que en un esfuerzo paralelo al del desarrollo tecnológico para mermar la libertad se investiga y promueve la reducción del vocabulario. 
     Me contaba mi amigo José Montoro -poeta y director del excelente programa "La poesía", en Radio Klara- que en sus años de bachillerato en el instituto de Baeza los compañeros se pasaban por debajo del pupitre los entonces prohibidos poemas de Miguel Hernández. Hoy esos mismos poemas forman parte del currículum de segundo de bachillerato. Los profesores les hablamos de la vida y muerte de su autor, les leemos con emoción sus poemas, les ponemos las adaptaciones musicales de Serrat, Jarcha, Atahualpa Yupanqui..., les pasamos reportajes en el vídeo, incluso les llevamos a veces al teatro a ver espectáculos basados en su vida y obra, pero lo que solo en contadísimas ocasiones he visto es que los alumnos se pasen, no por debajo, sino por encima del pupitre, sus libros de poemas con algo más de emoción que si se pasaran un sacapuntas. Del mismo modo que la prohibición despertaba el apetito lector de aquellos bachilleres en ciernes, a los de ahora nuestras recomendaciones e incluso nuestro apasionamiento les resultan sospechosos. En cierta ocasión en que los alumnos habían sido convocados a una huelga por su sindicato me preguntaron si iba a ir a clase: Les dije que sí, que si había alumnos les daría clase de repaso y si no, pues  me quedaría en el aula leyendo. Entonces un alumno no se pudo aguantar y soltó de lo más hondo una expresión como de burla y lástima al mismo tiempo: "¿Leyendo? ¡Ja, qué pringao!". Ni siquiera Orwell imaginó consecuencias tan logradas del totalitarismo. Lo mismo que la foto del puesto de bragas en el mercadito la anécdota que cuento haría babear de gusto al Gran Hermano. Por eso, aun valorando la valentía de la iniciativa del gobierno brasileño, me pregunto si no sería más efectivo mantener la reducción de pena por lectura después de haber declarado ilegales los libros en la cárcel.     

jueves, 12 de julio de 2012

¡ Leed, leed, malditos !

     La necesidad de consumir historias forma parte de nuestro código genético, al punto de que cuando terminamos la jornada y nos acostamos nos las seguimos suministrando en forma de sueños. Durante milenios el agente que satisfacía colectivamente esta necesidad fue uno más de la tribu, en torno a un fuego, bajo el cobijo de una cueva. Luego se inventaron las chozas, los apartamentos en la playa y los bares, pero los elementos del acto narrativo, por lo menos hasta que llegó la tele,  siguieron siendo básicamente los mismos. En uno de los textos fundacionales de nuestra cultura -la "Odisea"- leemos con emoción en su canto octavo cómo, después del convite al que le agasajan, el aedo Demódoco solaza a Ulises y a su tripulación con el relato de sus hazañas en Troya. El héroe se cubre el rostro para ocultar las lágrimas a su anfitrión, el rey Antínoo, quien como el aedo y el resto de la corte desconocen la identidad del favorito de Atenea. El lector hoy, en la tranquilidad de su cueva, o el griego entonces, tras el banquete o en medio del bullicio del ágora, cuando escuchaba a otro aedo narrar esa misma historia, compartía con Ulises el secreto y, por ende, su emoción. El acto de de contar le hurtaba -y le hurta- de su rutina y le ponía en un palacio, codo con codo junto a uno de los mayores héroes de todos los tiempos. 
     Los que hemos sido educados en la lectura hemos descubierto sin que nadie nos lo explique ese poder traslatorio y transformador de la lectura. En lo personal, fue "La isla del tesoro", leída un verano muy lejano en un pueblo abandonado, por más señas en la residencia alquilada por mis tíos al arquitecto de la presa que había anegado al pueblo, una especie de Comala umbría, cuyos fantasmas pululaban en torno a aquella mansión enorme donde Alan Bates hubiera sido feliz. Desde allí, todas las tardes, huía yo a bordo de "La Hispaniola".
     En las cartas desde su destierro siberiano escribía Dostoyevski a su familia que en vez de fiambres le enviaran libros, que era el alimento compartido que necesitaba su alma. La comida podía enriquecer su dieta carcelaria, pero estos le salvaban la vida.
     Llevo más de veinte años haciendo que mis alumnos entiendan esa elección, pero como ellos no tienen el alma siberiana nunca les doy por si acaso a elegir entre el bocadillo del recreo y unas lecturas, porque es penoso que a uno le interrumpan un discurso encendido sobre lo sublime con movimientos nerviosos, chasquidos de lengua y, por fin, con una explicación inapelable: "es que ya ha sonado".
     Seguramente los artífices de la ley de conmutación de condena por lectura que ha puesto en vigor el gobierno de Brasil son gente leída, les da igual que ya haya sonado hace mucho en las vidas de los presos (y lo que estos puedan decir al respecto) y confían en las virtudes de los libros. Quizás demasiado pensará más de uno, pero, en cualquier caso, es gente más generosa y atrevida que los responsables de la política penitenciaria de Cataluña, que, en un dechado de ocurrencia, para estar a tono con la crisis, han dispuesto privar de la merienda a los presos, considerando quizás que el ayuno es la antesala, si no de la santidad, al menos de la beatitud. No sé, pero me da que a estos irresponsables les deberían aplicar el método brasileño, pero en sentido inverso, ¿no les parece? ¡A la calle! Y que lean más.

