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miércoles, 1 de noviembre de 2017

Historia de la gandulería literaria (1)


     


     A veces me tienta la idea de escribir una historia de la literatura a través de las semblanzas de sus personajes y autores más gandules, pero la amplitud de la nómina asusta y, aunque tengo algunos folios de índices, tablas y esquemas, me falta fuelle para tanta historia: demasiados vagos, demasiados abúlicos, demasiada molicie... Como decía Bartleby, uno de los capitanes más subversivos de toda la haraganería, "preferiría no hacerlo".
     Apenas un par de generaciones atrás la gente estaba más avisada sobre esa carcoma de la voluntad que transita desde las páginas de las novelas hasta una región ignota del córtex cerebral. La lectura de ficción era asunto de señoritas y, a menudo, una actividad furtiva. Los casos de don Quijote y de Emma Bovary, si bien sublimes en lo literario, eran ejemplos vivísimos de los efectos secundarios de la lectura. Baltasar Gracián lo supo ver bien, por lo que desaconsejaba la de Cervantes, aduciendo que era cosa de pimpollos, lo mismo que silbar,  tocar la guitarra, vestir jubón verde o hablar francés.
    
Él hubiera preferido que le sacaran sentado  
En tiempos de Goncharov ya no se llevaban jubones, sino levitas, y aunque no me consta que en el ropero de Oblómov las hubiera de ese color, queda fuera de duda que hablara francés y, lo que es peor, que su posición más frecuente en la vida fuera la de una horizontalidad silbante. Con todo es justo reconocer que su holgazanería no le viene de su afición a las novelas, sino de su casta nobiliaria. Por lo cual nos resulta ajena y, desde luego, mucho menos perniciosa que la del autor del que voy a hablar hoy.
     Xavier de Maistre (1763-1852), saboyano de nacimiento y ruso de adopción, fue militar, pintor y novelista, y debe su fama literaria al "Viaje alrededor de mi habitación", que escribió durante un arresto domiciliario a consecuencia de un duelo. Se trata de una apología peligrosísima del enclaustramiento que, si no fuera porque hoy casi nadie lee, debería estar prohibida. A diferencia de la de Oblómov, que ya ve el lector que le va a abocar a la ruina y a una soledad triste, la holgazanería del protagonista del "Viaje..." deviene en una felicidad paranoide y un punto esquizofrénica. Además, no contento de convencerse de que su reclusión es un chollo, el hombre pretende no solo que el lector se lo crea, sino que lo imite -sin tener necesariamente para ello que pasar por el trámite engorroso de meterle un balazo a fulano de tal en un duelo-. Dice: "Estoy seguro de que cualquier hombre sensato adoptará mi sistema, cualesquieran que sea su carácter y su temperamento [...]; en la inmensa famila de los hombres que hormiguean por la superficie de la Tierra, no existe ni uno (me refiero a los que viven en habitaciones) que pueda, tras leer este libro, rechazar la nueva manera de viajar que introduzco en el mundo. [... ] ¡Qué todos los desgraciados, los enfermos y los hastiados del universo me sigan! ¡Que todos los perezosos se levanten en masa!" (cito de la traducción de Puerto Anadón en la extraordinaria edición de Funambulista)
    
