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viernes, 13 de abril de 2012

La galleta del "Endurance"

    De la magdalena de Proust a las galletas de mi desayuno, empapadas también en nostalgia, aunque no por mi juventud perdida, sino por otro tiempo y por otros hombres para los que este acto de hace apenas unos minutos, mecánico y banal, de llevarme un trozo de galleta a la boca, era parte de una heroicidad. En abril de 1916, Ernest Shakelton y sus náufragos del "Endurance", seis meses después de que la masa de hielo en la que había quedado atrapada la nave reventara el casco, zarparon en sus botes desde el extremo septentrional de la Tierra de Graham hacia la Isla Elefante. Fue una singladura durísima, mermados los hombres de alimento, enfermos algunos de disentería, azotados continuamente por el oleaje y el viento. Uno de aquellos valientes escribió después que el rancho consistía en una galleta diaria: "Se mira para desayunar, se chupa para comer y se come para cenar". Y nosotros, al sumergir nuestras galletas en el café con leche calentito, con la única precaución acaso de esquivar el exceso de calorías y colesterol, nos hacemos merecedores de una frase que hace poco le oí decir a Álvaro Pombo: "Hoy son imposibles ya las aventuras". Ojalá no, aunque sea solo al modo vicario al que nos invitan las novelas o los relatos de aquellos que con sus vidas nos dieron materia para aquellas, como este marinero del "Endurance", por ejemplo, quien con solo un menú debería figurar en las antologías del género junto a Stevenson, London, Salgari, Álvar Núñez Cabeza de Vaca y los demás cronistas de Indias.
     Con ventaja sobre el relato mínimo de Monterroso esta galleta impone su promesa de aventuras más que las fauces y músculos de aquel dinosaurio insomne. Su fuerza no parte de lo fabuloso, sino de lo cotidiano. Desde el Génesis y la Odisea la literatura está llena de alimentos así, por lo general asociados a un engaño o a una prohibición y cuya ingesta implica un castigo terrible. La tripulación de Ulises, acuciada por el hambre en la isla de Helios, se merendó una parrillada de vacas sagradas, lo cual fue la causa de que ninguno de ellos llegara vivo a Ítaca. Las galletas del "Endurance" no eran un alimento prohibido, a lo sumo un poco asqueroso por los gorgojos que las habitaban, y, a diferencia de aquella barbacoa, fue lo que les permitió arribar a su destino. Desde el punto de vista literario lo primero pertenece a lo memorable y lo segundo a lo prescindible. En el capítulo 3 de la primera parte del Quijote el ventero explica muy bien esa segunda condición cuando su huésped y recién nombrado caballero para justificar su carencia de dinero alude a que nunca ha leído en sus libros que los caballeros lo necesitaran: "[...] no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como esos dineros y camisas limpias". Y un poco más adelante, en el escrutinio de la biblioteca del hidalgo, el cura salva y encomia así el Tirant: "aquí comen los caballeros y duermen y mueren en sus camas y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los libros deste género carecen". Cervantes transforma esas carencias en prioridades y, al hacerlo, sustituye las aventuras por la vida, uno de los rasgos más notables de la novela moderna. Lo cotidiano cobra así un protagonismo que tenía vedado, y es por aquí por donde volvemos a esta modesta galleta, cuyo menú de presentación es lo contrario a un relato, pero que, en su contexto, adquiere la dimensión connotativa de Moby Dick.

