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jueves, 27 de agosto de 2015

Vasili Grossman. Antijudaísmo y Holocausto.

Dedico este artículo a mis compañeros del seminario de Yad Vashem


A finales de julio de 1944 Vasili Grossman como corresponsal de guerra de Estrella Roja (Кра́сная звезда́) llegó, acompañando a las tropas de Primer Frente Bielorruso, hasta el noreste de Varsovia, al campo de exterminio de Treblinka, donde tuvo ocasión de comprobar por sí mismo y por los testimonios de los escasos supervivientes y de los campesinos polacos de la zona uno de los mayores hitos en la historia de la barbarie y crueldad humanas. Sobre ello redactó un artículo titulado "El infierno de Treblinka" -publicado en la revista Знамя (Znamya)- que fue aportado como prueba acusatoria durante los juicios de Núremberg. Allí uno encuentra tanto la narración y denuncia de una serie de atrocidades hasta entonces inimaginables, como unas reflexiones sobre el exterminio que aún hoy sorprenden por una perspicacia que ni la inmediatez emocionada a los hechos que las motivaron ni los setenta y un años que han transcurrido desde entonces restan nada de su vigor y vigencia intelectuales.
     
     Si se hace infinitamente duro leer esto, el lector debe creerme que también es infinitamente duro escribirlo. Alguien puede preguntar: "¿Y por qué escribir sobre esto, por qué recordarlo?" Es el deber del escritor contar esa terrible verdad y el deber civil del lector es conocerla. Quien mirara hacia otro lado, quien cerrara los ojos sin querer saber nada insultaría la memoria de los muertos. Quien no conozca la verdad sobre los campos de exterminio no podrá entender con qué tipo de enemigo, con qué tipo de monstruo tuvo que mantener su combate mortal el Ejército Rojo.  
(tomo el texto del muy recomendable "Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945")

       En el contexto en el que escribe hay que tomar la referencia al ejército como una muestra de orgullo por su participación fundamental en la derrota del nazismo más que como una reivindicación de exclusividad soviética en ese evento. De hecho no hay certeza acerca de si ese colofón es de Grossman o de los censores. Es más, el problema mayor que tuvo con el NKVD de Beria (es decir, con una de las versiones más siniestras que ha existido nunca del "aparato del estado") es la sospecha que siempre recayó sobre él de "internacionalismo", un término que definía entonces un delito ideológico casi tan grave como el "trotskismo", y que, en el caso de Grossman, no le venía por su afán de extender la revolución más allá de lo que pronto se llamaría "el telón de acero", sino de la confluencia de su origen judío con su condición de escritor, agravada por su no militancia en el partido y por su renuencia temeraria a redactar panegíricos a Stalin, quien no es que anduviera corto de autoestima, pero siendo la personificación de todas las virtudes soviéticas, la desafección hacia él activaba los tendones del índice de su mano derecha en un gesto que apuntaba al norte y que auguraba al desafortunado un futuro próximo en el gulag.

     Grossman pudo eludir ese destino, menos por habilidad política que por el respeto que se había ganado entre el pueblo y en el ejército con sus crónicas de guerra y con su novela El pueblo inmortal (1942), que daba forma literaria a aquellas. No obstante, la circunstancia principal que le ahorró el viaje a Siberia fue el fallecimiento de Stalin en 1953. Un año antes su novela Por una causa justa, tras un arduo trabajo de adaptación -léase "autocensura"- y del adecentado de los censores profesionales, se publicó por entregas en la revista "Novy Mir". Se trataba de otra novela de tema bélico, centrada en la batalla de Stalingrado, y en la que ya estaba el germen de su obra maestra Vida y destino. En general tuvo una buena acogida, aunque a algunos se le indigestó, como a Borís Pasternak, que al poco de leerla sufrió un ataque al corazón del que culpó a Grossman. La prensa habló de una hazaña literaria tolstoyesca, y fue incluso seleccionada para el Premio Stalin, lo que no era nuevo para él, pues en 1940 fue nominada para el mismo galardón su Stepan Kolchuguin, un cumplido ejemplo de realismo social sobre un minero convertido en revolucionario. Por desgracia la novela no satisfizo el refinado gusto literario de Stalin, quien la tachó de la lista acusándola de "simpatías mencheviques", un cargo del todo inane y bastante socorrido entonces, aunque no tanto y mucho menos paranoico como por el que en el año 52, el mismo de la publicación de "Por una causa justa", se incoó a miembros del Comité judío antifascista. 
     Stalin, que era partícipe de un antijudaísmo de abolengo vagamente xenófobo más que racial, se había sentido muy contrariado cuando después de haber apoyado el reconocimiento de Israel por parte de la ONU vio que el nuevo estado se alineaba con los Estados Unidos. A partir de ese momento su intuición conspiranoica recayó sobre los judíos, de quien temía la formación de una quinta columna de "nacionalistas burgueses". Orlando Figes lo explica muy bien en su monumental Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin (The Whisperers):