Diríase que uno lee esto y lo que le nace es calarse el salakof y aventurarse por el pasillo de su casa en dirección a la cocina, a ver si tiene suerte y puede emular una de las grandes aventuras vividas por de Maistre: aquélla en la que durante una intrépida preparación de tostadas logró quemarse la mano con la tenaza de sujetar el pan.
     A quien no haya leído el "Viaje..." tal vez le parezca un asunto menor, puede que hasta cómico, pero ahí está el meollo de la concepción dualista del hombre según de Maistre: "He notado, por diversas observaciones, que el hombre está compuesto por un alma y una bestia [...], la una tiene el poder legislativo y la otra el poder ejecutivo, pero esos dos poderes se contrarían a menudo. El gran arte de un hombre de genio es saber educar bien a su bestia para que pueda ir sola, mientras que el alma liberada de esa penosa relación, puede elevarse hasta el cielo". Teoría que resulta utilísima para explicar, por ejemplo, el incidente de la tostada: "mientras mi alma viajaba, he aquí que un tronco ardiendo rueda por el hogar: mi pobre bestia echó la mano a las tenazas, y yo me quemé los dedos". Es como se ve una dualidad que recuerda a la del Doctor Jekill y Mr Hyde, de Stevenson, pero lo que allí es muerte y sexo, aquí café con leche y tostadas.
     Aún otra circunstancia convierte en extraordinario ese episodio (y de paso me mata de envidia): que durante los cuarenta y dos días que dura el viaje es quizás el único acto que se relaciona con la necesidad y el trabajo. Es decir, mucha alma y poca bestia. Apenas se sienta hoy uno en cualquier rincón a escribir cuatro líneas, cuando ya le asaltan las urgencias: hay que sacar al perro, se ha acabado el detergente para la lavadora, no hay nada para cenar en la nevera, la bombilla del pasillo está fundida... Pues nada de eso asoma por allí. ¡Cuánto costará a algún buen lector encontrar antes del realismo alguna frase del estilo "me voy a trabajar, que llego tarde"! La única referencia de este estilo que aparece en esta obra de de Maistre es ofensiva. Estaba reposando de no se sabe qué el viajero en su butaca, cuando un mendigo llama a la puerta para pedir limosna, la perrita empieza a ladrar, aquél se sobresalta, cae de la butaca, hace acopio de fuerzas, se levanta e increpa así al mendigo: "¡Vago! ¡Id a trabajar! (apóstrofe execrable, inventado por la cruel riqueza)".
     En el artículo sobre Goncharov ya leímos que la extraordinaria pereza tenía contrapartida: "Oblómov" y "El mal del ímpetu". En de Maistre ocurre igual, "El viaje alrededor de mi cuarto" y "La joven siberiana". El enclaustramiento por un lado y Siberia por otro.  

    

jueves, 19 de marzo de 2015

Correr


Desde finales del siglo XX a todo el mundo le ha dado por correr. Incluso a mí durante un tiempo me acometió la urgencia de las carreras: una vez que se prueba es difícil sustraerse al intercambio de calorías por endorfinas. Forrest Gump representó en la pantalla una imagen cumplida del afectado por ese impulso. Y todos le seguimos. Aquí al lado se le ve en el mismo paisaje que tantas veces sirvió de fondo en las películas de John Ford. La ruta polvorienta por donde transitaron los centauros del desierto, las diligencias, John Wayne o los comanches es ahora una carretera asfaltada por donde se esfuerzan Forrest y sus seguidores en una carrera sin épica.
     En la literatura del XIX Iván Goncharov retrató en "El mal del ímpetu" a la familia Zúrov, pionera en las urgencias locomotoras y calisténicas. Selma Ancira en su edición en minúscula nos ofrece en nota a pie de página una anécdota sabrosísima acerca del estupor que causó en los moscovitas de la plebe la novedad de la terapia del doctor Christian Lóder, basada en el ejercicio:

     El espectáculo de aquellos nobles endomingados que circulaban sin ton ni son, a buen ritmo por las veredas de los jardines de la clínica, suscitaba la curiosidad de la gente del pueblo que, embobada, pasaba largas horas observándolos desde la verja del jardín. Desde entonces el apellido del médico pasó a ser en ruso un sustantivo que significa "haragán", "holgazán".
         
      Pero más que estos personajes y que algunos otros que aparecerán en breve por estas líneas, el ejemplo más evidente de esta pasión, que es al mismo tiempo su epítome, es la invención de un oximorón mecánico: el aparato que sirve para correr sin desplazarse. Y junto a ello, pero en el otro extremo, la hipertrofia del esfuerzo en el desplazamiento: la fiebre de los maratones. 
     Como suele ocurrir, la moda creó una necesidad, y la necesidad una industria (aunque también podría maliciarse uno que el orden fuese el inverso). De pronto las calles de las ciudades se llenaron de gente con chándal que no solo bajaban los domingos a lavar el coche. Se abrieron tiendas especializadas en zapatillas, vestimentas y adminículos varios, desde las cintas para la frente a los pulsómetros. El vocabulario siguió esa misma evolución ascendente, y así el  infinitivo "correr" quedó pronto obsoleto para definir una actividad que se había tecnificado tanto. Primero fue "footing" lo que se practicaba, pero no duró mucho, porque la alusión a los pies parecía poco acorde con el encanto del ejercicio, así que se cambió el "fut" por el "runn" y se dejó el "ing", que suena ligero y grácil, como si el sustantivo estuviera enfundado en una camiseta semántica ultraligera y sudorífuga.
    