martes, 5 de junio de 2012

Un "héroe" de nuestro tiempo

Desde hace unos días hay un héroe nuevo en el barrio. Según versiones tiene 80, 84 o casi 90 años, oscilaciones que se repiten en lo tocante a su altura, lo cual sería fácil de determinar si lo hubiera visto, pero ahí está el caso, que solo lo conozco de oídas: tres versiones en sendos paseos con mi perro. Nunca he sentido tan vivas las historias de la épica, la transmisión oral y el papel de los juglares, de los que tanto he hablado a mis alumnos. El nombre del héroe es señor Cipriano, sin el "don", porque en este barrio no se lleva, y con el epíteto aún en fase de creación. Hasta hace unos días era Cipriano, el de la Motilla; ahora empieza a oírse Cipriano, el de la vara, Cipriano, el de los huevos, y cosas así. He estado a punto de decir que es un "yayo flauta", por la edad y por su actuación en Bankia, pero mejor no. Lo que pasa es que por aquí la gente protesta mucho, pero sin pitos ni tapas de cacerola. Lo nuestro es, cómo decirlo, una serie de manifestaciones inconexas en la esquina de la calle, bajo los pinos, al lado de los juzgados de Quart o en el callejón de los frontones, que ahora en verano es un lugar muy agradable, porque desde que cerraron los astilleros de "Elcano" ya no se te mete en la cabeza el runrún de los motores de barco en pruebas; solo se oyen los gritos de la gente que juega al frontón o al fútbol, el zureo de las palomas y , por la mañana, si tienes suerte, el canto de un jilguero. Entre sus palmeras, naranjos silvestres, guindos y galanes de noche llego a la ermita de san Onofre, de la que ya he hablado aquí, pero con más frecuencia tuerzo a la izquierda y doy la vuelta por lo que queda de un pinar que bordea un enorme depósito subterráneo de agua potable. Por lo general voy solo, aunque por la tarde a veces me encuentro con algunos jubilados que también pasean con sus perros, y entonces he de ponerme en guardia, porque el tema de conversación hace ya tiempo que es el mismo: "que lo vengo diciendo desde lo menos cinco años atrás, que esto es una herida engangrená, y que si no se corta por lo sano, nos morimos tos". En el siglo XVII a los que arreglaban España en dos patadas se les llamaba "arbitristas", pero que yo sepa de entre ellos no emergió ningún héroe. Lo más parecido es ese desdoblamiento juvenil de Arturo Pérez Reverte con capa y espada. En cambio, este señor Cipriano que les presento no sale de las páginas de una novela, sino del bar de la esquina, de echar unas partiditas al tute o al dominó toda la tarde, con un cortado y un palillo por consumición. En otros tiempos estos locales los hubieran cerrado por subversivos, porque entre carta y carta los jugadores intercambian ideas sobre sistemas sumarísimos de jubilación de políticos y sobre cursillos de reciclaje para directores y ejecutivos  de banco. A lo fino los del ramo de la pedagogía llamarían a esto "brainstorming" tabernario, solo que estas nubes no descargan, pasan de largo y no riegan nada. Ya digo que somos gente de indignación estéril. Nuestros arrebatos son tan inofensivos, que cuando en días señalados nos juntamos con otros semejantes y salimos a la calle, los que mandan nos cuentan a razón de un cuarto por persona. Por eso el señor Cipriano, el de la Motilla, se ha hecho de notar. Hace más de veinte años que está jubilado, es viudo y tiene tres hijos, los tres en el paro. El director del banco le puso muchas pegas cuando le reclamó los ahorros de toda su vida, pero como aquel no anda sobrado de paciencia ni de argucias financieras, le echó mano a la garganta y le clavó los dedos como garranchos mientras le explicaba que si no le daba el dinero venía otro día y le mataba. Para que viera que no iba de farol le presentó a sus abogados, dos cartuchos de escopeta del calibre doce. En resumen, una orden de alejamiento, todo su dinero para él  y el reconocimiento de un barrio.    
     No digo que sea una historia ejemplar, pero tampoco me parece que sea una versión pueblerina de "Un día de furia". Quizás sea solo un aviso de que el protagonismo está pasando de los indignados a los desesperados. 