miércoles, 14 de marzo de 2012

El sabor de la memoria

     Elvis tenía a una cocinera a su servicio disponible las veinticuatro horas por si a media noche se despertaba con hambre y se le antojaba un sándwich de mantequilla de cacahuete, plátano frito, picadillo de ternera, salsa de ostras y ketchup. Si en vez de haber sido un hijo de jornaleros pobres, hubiera nacido en Francia en el seno de una familia acomodada, hubiera tenido suficiente con una taza de té y una magdalena, pero como en su memoria llevaba labrado un rastro de pobreza y desarraigo, los tufos grasos que emanaban de aquellos alimentos eran el perfume de una promesa de satisfacción. Pero tanto este sándwich como aquella magdalena valieron por sendos viajes desde el paladar a la infancia, uno a Tupelo, otro a Illiers.
     En los últimos nueve años de su vida Marcel Proust vivió enclaustrado en su apartamento del Boulevard Haussmann, haciendo gala de unas manías y costumbres de las cuales algunas podrían considerarse modelo de las de Elvis si este, en lugar de dedicarse a leer joyas como "La doctrina secreta", "El libro tibetano de los muertos" o "Vida y enseñanzas de los maestros del lejano oriente", hubiera recalado  en alguno de los tomos de "En busca del tiempo perdido" y de ahí se le hubiera despertado el interés por las circunstancias de su autor. No es el caso, claro, por lo que, descartada la causa, queda la coincidencia.
     Proust tenía a una sirvienta disponible las veinticuatro horas por si a media noche se le antojaba enviarla al Ritz a por una cervecita para celebrar la culminación de algún párrafo o por si tenía que mandarla al Weber o al Larve -dos de los mejores restaurantes de aquel París- a por una cena con que obsequiar a algún amigo, a quien no acompañaba, porque a esas horas él desayunaba su café con curasán. Escribía por la noche y dormía por el día, y tanto para lo uno como para lo otro tomaba pastillas: veronal para dormir, cafeína para levantarse. Una vez llegó a casa por la mañana Gide para anunciarle que había ganado el premio Goncourt. Celeste Albaret -su sirvienta- le dijo que el señor no recibía, pero aquel insistió tanto, que al final se atrevió a avisarle.
          -Señor, ¿está usted durmiendo?
           -Por supuesto.
          -Es el señor Gide, que dice que ha ganado usted el premio Goncourt.
          -¿Y por eso me molesta? Dígale usted que venga si quiere a partir de las nueve de la noche.    
     Hace ya algunos años me invitaron a dar una charla a los alumnos de un taller literario carísimo. ¿Sobre qué? -pregunté. "Da igual, háblales de lo que quieras, de Shakespeare, de Salgari, de Machado... Si quieres les puedes leer un cuento. ¿Conoces alguno bueno de pescadores? Uno de nuestros mejores alumnos fue campeón de pesca deportiva". En fin, se ve que se encontraron con un hueco en horario de siesta y como no tenían a nadie a mano me llamaron a mí. No estoy seguro de si lo que esperaban es que los acabara de dormir con un runrún de sermón literario o es que de verdad tenían confianza en mi capacidad para influir literariamente en aquellas criaturas. Casi que me inclino por lo primero, sobre todo por la merienda literaria que habían programado para después. En el porche de la masía, en unos veladores vestidos con manteles de hilo y decorados con centros florales de crisantemos sobre un lecho de ramitas de espino albar, nos sirvieron el té magníficamente en unas tazas de porcelana que en dibujo y colores imitaban aquellas escenas campestres de las de Sèvres de finales del XIX. "Nunca caballero fue de damas tan bien servido" parafraseó el romance el maestro de ceremonias, buscando acaso mi sonrisa de complicidad, mientras una camarera con mandil de puntilla y cofia nos ofrecía una bandeja de plata con magdalenas de mantequilla recién horneadas. Pero en aquel momento yo no estaba para cumplidos, pues mi sorpresa por el evento me había paralizado en la cara una mueca de tonto que, no obstante, aquel tomó por un reconocimiento a sus audacia. En lo particular el sabor a magdalena mojada en té no promueve en mí ninguna introspección, ya que ni uno ni otra han formado nunca parte de mi dieta, así que aquella merienda, aparte de recordarme unas páginas de Proust en "Por el camino de Swann", no activó ninguna conexión neuronal por vía gustativa entre aquel momento y otros pretéritos, y me da que entre la mayoría de los participantes tampoco, aunque quizás de lo que se trataba era de facilitar una experiencia gastronómica placentera a la que pudieran remitirse otras posteriores. En cualquier caso la merienda no sería una finalidad, sino el punto de partida para un ejercicio de escritura, lo cual nos plantea la disyuntiva de considerar al reponsable del taller como un mitómano o como un idiota. 
     Cabe también una tercera posibilidad -la de que fuera un sádico-, aunque para ello hay que presuponerle el conocimiento consciente de la fidelidad con la que el cerebro,  asociando momentos con el sentido del gusto, nos sitúa en un bucle temporal del que a veces resulta difícil salir y que puede ser paralizante. Tanto el sándwich de Elvis como la magdalena de Proust estaban envenenadas de melancolía. Por eso este cambió el té por café y la magdalena por los curasanes. Además, para impedir el asalto a traición  de sensaciones olfativas prohibió que se cocinara en casa. Su genio y su salud no hubieran podido ya con más recuerdos.   

