La naturaleza líquida de la literatura no acaba ni en la tinta ni en el alcohol, por más que de una a otro se produzcan trasvases, desbordamientos e inundaciones, y aún con más frecuencia goteos, filtraciones, humedades... Nada extraño si se consideran sus orígenes míticos. Cuenta Snorri Sturluson que los dioses para limar asperezas con unos vecinos organizaron una parranda en la que se selló la paz mediante una comunión escatológica consistente en el llenado colectivo de una cuba con escupitajos. Después los dioses con aquel magma crearon un hombre al que llamaron Kvásir, y era sabio y de ánimo inquieto y se fue a ver mundo, pero por el camino se encontró a dos enanos cabrones que le mataron. No obstante, ahí no se acabó Kvásir. Los enanos vaciaron su sangre en dos cubas y una olla, la mezclaron con miel, de lo cual resultó un hidromiel que hacía sabio y poeta a quien lo cataba.
Poco después los enanos ahogaron a un gigante en el mar y descalabraron a la viuda con una rueda de molino, pero el hijo gigante de ambos se enteró de aquello y fue a ajustar cuentas, lo cual no parecía difícil, porque era un muchacho muy espabilado, y así fue que ya tenía a los enanos a punto de ahogarlos cuando estos le ofrecieron el hidromiel a cambio de sus vidas. El gigante aceptó el trato y escondió las dos cubas y la olla en el interior de una montaña y dejó también allí dentro a su hija para que lo guardara.
Celoso de ese néctar, Odín se transformó en jornalero, segó los campos de heno de un gigante y en pago se hizo llevar a la montaña que encerraba el hidromiel. Allí el gigante taladró la roca, y Odín se convirtió en serpiente y se escabulló por el agujero hasta que llegó donde estaba la giganta. Tres noches durmió con ella, tras las cuales le permitió echar un traguito, pero Odín se lo bebió todo, que para eso era dios, y se fue volando, transformado ahora en un águila. La cual, por su tamaño y por el de su buche, no pasó desapercibida a Súttung, que este era el nombre del gigante dueño del hidromiel, y él también se transformó en águila y voló tras el ladrón y como iba más ligero recortaba la distancia más y más. Odín ya tenía a la vista las murallas del Ásgard, desde donde los dioses, cuando vieron cómo se acercaba perseguido por la otra, sacaron de las bodegas unas cubas vacías, y en ellas el águila divina, después de regurgitar el hidromiel, vomitó el tesoro que había robado. Pero no todo se fue por el pico: con el sofoco y el susto de verse casi cazada por Súttung, un poquito se le fue por el trasero, y ese poco se quedó fuera del Ásgard. Y de ese resto, nos dice Snorri Sturluson en su Edda Menor, se alimentan todos los malos poetas, quienes contagiados de su naturaleza excrementicia nos dejan en papel -o en pantalla- sus regalos.
Los griegos a su hidromiel le llamaron néctar y ambrosía. En la tradición védica era el soma. La nostalgia de esa sustancia ha vuelto loco y ha ahogado a más de un escritor. Los principales sucedáneos con los que se ha querido paliar esa carencia han sido el alcohol y el café. De esto último escribiré en un próximo artículo.
Los griegos a su hidromiel le llamaron néctar y ambrosía. En la tradición védica era el soma. La nostalgia de esa sustancia ha vuelto loco y ha ahogado a más de un escritor. Los principales sucedáneos con los que se ha querido paliar esa carencia han sido el alcohol y el café. De esto último escribiré en un próximo artículo.