martes, 9 de noviembre de 2010

Kafka /Elvis

              KAFKA/ELVIS



Hiperhíbrido de Pablo Gallo

       Los dibujos de Pablo Gallo que ilustran este artículo son alucinaciones gráficas que unen con elegancia dos de mis pasiones literarias: Kafka y Elvis. ¿Elvis, una pasión literaria? Ya lo creo, pero no por lo que escribió, sino por    lo que de él he escrito. Y aún podría añadir "musical", forzando un poco el encaje, porque, aunque no he podido escuchar las canciones con que Kafka celebraba el momento de la ducha, los que saben de esto hablan de la musicalidad inaudita de su prosa. Por desgracia mi oído y mi alemán de turista me excusan de seguir por ahí desentrañando absurdos, pero ya conocen los asiduos de estos Zapatos que, antes que disuadirme, mis incapacidades y contradicciones me alientan, de modo que así voy, de disparate en disparate, buscando la luz, ...aunque sea la de una bombilla de 45 voltios del cuartucho de una pensión en cuya cama patalea bocarriba un coleóptero de setenta kilos que se llama  Gregorio. Pues bien, a lo que íbamos: la clave de estos "hiperhíbridos", su tuétano filosófico, se encierra en esta pregunta: ¿Qué tema elegiría Kafka-Elvis en un karaoke? La cuestión no admite dudas para cualquier adelantado de la elvisología que se haya leído la obra completa de Kafka, que deben de ser miles: Love me tender, y no por la necesidad de afecto de los escritores enamorados e inseguros que cultivan el género epistolar, ni tampoco por la extravagante llamada de atención de un oficinista aburrido que se metamorfosea en insecto, a ver si así le hacen un poco más de caso, el pobre. No, amigos, no  va por ahí el tema. Love me tender es la canción que un Elvis vaquero, herido grave de un balazo, canta al final de la película del mismo título (1956), porque aunque esté agonizando tiene fuelle de sobra, que para eso es el Rey. Y es justo aquí donde Elvis y Kafka se dan la mano, en esa falta absoluta de solemnidad con que sus personajes se abocan a la muerte.

     En "La condena", "El castillo", "El proceso" o "La metamorfosis" sus protagonistas, agobiados por el rigor de la ley, corretean en busca de salida como insectos huyendo de la rociada exterminadora de Fogo o Cucal.