lunes, 20 de febrero de 2012

Alejandro Dumas y las patitas de elefante

       Reflexionando esta mañana, durante el desayuno, sobre la deriva alimenticia que han tomado mis artículos sobre Balzac  he ido a parar entre churro y churro al recuerdo de una receta de patitas de elefante que da Alejandro Dumas en su "Grand Dictionnaire de Cuisine". Se coge el paquidermo, se le quitan los colmillos y se lava con agua abundante, luego se pela, se trocea, se salpimenta y se deja aparte. Ejem..., es lo que tienen las memorias descarriadas como la mía, que les das pie y no hay quien las pare. Pero mi invención se queda solo en la obviedad culinaria. Lo cierto es que  ni  la receta ni la experiencia que la ocasionaron son apócrifas, aunque quizás piensen algunos que tal exceso es la cobertura literaria que da el escritor a la desesperación por hambre. A finales de 1870, cuando los soldados prusianos sitiaron París durante más de cuatro meses, el gobierno municipal dispuso, una vez agotados los abastos, avituallarse en el "Jardin des Plantes", con lo que los guacamayos a la pepitoria, las chuletas de oso y guisados de elefante aliviaron la monotonía gastronómica de los parisinos, quienes desde los primeros momentos de escasez, aconsejados por un informe de la Academia de las Ciencias que recomendaba su preparación a la parrilla, guisadas, en fiambre o paté, se habían visto abocados al consumo de ratas. Pero entonces Dumas no estaba en París, sino en Marsella,desde donde viajó a casa de su hijo, en un pueblo de Pas de Calais, donde el 5 de diciembre de aquel año de 1870 falleció. O sea, que ni sus apuntes sobre la textura y sabor de la trompa del elefante ni sus instrucciones sobre la preparación de sus patitas se referían a Cástor y Pólux, los dos paquidermos del "Jardin des Plantes".  De haber podido, su insaciable sed de aventuras le hubiera llevado a burlar el sitio de los prusianos y, sin duda, habría celebrado la cena de Navidad en el restaurante Voisin de la rue Saint Honoré, cuyo menú incluía chuletas de oso a la pimienta, consomé de elefante y canguro encebollado, entre otras delicias. Mi interés, no obstante, no está ni en la procedencia de la carne ni en el momento en que Dumas la cató, sino en la displicencia con la que inicia la receta: "Prénez un ou plusieurs pieds de jeunes éléphants...". Lo que en cualquier otro escritor de su época -a excepción de Balzac- sonaría a chiste, en Dumas no resulta más hiperbólico que su propia vida o su obra.  
     Hay en sus páginas numerosísimas descripciones de comidas en todas sus variantes, desde banquetes fabulosos a escenas de hambre y privación. En "El conde de Montecristo", por ejemplo, encontramos varias situaciones en las que la abundancia o la escasez de alimentos determinan reacciones en los personajes que llevan a giros argumentales inesperados. A veces incluso utiliza la actitud de un personaje ante la comida -o ante la falta de ella- para definir su carácter. Lo cual nos lleva a aquella frase de Brillat-Savarin: "Dime lo que comes y te diré quién eres", que no es más que una actualización de una tradición fisiológica que se remonta a Galeno e Hipócrates, en la cual se sitúa una obra tan sugerente como  "Examen de ingenio para las ciencias" (1575), de Juan Huarte de San Juan. Cervantes lo estudió de tal modo, que es notoria su influencia en el Quijote en la caracterización de sus dos protagonistas, tanto en su tipología humoral, como en la relación que tiene con esta la ingesta de determinados alimentos. No es casual el hecho de que en el retrato con el que se abre el primer capítulo incluya Cervantes sus costumbres gastronómicas:  Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos -alimentos algunos que menciona Huarte de San Juan en la Tercera Parte del capítulo XV, titulada "Qué diligencias se han de hacer para que los hijos salgan ingeniosos y sabios": Los hijos que de estos alimentos se engendraren tendrán razonable entendimiento, razonable memoria y razonable imaginativa [...], pero la doctrina, el argumento, la respuesta, la duda y distinción, todo se lo han de dar hecho y levantado. Y lo mismo sucede con Sancho Panza, hombre fuerte y de ingenio embotado, como corresponde a un comedor de tocino, migas y pan trujillo.
     Cervantes convierte, pues, la gastronomía en psicología y esta en literatura; y lo mismo hacen Balzac y Dumas, solo que no toman de partida una vieja tradición fisiológica, sino el gusto, la costumbre y la innovación. Por eso, las patitas de elefante de este último valen como un epítome de su estilo. Que aproveche.    