Los escritores también se apuntaron. Hoy se les ve con frecuencia, confundidos entre los enemigos del colesterol; aprovechan el fresquito de la mañana o el de las primeras horas de la noche para echarse sus carreritas y combatir los achaque de la profesión. Nada que objetar. Al contrario: bravo por ellos. Ni siquiera a los que completan su asueto con la pesca de la trucha con mosca opondría reparos. Bueno, sí, solo uno: que se callen. En lo del arte piscatoria, para que no ahuyenten a las presas; y en lo otro, para no ahuyentar a los lectores, especialmente a los entrados en kilos y años que se arrastran por los parques y echan el bofe como Dios manda. Si ya es triste correr así, cuánto más hiriente resulta tropezarse con un escritor sin grasa que trota tan ricamente mientras conversa con un amigo sobre esto o aquello (o sobre su libro, que aún es peor). Son tan dañinos estos escritores, que el ayuntamiento debería hacer algo: acotar sendas, por ejemplo. Pero, amigos, los hay tan perversos que no se conforman con dar la barrila y desalentar al prójimo, sino que industrializan su murga, la convierten en libro y le ponen una faja tan llamativa como las cintas de colores con rizo de toalla con que remedan en sus frentes -frontispicios de templos de sapiencia- las coronas de laurel.
      Haruki Murakami es uno de estos que digo. Cuidado con él. La obra en cuestión se titula -tomando prestada buena parte del título de un conocido cuento de Raymond Carver- De qué hablo cuando hablo de correr, pero apenas lees la primera página ya te estás acordando de otro título de ese gran escritor americano: ¿Quieres hacer el favor de callarte? La publicó Tusquets hace unos años, y seguro que ha vendido un montón, porque es una novela ideal para regalar -eso, sí, siempre que no se lea.
     Lo curioso es que Murakami, que es una especie de vendedor de navajas suizas literarias, está en las antípodas de Raymond Carver, quien si hubiera sabido que aquel le había robado un título, seguro que le hubiera metido una hostia, o por lo menos le hubiera tirado el gin tonic encima, que no es lo mismo pero consuela algo.     
      
     A Jean Echenoz, sin embargo, no hace falta que nadie le diga que se calle, porque ya se calla solo. Su Correr es un prodigio de economía literaria. Tengo para mí que si llega a revisar de nuevo el manuscrito se queda con el título y poco más. Puestos a imaginar recreo en un ejercicio de estilo como los de otro Raymond -Quenau- ese poco más:
       Emil Zatopek era alto y guapete. Al principio no le gustaba correr, pero luego ya sí. Trabajaba en una fábrica de zapatos. Los nazis invaden Polonia y organizan una carrera, pero Zatopek queda segundo y les fastidia la foto de los tres "arios" en el pódium. Su estilo es muy feo, pero da igual, porque poco a poco lo va ganando todo. Termina la guerra y mandan los comunistas. Se alista al ejército, se enamora de la hija de su coronel, una campeona en lanzamiento de jabalina que se llama Dana, y se casan. Todo el mundo está contento con él, porque cada carrera es una medalla más, y cada victoria sonada le vale un ascenso. Empieza a quedarse calvo y se pone un gorrito de lana para correr. A todo esto empieza a apolillarse el telón de acero. Como al régimen no le sientan bien las disidencias ahorca a unos cuantos opositores, a otros los condena a cadena perpetua y a otros se les envía a las minas de uranio. Pero la gente se harta de tanta cacicada. Zatopek, también. Es la "primavera de Praga". Estamos en el año 1968. Y en eso que los soviéticos mandan sus cazas y sus tanques y se acaba la primavera. A Emil lo rebajan del ejército y lo envían a una mina de uranio. Al cabo de seis años lo ascienden a barrendero en Praga, pero es tan popular, que molesta a las autoridades y lo envían a cavar agujeros para plantar postes de telégrafos. Por último le hacen firmar una confesión de errores ideológicos en el pasado y le destinan al sótano de unas oficinas de asuntos deportivos en Praga. FIN. 
     La novela no está mal, pero es que Echenoz parece que le esté echando una carrera a Zatopek; algo así como si le dijera tú corres mucho, pero yo escribo más rápido. Menos mal que es corta (140 páginas con letra gorda), porque el ritmo es tan alto que si el lector no está fuerte, a los primeros capítulos empieza a perder fuelle y se queda sin aliento.   