Hiperhíbrido de Pablo Gallo

     A punto de morir en "Love me tender", a Elvis le da por cantar una de amor. La escena debería ser trágica, pero no llega ni a melodramática. Lo trascendente se esfuma como en una película de humor.
     Kafka, con recursos muy diversos, llega a ese despojamiento. Lo que pasa es que se le ve venir de lejos, y esto despierta el mismo sentimiento con el que el espectador de una tragedia griega asiste a la consumación del destino del héroe.
     Esto, que por lo general no tiene gracia, ha influido en la imagen de tío agonías que tiene F.K., cuando la verdad es que fue un hombre muy de su tiempo, pendiente de los usos de la moda y practicante conspicuo de las tertulias de café, del que quienes le frecuentaban destacan su generosidad, su modestia y su talento. Pesa sobre K., además, una interpretación de sus obras que no atiende a las circunstancias históricas en las que fueron escritas, de modo que la ley, la policía, las costumbres, los usos burocráticos que sufren Josef K, Gregorio Samsa, Gregorio Bendemann o K no son los de un Imperio Austrohúngaro en descomposición, sino la Ley, la Policía, etcétera, en mayúsculas, lo cual es una generalización excesiva que sofoca  parte del humor subversivo que a veces destilan sus páginas.
     Para comprender esto último lo mejor es fijarse en la obra de otro escritor checo genial, Haroslav Hasek, nacido en el mismo año que Kafka, 1883, muerto un año antes -1923- de tuberculosis, igual que aquél, y autor de una de las novelas más divertidas de toda la historia de la literatura, "Las aventuras del buen soldado Svej", en  cuyo primer capítulo se narra el arresto de un tabernero por no haber  impedido que una mosca se cagara en un retrato del Emperador. Pues bien, la misma actitud de la mosca es la de Kafka.
       O sea, que "Love me tender". Y enhorabuena por esos dibujos, Pablo.


    

jueves, 28 de octubre de 2010

Conspiranoia

CONSPIRANOIA
1.(Rollete introductorio y prescindible). 
Cuando Orson Welles, el 30 de octubre de 1938, empezó a retransmitir desde un estudio de la CBS su adaptación de la novela de su tocayo (sin la segunda "e"), H.G., La guerra de los mundos, inauguró en los medios de comunicación de masas un género que crece y se propaga con una eficacia y virulencia propias de los hongos alienígenas. 71 años después las descripciones de los marcianos, de sus naves o de su artillería nos parecen más propias de Barrio Sésamo, pero lo cierto es que el pánico despertado en unos oyentes no acostumbrados al tratamiento de una ficción con técnicas de reportaje fue mucho mayor que el causado tres años después por el ataque japonés a Pearl Harbour.  
     El procedimiento no era nuevo. Allá por el 1540 un escritor con mucho más talento que vanidad ya lo utilizó con la historia de un mozo de ciego que a fuerza de hostias va medrando hasta que encuentra piso. Yo no sé si a raíz de aquello los lazarillos de la ruta de Salamanca a Toledo lo pasaron peor; o si a la Inquisición le dio por molestar a arciprestes amancebados. Pero tanto en el caso del programa de Welles como en la novela que digo los lectores y los escuchantes asociaron a la historia el carácter de verdad propios de los modos con el que ésta se representaba: el relato autobiográfico y el reportaje en directo.  
     La principal consecuencia literaria de aquello ya se sabe que fue la creación de la novela moderna. En cambio, las consecuencias mediáticas de lo otro son tan abundantes y feraces que desaniman a uno de ponerse serio. Quizás lo más llamativo de esa invención espectacular de la realidad haya sido el descrédito de lo real que ha conllevado. De lo cual han derivado dos actitudes complementarias: por un lado, una tendencia paranoide a denunciar conspiraciones; por otro, un escepticismo hipertrofiado. Es decir, o se busca la mano negra que hay detrás o se niega lo que se tiene delante. Así, por ejemplo, Bill Gates es el anticristo (en dura competencia local con Zapatero), el hombre nunca ha pisado la luna o Elvis no está muerto. De estos ejemplos el que más me interesa es el último, el cual, sobrepasando la categoría de clásico, se ha convertido en un género narrativo. Yo lo he llamado la "conspiranoia presleriana" y, como prometía ayer, aquí va mi pequeña aportación.  

