SUBGÉNERO ZOMBI
Al poco de aprender a hablar los niños sorprenden con una pregunta a quemarropa que pone a prueba la inteligencia de sus padres: ¿Quién es más fuerte un rinoceronte o una hormiga? Suele ganar la opción A, pero como el consenso no es un argumento concluyente, replican a la obviedad con un ¿por qué? que inicia una serie en la que a cada eslabón la perplejidad del niño aumenta con la estupidez e impaciencia del adulto. Por lo general la imagen del padre queda malparada tras el encontronazo dialéctico, pero no es eso lo peor. Enquistada en alguna circunvalación del extrarradio, la insatisfacción y la curiosidad del niño con los años alienta la imaginación morbosa de un guionista o la de los espectadores que acuden a aplaudir sus delirios. La vieja pelea del rinoceronte contra el insecto evoluciona entonces a formas más complejas, como “Jason contra Freddy”, “Alien versus Predator”, “Batman contra Alien”, “Drácula contra el Hombre Lobo” y cosas por el estilo que están triunfando entre el público adolescente de todas las edades, ya sea en cine, en cómic, en juegos de las videoconsolas o en libro. Los zombis de momento quedan fuera de esas peleas, porque antes de llegar ahí los contendientes han de haber demostrado individualmente su excelencia, y ellos van siempre en pandilla y son idiotas. De ahí que se hayan especializado en el papel de carne de cañón, sin que ninguno de los suyos haya descollado más allá de las penosas adaptaciones que comentaba en mi artículo anterior, en las que, si es verdad que anuncian una promesa de divertimento gamberro y hasta trasgresor, por lo que llevo leído, eso se queda en la tapa, mientras que el resto es un tostón que las hace merecedoras de la condición de furúnculo literario.
Otra variante de las obras con protagonismo de los zombis es la que se aleja del modelo paródico y desarrolla el miedo que causan los casimuertos asociado a desastres de tipo apocalíptico. Aquí, entre las novelas que llenan las estanterías de la zeta y aledaños, destacan títulos como “El alzamiento”, de Brian Keene, “Apocalipsis Island”, de Vicente García, “Los caminantes”, de Carlos Sisi, “Zombie Planet”, de David Wellington, “Septiembre zombie”, de David Moody, pero, sobre todo, “Guerra Mundial Zombi” (ya está en marcha la película) y “Zombi: Guía de supervivencia”, ambas de Max Brooks, y “Apocalipsis Z”, de Manel Loureiro, que narra las peripecias de un grupo de humanos que llegan al último reducto libre de zombis, en las Canarias. En todas ellas si se substituyeran los zombis por marcianos, androides o gnomos, el relato no se resentiría, porque de lo que se trata es de novelar situaciones de hundimiento social en un mundo caótico –o bien guerras o epidemias, o ambas-. Por el contrario, si atendemos al sentido, la presencia zombi es imprescindible, pues su naturaleza humana es la que permite contemplar los rasgos exagerados, como en una caricatura, para que se perciba mejor los de un modelo que ya no se inspira en el combate entre la hormiga y el rinoceronte ni en sus secuelas, sino en la frase de Hobbes “el hombre es un lobo para el hombre”. Con lo cual no es el futuro desolado que anuncian estas novelas lo que resulta aterrador, sino el presente que se advierte en ellas.
En la contraportada de “Días pasados”, el primer volumen de “Los muertos vivientes”, un cómic de Robert Kirkman y Tony Moore que se ha convertido en una obra de culto se explicita esta idea que alienta lo mejor del género zombi: “El mundo que conocemos ya no existe. El mundo del comercio y las necesidades superfluas ha sido reemplazado por un mundo de supervivencia y responsabilidad. Una epidemia de proporciones apocalípticas ha barrido la Tierra haciendo que los muertos se levanten y se alimenten de los vivos. En cuestión de meses la sociedad se ha desmoronado, sin gobierno, sin supermercados, sin correo, sin televisión por cable. En un mundo gobernado por los muertos, por fin nos vemos obligados a empezar a vivir”.
En la contraportada de “Días pasados”, el primer volumen de “Los muertos vivientes”, un cómic de Robert Kirkman y Tony Moore que se ha convertido en una obra de culto se explicita esta idea que alienta lo mejor del género zombi: “El mundo que conocemos ya no existe. El mundo del comercio y las necesidades superfluas ha sido reemplazado por un mundo de supervivencia y responsabilidad. Una epidemia de proporciones apocalípticas ha barrido la Tierra haciendo que los muertos se levanten y se alimenten de los vivos. En cuestión de meses la sociedad se ha desmoronado, sin gobierno, sin supermercados, sin correo, sin televisión por cable. En un mundo gobernado por los muertos, por fin nos vemos obligados a empezar a vivir”.
Dignificando igualmente el protagonismo de los zombis, pero desde la clandestinidad de un cómic rarísimo por sus condiciones de edición y por un discurso más poético que narrativo, “Invasión de los Elvis zombies”, de Gary Panter, con diseño entre otros de Art Spiegelman –el autor de “Maus”- y coeditado por Raw Books, de Nueva York, y Arrebato, una editorial de mi barrio, en Valencia, en la que tenía un papel estelar mi amigo Juanjo Almendral –de “La Edad de Oro”-, lleva el conflicto al entorno íntimo de dos hermanas que leen un cuento desde el que emerge un Elvis zombi para atajar sus temores por el ataque de un toro de montar mecánico enfurecido. Pero dejando de lado esta joya, custodiada en una vitrina en una librería de cómics de Bleekerstreet, en Nueva York, tres palabras definen este subgénero: violencia, hastío y asco, con hache también en unas siglas que cierran este bucle zombi con una referencia a su pasado: HASCO, la Haitian American Sugar Company, cuyos gerentes, a principios del siglo pasado, en su rapacería por reclutar mano de obra barata y dócil no tuvieron reparos en contratar a unos tipos con pinta de colgados que les proporcionaban los hechiceros del vudú, quienes les habían envenenado, enterrado y rescatado, sometiéndoles a su voluntad tras administrarles un antídoto.
En “Un mundo feliz” Aldous Huxley llamaba “soma” a ese antídoto, pero hoy preferimos denominarlo “sueldo”.