     Con un ritmo muy diferente está escrito La soledad del corredor de fondo (1959), relato de Alan Silitoe que fue adaptado por Tony Richardson (1962) en una película de título homónimo y de recuerdo imborrable. Escrita más de medio siglo antes que las de Murakami y Echenoz, las deja muy atrás en la carrera literaria. En el 2013, la editorial Impedimenta la reeditó en traducción de Kiko Amat. Uno lo lee y piensa que lo escribieron la semana pasada, porque más allá de su contexto preciso de posguerra descubre en la historia de ese chico rebelde internado en un reformatorio una amargura y un asco hacia una sociedad injusta en época de crisis que nos resultan muy próximos. Les dejo aquí el principio del relato:


Nada más llegar al reformatorio me destinaron a corredor de fondo. Supongo que pensaron que estaba hecho para eso porque era alto y flaco para mi edad (y lo sigo siendo) y de todas formas, a mí me daba un poco igual, a decir verdad, porque correr siempre había sido algo importante para nuestra familia, especialmente correr huyendo de la policía. Siempre he sido un buen corredor, veloz y de zancada larga; el único problema era que aunque el día del trabajito en la panadería corrí lo más rápido que pude, y puedo afirmar que logré una muy buena marca a pesar de todo, no por ello evité que me pescaran los polis tras todo aquello. Os sonará un poco raro eso de que haya corredores de fondo de campo a través en el reformatorio; pensaréis que lo primero que un corredor de este tipo haría cuando lo dejasen suelto por los prados y bosques, sería huir del lugar tan lejos como pueda llevarle la barriga llena de la bazofia
del reformatorio, pero os equivocáis, y os diré por qué. Lo primero es que esos hijos de puta que nos mandan no son tan bobos como parecen la mayor parte del tiempo, y lo segundo es que yo tampoco soy tan bobo como parecería si tratase de escaparme por ahí aprovechando la competición, porque fugarse para que luego te pillen no es más que una no es más que una pérdida de tiempo, y yo no tengo ganas de perderlo.

