De la magdalena de Proust a las galletas de mi desayuno, empapadas también en nostalgia, aunque no por mi juventud perdida, sino por otro tiempo y por otros hombres para los que este acto de hace apenas unos minutos, mecánico y banal, de llevarme un trozo de galleta a la boca, era parte de una heroicidad. En abril de 1916, Ernest Shakelton y sus náufragos del "Endurance", seis meses después de que la masa de hielo en la que había quedado atrapada la nave reventara el casco, zarparon en sus botes desde el extremo septentrional de la Tierra de Graham hacia la Isla Elefante. Fue una singladura durísima, mermados los hombres de alimento, enfermos algunos de disentería, azotados continuamente por el oleaje y el viento. Uno de aquellos valientes escribió después que el rancho consistía en una galleta diaria: "Se mira para desayunar, se chupa para comer y se come para cenar". Y nosotros, al sumergir nuestras galletas en el café con leche calentito, con la única precaución acaso de esquivar el exceso de calorías y colesterol, nos hacemos merecedores de una frase que hace poco le oí decir a Álvaro Pombo: "Hoy son imposibles ya las aventuras". Ojalá no, aunque sea solo al modo vicario al que nos invitan las novelas o los relatos de aquellos que con sus vidas nos dieron materia para aquellas, como este marinero del "Endurance", por ejemplo, quien con solo un menú debería figurar en las antologías del género junto a Stevenson, London, Salgari, Álvar Núñez Cabeza de Vaca y los demás cronistas de Indias.
Con ventaja sobre el relato mínimo de Monterroso esta galleta impone su promesa de aventuras más que las fauces y músculos de aquel dinosaurio insomne. Su fuerza no parte de lo fabuloso, sino de lo cotidiano. Desde el Génesis y la Odisea la literatura está llena de alimentos así, por lo general asociados a un engaño o a una prohibición y cuya ingesta implica un castigo terrible. La tripulación de Ulises, acuciada por el hambre en la isla de Helios, se merendó una parrillada de vacas sagradas, lo cual fue la causa de que ninguno de ellos llegara vivo a Ítaca. Las galletas del "Endurance" no eran un alimento prohibido, a lo sumo un poco asqueroso por los gorgojos que las habitaban, y, a diferencia de aquella barbacoa, fue lo que les permitió arribar a su destino. Desde el punto de vista literario lo primero pertenece a lo memorable y lo segundo a lo prescindible. En el capítulo 3 de la primera parte del Quijote el ventero explica muy bien esa segunda condición cuando su huésped y recién nombrado caballero para justificar su carencia de dinero alude a que nunca ha leído en sus libros que los caballeros lo necesitaran: "[...] no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como esos dineros y camisas limpias". Y un poco más adelante, en el escrutinio de la biblioteca del hidalgo, el cura salva y encomia así el Tirant: "aquí comen los caballeros y duermen y mueren en sus camas y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los libros deste género carecen". Cervantes transforma esas carencias en prioridades y, al hacerlo, sustituye las aventuras por la vida, uno de los rasgos más notables de la novela moderna. Lo cotidiano cobra así un protagonismo que tenía vedado, y es por aquí por donde volvemos a esta modesta galleta, cuyo menú de presentación es lo contrario a un relato, pero que, en su contexto, adquiere la dimensión connotativa de Moby Dick.
Con ventaja sobre el relato mínimo de Monterroso esta galleta impone su promesa de aventuras más que las fauces y músculos de aquel dinosaurio insomne. Su fuerza no parte de lo fabuloso, sino de lo cotidiano. Desde el Génesis y la Odisea la literatura está llena de alimentos así, por lo general asociados a un engaño o a una prohibición y cuya ingesta implica un castigo terrible. La tripulación de Ulises, acuciada por el hambre en la isla de Helios, se merendó una parrillada de vacas sagradas, lo cual fue la causa de que ninguno de ellos llegara vivo a Ítaca. Las galletas del "Endurance" no eran un alimento prohibido, a lo sumo un poco asqueroso por los gorgojos que las habitaban, y, a diferencia de aquella barbacoa, fue lo que les permitió arribar a su destino. Desde el punto de vista literario lo primero pertenece a lo memorable y lo segundo a lo prescindible. En el capítulo 3 de la primera parte del Quijote el ventero explica muy bien esa segunda condición cuando su huésped y recién nombrado caballero para justificar su carencia de dinero alude a que nunca ha leído en sus libros que los caballeros lo necesitaran: "[...] no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como esos dineros y camisas limpias". Y un poco más adelante, en el escrutinio de la biblioteca del hidalgo, el cura salva y encomia así el Tirant: "aquí comen los caballeros y duermen y mueren en sus camas y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los libros deste género carecen". Cervantes transforma esas carencias en prioridades y, al hacerlo, sustituye las aventuras por la vida, uno de los rasgos más notables de la novela moderna. Lo cotidiano cobra así un protagonismo que tenía vedado, y es por aquí por donde volvemos a esta modesta galleta, cuyo menú de presentación es lo contrario a un relato, pero que, en su contexto, adquiere la dimensión connotativa de Moby Dick.