lunes, 6 de febrero de 2012

Balzac: el hambre y la novela

     Durante sus larguísimas jornadas de trabajo, desde las doce de la noche hasta las cinco de la tarde (con una pausa de ocho a nueve), Balzac, aparte de café, solo se alimentaba frugalmente con un huevo pasado por agua o un poco de fiambre , a fin de que el enorme caudal de sangre que irrigaba las circunvalaciones cerebrales de la zona de la imaginación y adyacentes no perdiera fuerza con los menesteres digestivos.
"El café -escribe Zweig- era el petróleo espeso que siempre pondría en movimiento esta fantástica máquina de trabajo". Pero la comida le molestaba. En realidad, cuando escribía le molestaba todo lo que no tuviera que ver con ese acto de creación y, si viajaba a algún lugar movido por el deseo de encontrarse con la duquesa de Castries o con Madame von Hanska, ya les advertía de que nunca se citarían antes de las cinco de la tarde. Ni siquiera las mujeres a las que amó turbaban su disciplina de faquir. Es cierto que la misma desmesura en el esfuerzo le llevaba luego a otro tipo de desmesuras. Su editor Werdet cuenta que en una comida para celebrar la finalización de una novela Balzac se ventiló un centenar de ostras, una docena de chuletas de cordero, un francolín con nabos, un par de perdices asadas y un lenguado a la normanda. Lo que no está nada mal, pero no deja de ser una excepción, un estallido de hambre mal sofocada y un homenaje puntual.
     En el capítulo IV de "El primo Pons" tengo subrayadas las siguientes palabras: "En este periodo, que duró aproximadamente seis años, 1810 a 1816, Pons contrajo la funesta costumbre de comer bien [...]. Un estómago que recibe una educación como esa influye necesariamente en la moral, la corrompe, debido a la alta sapiencia culinaria que adquiere. La voluptuosidad, agazapada en todos los recovecos del corazón, impone su ley, abre brechas en la voluntad y en el honor, exige a toda costa su satisfacción."
     Entiendo que se trata de un desarrollo literario de aquella declaración de Brillat-Savarin: "dime lo que comes y te diré quién eres", aunque en un principio resulta sorprendente lo peyorativo aquí de la asociación, la merma que produce la búsqueda de la satisfacción gastronómica en la voluntad -la virtud suprema para Balzac- explica tanto ese fragmento como el corolario de unas líneas más abajo: "La mesa, en París, es, desde este punto de vista, un émulo de la cortesana".
     Desde luego que se encuentran en sus obras ejemplos abundantes de otro tipo de relaciones entre los personajes y la comida. De hecho con frecuencia esta sirve para definir un carácter. Fernand Lotte, erudito y devoto balzaquiano que parece salido de la imaginación de Borges, publicó en el número de 1962 de "L´Année Balzacienne" -cuando la paciencia aún no había sido sustituida por las herramientas informáticas de búsqueda- una relación exhaustiva de todos los platos que se sirven en "La Comedia Humana", desde las sopas a los postres, asociados a los personajes que los disfrutan. Es un trabajo extensísimo que justifica el lugar de privilegio que comparte Balzac con François Rabelais en la mesa de la literatura francesa y que obliga al curioso que quiera hojearlo a echar mano a un babero para no ponerse perdido por la salivación.
     Entre la novela y la gastronomía la relación viene de lejos. Unos mendrugos de pan, unas cebollas, un racimo de uva, una longaniza, un nabo y unos tragos de vino nos llevan a la primera novela moderna, "El Lazarillo de Tormes", que inaugura un género literario que por primera vez daba un protagonismo al hambre. Casi trescientos años después el joven Balzac, cuando aún no se atrevía a firmar con su nombre, reivindica una aproximación realista a su universo novelesco apelando a lo mismo: "En las novelas de nuestros días los autores se preocupan muy poco por el estómago de sus héroes, les hacen ir de un lado para otro, les arrastran a aventuras que les dejan sin resuello y nunca tiene hambre. En esto no se parecen al autor". Por contra, de los dos mil quinientos personajes que aparecen en las páginas de "La Comedia Humana" los que desempeñan un papel más importante a menudo están caracterizados no sólo por lo que dicen, por lo que hacen o por lo que de ellos se dice, sino también por sus gustos culinarios. La máxima de Brillat-Savarin toma así carta de naturaleza literaria en sus novelas, y aunque quizás hoy sus lectores nos sintamos inclinados a juzgar los hábitos gastronómicos no como causa sino como consecuencia de otros factores más prosaicos, muchos de nosotros agradecemos las propiedades nutricias de su prosa, pues a aquel "dime lo que comes..." anteponemos el "dime lo que lees...". 
     Reflexionando sobre todo esto en la sobremesa familiar de una  tarde de domingo me he acordado de cuando el doctor Da Barca -en "El lápiz del carpintero", de Manuel Rivas- le ofrece una comida opípara a un compañero de celda que se consume de hambre y de pena, y así, ante la mirada incrédula y alucinada de los otros presos, por la sola capacidad de su mirada y la fuerza evocadora de sus palabras  va surtiendo de delicias al condenado:  "Más tarde, cuando el doctor Da Barca le sirvió de segundo un redondo de ternera con puré de manzanas, regado con un tinto de Amandi, a Gengis Khan le fue cambiando el color. Aquel gigante pálido y magro tenía ahora el brillo colorado de un abad goloso. Sonreía en él una abundancia campesina y mensajera, una dulce revancha contra el tiempo que contagió a todos los presentes".  No se me ocurre un retrato más certero y brioso para Balzac ni una explicación mejor de los efectos de su lectura.        