2. (Revelación al mundo de la verdadera historia de Elvis Presley que pone en vergüenza versiones mendaces, señaladamente las que divulgan la especie de que está vivo, para lo cual sobra con el testimonio gráfico que acompaña el artículo).
Nota: Elvis no es nazi, que conste. Lo que pasa es que perdió una apuesta con Hitler, que tampoco está muerto (aunque -para qué negarlo-, sí bastante desmejorado).     
      Pues a lo que íbamos: Elvis vive con Hitler, Kennedy y el Yeti, en compañía de doce multimillonarios dados por muertos, en una ciudad subterránea en las afueras de los Alpes tiroleses. Pertenecen a "La Constelación de Orión", un grupo de dieciséis personas, atendidas por otras doscientas, que tienen como tapadera una fábrica de caramelos para la garganta, que oculta una de las entradas a la ciudad. Un sueldo más que generoso y un pacto de silencio, unido a que el origen de todo el personal de servicios es el mismo pueblo tirolés, garantizan el secreto, aunque, como suele ocurrir en otros campos como la ciencia, la literatura o el arte, es el sentido común el que impide que la gente lo descubra. De modo que puede decirse que es el disparate de su existencia la mejor garantía de su clandestinidad [...] Censured     
     -¿Y a qué se dedican? -me pregunta por encima del hombro un lector inteligente.
     - Parchís, karaoke, ver la tele, desestabilizar mercados...
     -¿Pruebas de la existencia de Orión?
     - Infinitas.
     -Su origen.
     -La primera prueba documental es un acta de acusación por nigromancia contra Jacme de Monfort, un alquimista valenciano de finales del siglo XIII. Actualemente esa acta se encuentra en la Biblioteca Vaticana: inconsultable.
     -Temas transversales.
     -Templarios, cátaros, nazis...
     -¿Y los ovnis?
     -También.
     -¿Podrían los ovnis ser el medio de locomoción utilizado por los miembros de Orión?
     -Afirmativo.
     -¿Con quién congenia más Elvis, con Hitler o con el Yeti?
     -Con el segundo.
     -Censured
     -Censured

jueves, 3 de junio de 2010

Elvis y sus dobles

ELVIS Y SUS DOBLES

     Elvis nació una noche de tormenta en una cabaña de dos habitaciones y una bombilla, unos minutos después de que lo hiciera su gemelo muerto, a quien enterraron en una caja de zapatos con un lacito rojo: ausencia que a lo largo de su vida le iba a doler como a veces duele un miembro amputado.
     En esa cabaña humilde a la que habían llegado los Presley huyendo de la miseria sólo había un espejo pequeño, colgado en la pared, frente al cual Vernon se afeitaba y en el que el niño Elvis tardó en ver su reflejo. Nunca tuvieron allí un armario de lunas (tampoco de los otros) ante cuyas puertas su madre le advirtiera del peligro de contemplarse más tiempo del debido. Quizás por esto y por aquello , cuando empezó a girar el negocio del disco, y se compró la casa de una antigua plantación –Graceland-, él, que había acompañado a su madre como un fardo sujeto a su espalda con un pañuelo, mientras aquélla recolectaba el algodón canturreando tonadas de faenas, se daba a sí mismo y a su familia una versión arquitectónica del sueño americano en la que instaló todos los espejos del mundo a razón de televisor por habitación, a excepción de la habitación de la tele, en la que puso tres. Y fue aquí precisamente donde se inició su metamorfosis. Frente a los tres televisores encendidos a la vez y sintonizados a sendas cadenas principales, las horas, los cheeseburgers y los emparedados de mantequilla de cacahuete, bacón  y plátano fueron llevándose la tabla de surf de Elvis y reventando uno