martes, 22 de marzo de 2011

Goncharov

"Oblómov" y el ímpetu

     En los lejanos años de mi adolescencia empecé a sentir una atracción hacia la literatura y geografía rusas que nunca me ha abandonado. Cómo y cuándo surgió es algo de lo que no estoy seguro, pero todas las prospecciones en mis recuerdos me llevan a dos novelas, curiosamente ninguna de escritor de aquella nacionalidad: "Miguel Strogoff", de Julio Verne, y "Los horrores de Siberia", de Emilio Salgari. En ellas descubrí la estepa, los bosques inmensos de abedules, las nieves perpetuas, las noches boreales..., el chasquido del knut y las distancias en verstas. Quizás estas fueron mis primeras palabras rusas. Luego vinieron "ucase", "samovar", "mujic"... y otras, pero en el contraste entre aquellas dos se encontraba ya la oposición que latía en las páginas de Verne y de Salgari: la tiranía y el ansia de libertad: el látigo y el paisaje siberiano. Han pasado ya tantos años..., pero nunca he querido releerlas: prefiero el ardor y los sueños que despertaron en aquel adolescente a mi juicio resabiado de adulto.
     De mis siguientes lecturas rusas me detengo hoy en dos obras de Iván Alexándrovich Goncharov, vinculadas también a sendas palabras. La primera es "Oblomov", de 1859, que gira en torno a las vicisitudes de un noble sensible, inteligente y rico cuya principal afición es quedarse tumbado en la cama pensando con gran perspicacia en los problemas que afectan tanto a su vida privada como a su hacienda y elaborando proyectos que nunca lleva a cabo. Rescato de ella gracias a notas y subrayados de hace veinte años el siguiente fragmento, que corresponde a cuando Olga, la joven de quien está enamorado, abandona desesperada sus intentos por salvarlo de su indolencia enfermiza:
     "-¿Por qué había fracasado todo? -preguntó de pronto, alzando la cabeza-. ¿Quién te maldijo, Iliá? ¿Qué has hecho? Eres bueno, inteligente, noble, delicado... y ¡te estás perdiendo! ¿Qué es lo que te pierde? ¿Tiene nombre ese mal?
     -Lo tiene -susurró apenas Oblómov.
     Olga fijó en él una mirada interrogante llena de lágrimas.
     -¡Oblomovismo! -susurró él.
     (III Parte, capítulo XII. Editorial Cupsa. Traducción de Lydia Kúper)
     En el siglo XIX el oblomovismo fue un mal endémico entre la aristocracia terrateniente rusa, que Goncharov satiriza con ingenio y señala como una de las causas del atraso de su país con respecto a otros de Europa. Sin embargo hay algo en ese personaje y en ese mal que va más allá de tales circunstancias y que, cuando leía la novela, me inquietaba y replegaba mi sonrisa antes de que se extendiera entre ambas comisuras. Era una sospecha apenas insinuada, un vago temor que ahuyentaba con el mismo gesto torpe con el que se aparta a una mosca de la cara: ¿tendría yo algo de oblomovismo en la sangre?, ¿sería contagioso? ¿o se contraería con la edad?
     Con el paso de los años he ido respondiéndome de diferentes maneras a esas preguntas, y, cuando había dado con una respuesta que más o menos me satisfacía sin violentar demasiado mis sueños siberianos de adolescente, cae en mis manos "El mal del ímpetu", también de Goncharov, mucho más breve que "Oblómov", pero tan divertida y mordaz como aquella, de la que es el ying de su yan, y que me ha fastidiado inoculándome con su lectura la duda de si esta mania que me ha entrado de ir a Siberia a buscar setas no será un síntoma de que yo también padezco el mal del ímpetu.    
      La naturaleza de tal afección la presenta Goncharov en un inicio de relato magistral: "¿Han leído ustedes, muy señores míos, o por lo menos han oído hablar de ese extraño mal que antaño padecieron los niños tanto en Alemania como en Francia y que no tiene nombre ni ha quedado registrado en los anales de la medicina? Se trataba de una dolencia que creaba en ellos la necesidad imperiosa de subir al monte Saint Michel (creo que en Normandía)". (Editorial Minúscula. Barcelona, 2010. Traducción de Selma Ancira).
     En su historia los afectados son los Zúrov, "una familia irreprochable, fina y culta" de Petersburgo que  somete a sus allegados a una pasión perversa por las actividades al aire libre y, en especial, por las caminatas interminables. A diferencia de lo ocurrido con "Oblómov", la excentricidad de los Zúrov no ha derivado en el sustantivo "zurovismo", quizás porque el mal del ímpetu está tan extendido que ni siquiera tenemos conciencia de su condición patológica. Sin embargo, a finales del XVIII y principios del XIX a ojos de cualquier persona decente resultaba tan llamativo como la viruela. Una nota a pie de página a la cita de un "Folleto científico sobre los estragos del cólera en Moscú" que encabeza el relato no deja dudas al respecto: "Christian Ivánovich Lóder (1753-1832), médico personal de Alejandro I, fue el fundador en Moscú de una clínica de aguas termales artificiales en las que se aplicaba un novedosísimo sistema de curación. Además de beberse las aguas minerales y bañarse en las fuentes de aguas termales, los enfermos debían realizar ejercicios ligeros al aire libre. El espectáculo de aquellos nobles endomingados que circulaban sin ton ni son a buen ritmo por las veredas de los jardines de la clínica, suscitaba la curiosidad de la gente del pueblo que, embobada, pasaba largas horas observándolos desde la verja del jardín. Desde entonces el apellido del médico pasó a ser en ruso un sustantivo que significa holgazán, haragán."