sábado, 21 de enero de 2012

Elvis y Balzac

   

   Sí, lo sé, uno lee el título, sonríe y se pregunta qué tiene que ver uno con el otro más allá de la talla de sus cinturas y de su notable contribución al progreso de la industria cosmética de peluquería. Pero la relación entre ambos es tan intensa que, una vez leído este artículo, el nombre de Elvis irá unido al de Balzac como el de Robin a Batman o el del Martini a la aceituna.
     Quien esto suscribe ha tenido el privilegio de viajar por el Misisipi, de Vicksburg a Natchez, a bordo de "The Word", un vapor de rueda a popa convertido en un templo flotante desde donde el reverendo Ervert Felton Dorsey, de la Iglesia Presleyteriana, predica la lección de cristianismo que está grabada a fuego en la vida del Rey y en tinta en "Antología de la Biblia con anexo titulado la lección de Elvis" (a 20 dólares el ejemplar), algunas de cuyas migajas se pueden encontrar en mi novela "Zapatos de ante azul" y en las páginas de este blog, en las que también se han descubierto otras parejas extrañas, tales como las de Elvis con Stalin, con Che Guevara, con Kafka o con Faulkner. Aquí se ha hablado de metamorfosis, transmigraciones, avatares, transtornos esquizoides y de cierta teoría del doble -fenómenos reales o literarios que difuminan los contornos del individuo y carcoman su identidad, abriendo galerías por donde una imaginación errática como la mía descubre relaciones improbables. Sin embargo, el caso de Elvis y Jesucristo, del que nos habla el reverendo Dorsey, es bien distinto, pues la causa de esa asociación, tan provechosa en lo moral como fecunda en lo literario, es -en palabras de ese paladín de la elvisología- "un favor divino transmitido en el lenguaje de los ángeles", es decir una revelación mientras oía un himno protestante cantado por el Rey. Amazing Grace, how sweet the sound, / That saved a wretch like me./ I once was lost but now am found,/ Was blind, but now I see.  Este hito de la historia de la religión tuvo lugar en Memphis, muy cerca del gran río, al inicio de Beale Street, donde se levanta una estatua del Rey, guitarra en ristre, en arriesgada posición rockera. Allí, una tarde canicular de mediados de agosto, el reverendo Dorsey, cuando aún no era reverendo, sino solo un comercial de una empresa de pulimentadores para suelos de linóleo, escuchó el himno en la radio de su furgoneta. Entonces recibió la revelación, y todo cambió. Se bajó de su vehículo y allí mismo, en medio de la calle, se puso a predicar como un Moisés.  