a uno todos los elásticos de sus bañadores hawaianos. A cambio , él mató algunos televisores a tiros, tanto en casa como en algunos hoteles, en un gesto que adelantaba con una rotundidad nada metafórica la invención del mando a distancia. Amor, odio, calorías,  disparos y dinero: en esto se resume su experiencia televisiva. Desde la primera aparición en  pantalla, en 1956, en la NBC, en la que un periodista a quien no vale la pena recordar intentó presentarle  como a un palurdo, a su reaparición triunfal en el "Come Back Special" de la CBS en el 1968, la televisión le pagó con dólares la merienda caníbal que se estaba dando a costa de una imagen que había crecido tanto, que se salía de plano. Entonces a Elvis ya no le valía con disparar a la pantalla, así que se murió, y en aquel momento triste del óbito su imagen se independizó de su cuerpo como una sombra rebelde multiplicada en cada fragmento de las pantallas rotas. Una legión de imitadores se alzó por todo el mundo empeñada en dar la razón a Borges cuando decía aquello de que nadie acaba de morirse hasta que no muere la última persona que le recuerda, y a partir de ahí la pasión se desbordó sobre los límites de lo racional y empezó a fertilizar un territorio vastísimo, entre la imaginación y el deseo, que no ha dejado de dar sus frutos. Entre éstos dejo por ahora los artísticos y me detengo en dos de las ramas más vistosas: los avistamientos y las especulaciones. De las primeras doy una dirección por si el lector tiene la suerte de encontrarse al Rey por ahí y quiere testimoniar su experiencia: www.deadelvis.com/sighting/seedead.html Hay muchas más, y en algunas de ellas incluso te cobran por dejar tu testimonio. Otras personalidades que cuentan con páginas de avistamientos son Lady Di y la madre Teresa de Calcuta, pero Elvis se prodiga más, al punto que algunas declaraciones de testigos apuntan a que entre sus superpoderes figura el de la ubicuidad.
     Respecto a las especulaciones, me quedo con las de una tal Belkis Kuza Malé, que ha escrito "Elvis, la tumba sin sosiego o la verdadera historia de John Burrows", donde demuestra con una batería muy potente de argumentos que Elvis no murió la noche del 16 de agosto de 1977, y que lo que ocurrió es que, como estaba tan harto de los conciertos -171 contratos por año-, negoció un cambio de identidad con un tipo al que había conocido en un hospital. Este señor, veterano de la guerra de Vietnam,  padecía de un cáncer terminal de huesos y se le parecía un montón, así que aquella noche quien murió fue éste, y Elvis organizó el cambiazo. Luego se operó la nariz, se divorció de la mujer del veterano y, como lo hizo todo tan bien, no pudo echar mano a la fortuna que se había reservado para esa segunda vida. Lo mejor de la historia es que, cuando se quedó sin fondos y tuvo que volver a los escenarios para vivir,  se hizo pasar por uno de sus imitadores y recorrió el país, de concierto en concierto,  por hoteles y locales de segunda categoría.
     Menos interesantes que la que cuenta la señora Belkis son las historias que aparecen en internet y en revistas estadounidenses de las de venta en gasolineras con descubrimientos sobre la vida secreta de Elvis. Algunos titulares que he leído son bastante divertidos: "Descubierta una isla de Elvis en el Pacífico", "Elvis fue abducido por marcianos de un planeta de la órbita de Alfa Centauro" o "La conexión alien Elvis-Roswell". Yo mismo tengo una aportación a este género. La he titulado "Elvis y Hitler" y la daré a conocer al mundo en mi artículo de la semana que viene. 
            