     Ciento sesenta años antes, una mañana de 1828, un joven que aún no había llegado a la treintena y que acababa de arruinarse por sus negocios editoriales se pasea triste por los bulevares de París y se detiene en medio de la Place Vendôme, ante la columna sobre la que se erige la estatua de Napoleón. Está obnubilado y como ausente; no sabe ni cómo ni por qué ha llegado hasta allí, pero al cabo de unos minutos los músculos de su cara se tensan, la sangre ruboriza sus mejillas y sus pupilas se dilatan. Entonces aprieta el puño, lo levanta y dirigiéndose a Napoleón exclama: "¡Algún día, pronto, conquistaré el mundo!". Ese joven era Balzac, que salvo en el adverbio no andaba muy equivocado.
     Con un talento singular tanto para el análisis como para el detalle, Zweig, en las últimas páginas de su biografía -"Balzac, la novela de una vida"-, nos pone una silla en el cuarto de la casa de la Rue Fortunée para que acompañemos a Víctor Hugo en su visita al moribundo y, unas líneas más abajo, nos lleva al cementerio de Père Lachaise a su entierro, donde el mismo Hugo fue el encargado de poner la pompa y la solemnidad con su elogio fúnebre. "No es la noche, es la luz. No es la nada, es la eternidad. No es el fin, es el principio. ¿No es verdad, vosotros que me estáis escuchando? Féretros como este son una prueba de la inmortalidad". Evoca ahí Zweig otro entierro, el del protagonista homónimo de su novela "Papá Goriot". Es la misma ciudad, el mismo cementerio y el mismo ambiente de soledad y tragedia el que antecede al óbito. Hay incluso unas palabras, una declaración nada fúnebre que nos remite a aquellas que pronunció Balzac ante la estatua de Napoleón. Eugenio Rastignac, que es en cierta medida un desdoblamiento literario suyo, tras echar una última lágrima sobre la tumba de Goriot, se vuelve hacia la ciudad, que se extiende ante él. "Sus ojos posáronse casi ávidamente entre la columna de la plaza Vendôme  y la cúpula de los Inválidos[...] y pronunció estas grandiosas palabras: -¡Ahora nos las veremos!".
     En busca de la correspondencia de la estatua de Napoleón y de las declaraciones de Balzac y Rastignac en la vida de Elvis he evocado estos días mis paseos por Tupelo y Memphis y he emborronado unas cuartillas con similitudes muy jugosas entre el escritor y el cantante, pero al cabo todas son pruebas circunstanciales que no prueban nada. Pensando en esto me he detenido esta tarde en el casinet de Quart, frente a una escultura de Miquel Navarro, que es lo más parecido que tenemos por aquí a la columna de la Place Vendôme, y  he pedido un café, pero no se me ha ocurrido ninguna frase solemne que decirle a la escultura y a la posteridad: se ve que hay que tener un muerto a mano para eso o igual es que ya se me ha pasado la edad. En fin, he saboreado mi café, he encestado una canasta de tres puntos con aquellas cuartillas y me he quedado con la sensación un tanto lamentable de que la clave de la relación entre Elvis y Balzac no está en sus vidas, sino en la mía.   

domingo, 1 de enero de 2012

El café de Balzac


     Cuando Balzac, cinco años antes de su muerte, padece con fuerza los síntomas del agotamiento al que ha sometido a su cuerpo, estragado ya a los cuarenta y cinco por una voluntad extraordinaria, escribe: "Mi naturaleza se niega a seguir. Descansa. Ya no reacciona al café. He trasegado torrentes enteros para terminar Modeste Mignon. Era lo mismo que si bebiera agua." Se calcula que durante la segunda parte de su vida había bebido unas cincuenta mil tazas; él mismo reconocía que su cuerpo estaba envenenado por el café, y su médico y amigo, el doctor Necquart, señalaba esos excesos como la causa de la cardiopatía que acabaría matándole. Pero, ¿de qué otra manera hubiera podido resistir las largas veladas de escritura, de doce de la noche a ocho de la mañana, con menosprecio del sueño, de los calambres que agarrotaban la mano, del dolor de cabeza y hasta del aturdimiento?
     Folios ligeramente teñidos de azul, plumas de ala de cuervo, la misma tinta en el mismo tintero, y, como hábito, una cogulla monacal. Balzac afronta la escritura con una meticulosidad litúrgica que le obliga a la noche para eludir cualquier distracción. Ningún elemento interviniente queda al azar, y uno de los que le ocupa más atención es "el petróleo espeso que siempre pondría en movimiento esta fantástica máquina de trabajo" -en expresión de Stefan Zweig en su magistral biografía de Balzac-, un café que elaboraba a partir de tres variedades (borbón, moka y martinica), cada una de las cuales adquiría de suministradores diferentes y combinaba en proporciones variables de acuerdo a las horas del día y a las necesidades de escritura.
     A diferencia del alcohol, el tabaco y el chocolate, contra los que escribió en su "Tratado de los estimulantes modernos" por mermar la capacidad de la virtud suprema -la voluntad-, el café era un aliado que estimulaba su imaginación y le daba fuerzas para seguir. Nunca una bebida ha representado lo que esta para Balzac: el hidrmiel de Súttung y el bálsamo de Fierabrás.
      Los publicistas, tan avispados siempre para este tipo de relaciones, han sacado provecho de ello. "Café Balzac" es una franquicia con locales por todo el mundo. También hay  restaurantes y cafés "Rastignac" -el protagonista de "Las ilusiones perdidas"- y aún hoy varios restaurantes parisinos se benefician de la publicidad que de ellos hizo Balzac en sus novelas (en muchas ocasiones como pago de facturas de comilonas con las que se regalaba cuando terminaba algún libro). Sus frases incluso aparecen en los sobres de los azucarillos de los bares. El mes pasado, una tarde tonta en una cafetería me encontré con esta: "El café desciende al estómago y entonces todo se pone en movimiento: las ideas avanzan como los batallones del gran ejército en el campo de batalla". Yo estaba varado en el primer párrafo de mi servilleta (ya he contado aquí que escribo en bares y en el metro porque en casa tengo un fantasma) y no había manera de saltar del punto y aparte, conque fue leer eso y sentir un escalofrío. Al instante me pedí otro café, y otro. Pero nada, las ideas no despertaban y el punto aumentaba de diámetro amenazando con convertirse en un agujero negro. Estuve por reclamar al chico del bar, un italiano muy simpático. Aquello no era un café, ni la frase era de Balzac ni yo iba a escribir nada, así que hice una pelotita con la servilleta y me fui con la sensación de que se me había arruinado la tarde.
     Hace años que me considero un balzaquiano. Siempre tengo un título suyo en mi pila de pendientes, y es a él a quien más acudo cuando necesito una purga contra el exceso de mala literatura. Por eso aquella tarde me sentí chasqueado cuando, después de dedicarle tres cafés, mi imaginación seguía en búsqueda y captura. Pero ahora, trajinando en la red para confirmar unos datos, descubro el engaño de la frase de aquel azucarillo. En primer lugar, y dejando de lado que Balzac lo tomaba sin azúcar, este no se refiere a la infusión, sino a la ingesta a palo seco de los granos molidos -una experiencia gastronómica que se guarda mucho de popularizar. De hecho, la cita completa es del todo disuasoria, pues solo recomienda esa práctica  a "hombres de un excesivo vigor, de cabellos negros y duros, con piel mezclada de ocre y bermellón, con manos cuadradas, con piernas en forma de balaustres como las de la Plaza de Luis XV".
     Yo no sé si a alguno de ustedes le cuadra la descripción; a mí, no, y a Balzac tampoco, o, por lo menos, no del todo, aunque se adivina en ella una ostentación orgullosa de su propia anatomía. Su imaginación le daba derecho a ello: quien había tenido tanto talento, voluntad y capacidad de trabajo para retratar tan fielmente la sociedad de su época, en lo relativo a sí mismo padecía cierto optimismo patológico, quizás como efecto secundario de sus excesos con la cafeína . En este sentido, la ilustración que encabeza este artículo no pude ser más modernamente balzaquiana.