sábado, 10 de abril de 2010

Literatura y zombiedad (2)

SUBGÉNERO ZOMBI

Al poco de aprender a hablar los niños sorprenden con una pregunta a quemarropa que pone a prueba la inteligencia de sus padres: ¿Quién es más fuerte un rinoceronte o una hormiga? Suele ganar la opción A, pero como el consenso no es un argumento concluyente, replican a la obviedad con un ¿por qué? que inicia una serie en la que a cada eslabón la perplejidad del niño aumenta con la estupidez e impaciencia del adulto. Por lo general la imagen del padre queda malparada tras el encontronazo dialéctico, pero no es eso lo peor. Enquistada en alguna circunvalación del extrarradio, la insatisfacción y la curiosidad del niño con los años alienta la imaginación morbosa de un guionista o la de los espectadores que acuden a aplaudir sus delirios. La vieja pelea del rinoceronte contra el insecto evoluciona entonces a formas más complejas, como “Jason contra Freddy”, “Alien versus Predator”, “Batman contra Alien”, “Drácula contra el Hombre Lobo” y cosas por el estilo que están triunfando entre el público adolescente de todas las edades, ya sea en cine, en cómic, en juegos de las videoconsolas o en libro. Los zombis de momento quedan fuera de esas peleas, porque antes de llegar ahí los contendientes han de haber demostrado individualmente su excelencia, y ellos van siempre en pandilla y son idiotas. De ahí que se hayan especializado en el papel de carne de cañón, sin que ninguno de los suyos haya descollado más allá de las penosas adaptaciones que comentaba en mi artículo anterior, en las que, si es verdad que anuncian una promesa de divertimento gamberro y hasta trasgresor, por lo que llevo leído, eso se queda en la tapa, mientras que el resto es un tostón que las hace merecedoras de la condición de furúnculo literario.
     Otra variante de las obras con protagonismo de los zombis es la que se aleja del modelo paródico y desarrolla el miedo que causan los casimuertos asociado a desastres de tipo apocalíptico. Aquí, entre las novelas que llenan las estanterías de la zeta y aledaños, destacan títulos como “El alzamiento”, de Brian Keene, “Apocalipsis Island”, de Vicente García, “Los caminantes”, de Carlos Sisi, “Zombie Planet”, de David Wellington, “Septiembre zombie”, de David Moody, pero, sobre todo, “Guerra Mundial Zombi” (ya está en marcha la película) y “Zombi: Guía de supervivencia”, ambas de Max Brooks, y “Apocalipsis Z”, de Manel Loureiro, que narra las peripecias de un grupo de humanos que llegan al último reducto libre de zombis, en las Canarias. En todas ellas si se substituyeran los zombis por marcianos, androides o gnomos, el relato no se resentiría, porque de lo que se trata es de novelar situaciones de hundimiento social en un mundo caótico –o bien guerras o epidemias, o ambas-. Por el contrario, si atendemos al sentido, la presencia zombi es imprescindible, pues su naturaleza humana es la que permite contemplar los rasgos exagerados, como en una caricatura, para que se perciba mejor los de un modelo que ya no se inspira en el combate entre la hormiga y el rinoceronte ni en sus secuelas, sino en la frase de Hobbes “el hombre es un lobo para el hombre”. Con lo cual no es el futuro desolado que anuncian estas novelas lo que resulta aterrador, sino el presente que se advierte en ellas.
      En la contraportada de “Días pasados”, el primer volumen de “Los muertos vivientes”, un cómic de Robert Kirkman y Tony Moore que se ha convertido en una obra de culto se explicita esta idea que alienta lo mejor del género zombi: “El mundo que conocemos ya no existe. El mundo del comercio y las necesidades superfluas ha sido reemplazado por un mundo de supervivencia y responsabilidad. Una epidemia de proporciones apocalípticas ha barrido la Tierra haciendo que los muertos se levanten y se alimenten de los vivos. En cuestión de meses la sociedad se ha desmoronado, sin gobierno, sin supermercados, sin correo, sin televisión por cable. En un mundo gobernado por los muertos, por fin nos vemos obligados a empezar a vivir”.
     Dignificando igualmente el protagonismo de los zombis, pero desde la clandestinidad de un cómic rarísimo por sus condiciones de edición y por un discurso más poético que narrativo, “Invasión de los Elvis zombies”, de Gary Panter, con diseño entre otros de Art Spiegelman –el autor de “Maus”- y coeditado por Raw Books, de Nueva York, y Arrebato, una editorial de mi barrio, en Valencia, en la que tenía un papel estelar mi amigo Juanjo Almendral –de “La Edad de Oro”-, lleva el conflicto al entorno íntimo de dos hermanas que leen un cuento desde el que emerge un Elvis zombi para atajar sus temores por el ataque de un toro de montar mecánico enfurecido. Pero dejando de lado esta joya, custodiada en una vitrina en una librería de cómics de Bleekerstreet, en Nueva York, tres palabras definen este subgénero: violencia, hastío y asco, con hache también en unas siglas que cierran este bucle zombi con una referencia a su pasado: HASCO, la Haitian American Sugar Company, cuyos gerentes, a principios del siglo pasado, en su rapacería por reclutar mano de obra barata y dócil no tuvieron reparos en contratar a unos tipos con pinta de colgados que les proporcionaban los hechiceros del vudú, quienes les habían envenenado, enterrado y rescatado, sometiéndoles a su voluntad tras administrarles un antídoto.    
     En “Un mundo feliz” Aldous Huxley llamaba “soma” a ese antídoto, pero hoy preferimos denominarlo “sueldo”.     

lunes, 29 de marzo de 2010

literatura y zombiedad (1)

     LITERATURA Y ZOMBIEDAD
     El otro día leí en “Babelia” un artículo sobre la última moda literaria importada de Capital City: la adaptación de clásicos al universo zombi. El origen de la cosa es la ocurrencia de un editor aburrido que se pasó todo un domingo por la tarde discurriendo cómo podía unir la columna de las novelas importantes con la de los géneros populares. Estaba desesperado el hombre de tanto pensar, hasta que se rascó la cabeza, abrió un cajón, luego otro y sacó un dado, y así, en dos tiradas, lo tuvo resuelto. En una, “Orgullo y prejuicio”; en la otra, los zombis. Lo demás fue la parte fácil del engendro: telefoneó a un escritor necesitado, le dio el título, y en dos meses ya la tenía sobre su mesa: “Orgullo y prejuicio zombis”. Podría haber sido “Orgullo y prejuicio vaqueros”, “Madame Bovary pirata” o “Robinson Crusoe en el campus”, pero no le dio por ahí al dado. El caso es que tuvo tanta aceptación aquello, que pronto el editor y el escritor se cebaron en otra novela de Jane Austen y parieron “Sentido y sensibilidad y monstruos marinos”, en la que las hermanas protagonistas se enamoran de unos calamares muy apuestos.
     Quizás porque a los lectores les gusten más los cefalópodos en tapa o bocadillo que en libro, las imitaciones y las secuelas han venido por la parte de los zombis y se han propagado pronto por esta España tan receptiva, de modo que ya circulan por aquí, entre otras, “La casa de Bernarda Alba zombi”, “Lazarillo: matar zombis nunca fue pan comido” e incluso un “Cuentos de zombis para niños”, a fin de que les vaya entrando el gusanillo.
     A mí se me subleva el charlesbronson y se me escapa a repartir ultimátums: ¡quitad vuestras sucias manos del Lazarillo, cabrones! Pero no es más que una pataleta. De adaptaciones y parodias está llena la historia de la literatura. A finales del XVIII Ramón de la Cruz firmó una traducción de “Hamlet” que termina en fiestorro y casorio. Lo que no sé es si don Ramón se salta lo del suicidio de Ofelia o si es que la resucita después; y si en el último acto cambia el veneno por champán o si solo los mata un ratito. En el segundo caso tendríamos ahí un antecedente muy sólido de la literatura zombi. Y en cuanto a las parodias, basta recordar que el Quijote fue en su momento tan irreverente hacia el modelo de la novelas de caballerías como lo son hoy éstas.
     En definitiva se trata de un nuevo género que si aún no ha aportado una novela de mérito es porque apenas tiene dos años de vida, pero igual que ha pasado en otros ámbitos de la cultura en la que los zombis han protagonizado obras maestras como “La noche de los muertos vivientes”, de George A. Romero (1968), “Yo caminé con un zombi”, de Jacques Tourneur (1943), el videoclip “Thriller”, de Michael Jackson (1982) o “Invasión de los Elvis zombis”, de Gary Panter (1984) –un cómic extraordinario y delirante del que hablaré en mi próximo artículo-, cabe la posibilidad de que esos monstruos se salgan también en literatura de la reserva friqui.
     Lo que me preocupa de este asunto no es, por tanto, que pululen tantos zombis por las librerías. Ya lo hacen los vampiros y no pasa nada. Es más, seguro que, a imitación de lo que ha ocurrido con éstos, en algún rincón del Imperio se está forjando una moda de vestidos y maquillaje zombis. A mí lo que me asusta es la primera frase de “Ogullo y prejuicio zombis”: Es una verdad universalmente reconocida que un zombi con cerebro necesita más cerebros. Uno siempre piensa que el suyo es tan fuerte e indigesto que nunca se lo van a comer, sin contar con que –aparte del detalle de que se ha de estar muerto y un poco corrompido para ser un buen zombi- la principal característica del gremio es una imbecilidad de tipo pandémico.
     Una persona tan relevante como el expresidente Bush acaba de descubrir al mundo sus miedos y su cultura respecto a lo que digo. Alguien muy perverso lo ha enviado a Haití para animar, pero cuando se ha visto rodeado de negros pobres y famélicos que tendían hacia él sus brazos, desde lo más hondo de su subconsciente han emergido recuerdos de “Yo caminé con un zombi”, que también transcurre en Haití, y se ha acojonado tanto, que después de chocar la mano a unos cuantos para la foto, disimuladamente se la ha limpiado en la camisa de Clinton, no fuera que lo de negro, pobre y hambriento fuera tan contagioso como lo de zombi.