      Sus temores se intensificaron como consecuencia de la llegada a Moscú de Golda Meier, en el otoño de 1948, en carácter de primera embajadora israelí en la Unión Soviética. Allí donde iba era recibida con aclamaciones por multitud de judíos soviéticos. En su visita a una sinagoga de Moscú, en el Yom Kipur (13 de octubre), miles de personas se concentraron en las calles, y muchos de ellos voceaban "Am Yisroel chai" ("¡El pueblo de Israel vive!"), una afirmación tradicional de renovación para todos los judíos del mundo, pero que era para Stalin un signo peligroso del "nacionalismo burgués judío" que subvertía la autoridad del Estado soviético. (op. cit., pág., 675)


enmarcada en el círculo, Golda Meir 

     Ya se comprenderá que las paranoias de Stalin no eran de orden especulativo, sino factual. Ejemplo de ello es el caso de Solomon Mijoels, director del Teatro Judío de Moscú y presidente del Comité Judío Internacional, asesinado por el nuevo método del atropello con camión. El devenir de otros miembros de ese mismo comité nos lo aclara Donald Rayfield en Stalin y los verdugos (Taurus, 2003). Según el historiador británico, algunos miembros fueron apaleados hasta la muerte; de los catorce que sobrevivieron a los interrogatorios y fueron llevados a juicio, a todos los condenaron a muerte menos a una. Y a eso cabría añadir que otro contingente fue destinado directamente al gulag.
     En cuanto a Grossman, que también pertenecía a esa organización, cuenta Anthony Beevor en el epílogo de la obra que he citado arriba que tanto él como Ilia Ehrenburg "fueron incluidos en la investigación en marzo de 1952, durante los preparativos para el juicio, pero finalmente quedaron descartados" (pág. 426). Por desgracia no aclara los motivos de esa inmunidad, pero acontecimientos posteriores de los que ahora hablaré permiten deducir que no se trataba ni de olvido ni perdón, sino de un uso político de la figura de ambos escritores.
     Muy poco después de la nominación de Por una causa justa para el Premio Stalin, un artículo de "Pravda" la atacó con saña acusando a Grossman de dos graves errores: no haber mencionado apenas a Stalin ni haber reconocido los méritos del partido comunista en la batalla de Stalingrado. La consecuencia inmediata fue un artículo del editor de "Novy Mir" en el que pedía disculpas por su torpeza al publicarla. En ese momento la posición de Grossman, a pesar del apoyo valiente de algún general que había conocido en la guerra, era bastante comprometida.
    
Stalin, acuciado por los temores inveterados de los sátrapas orientales a los envenenamientos, había dado en un nuevo disparate criminal: una conjura de los médicos del Kremlin (muchos de ellos judíos) para acabar con su vida y la de los principales dignatarios soviéticos. El 18 de octubre de ese año (1952) ordenó la detención y tortura de los médicos. Ronald Rayfield, de quien tomo la mayor parte de la información en este punto, documenta con detalle todo este proceso delirante.
     En el último discurso que pronunció Stalin, el 1 de diciembre, su paranoia, que iba en aumento, se concretó en la acusación a los judíos de ser agentes del servicio de inteligencia norteamericano, advirtiendo sobre una taimada forma de contrarrevolución practicada por los médicos judíos. Dos días más tarde, en Praga fueron asesinados por ahorcamiento catorce políticos (de los cuales la mayoría eran judíos) acusados de conspiración trotskista-titoísta-sionista con intento de magnicidio por métodos médicos. Y el mes siguiente "Pravda" publicó un artículo titulado "Asesinos de bata blanca", cuya primera consecuencia fue la detención de otros veintiocho médicos y nueve de sus cónyuges. En ese contexto -cito ahora textualmente a Rayfield- se preparó una carta para su publicación en "Pravda", y se les indicó a 60 destacados judíos que la firmasen: entre ellos al físico Landáu, al poeta Marshak, al novelista Vasili Grossman y al cineasta Mijaíl Romm. Los firmantes exigían la erradicación de "los nacionalismos judíos y burgueses" y de "los espías y enemigos del pueblo ruso".
     Por suerte para Grossman, para los otros firmantes, para los médicos, para los judíos, para los colaboradores más íntimos de Stalin y para el último de los ciudadanos soviéticos, el día 1 de marzo el dictador sufrió un ataque de apoplejía. Martin Amis relata así el momento en que sus ayudantes le encontraron tumbado sobre el suelo del comedor de su dacha de Moscú:
     Había mucho terror en sus ojos implorantes. Cuando quiso hablar, solo le salió "un zumbido": la pulga gigante, la chinche, reducida a un zumbido de insecto. Es indudable que había tenido tiempo para meditar una incómoda circunstancia: a todos los médicos del Kremlin los estaban torturando en la cárcel, y Vinográdov, su médico personal de muchos años, estaba, además (por insistencia del mismo Stalin), "con grilletes". ("Koba el temible". Anagrama, 2006)
      Stalin falleció el día 5 de marzo. Un día antes, Jrushov, que iba a ser su sucesor, anunció que nunca había existido el complot de los médicos, y ahí se terminaron las detenciones de judíos. Grossman reeditó ya en forma de libro un año más tarde "Por una causa justa", que fue alabada por la crítica; y, confiado en la nueva época que había inaugurado el XX Congreso del PCUS (1956), se centró en la redacción de su obra maestra, "Vida y destino", de la que la KGB le requisaría todos sus manuscritos y que nunca pudo ver publicada.
       La vastedad de esta novela, comparada tantas veces con "Guerra y paz", me obliga a aplazar para otro artículo mis comentarios en relación con el título de este. Dejo, pues, esta última obra y vuelvo la mirada hacia la primera de las suyas publicadas, el relato "La ciudad de Berdichev" (1934), del que Bulgákov dijo que se extrañaba de que se pudiera escribir cosas buenas aún en la Unión Soviética. 
    
antiguo cementerio judío de Berdichev. Año 1913.

     Berdichev, a unos 180 kilómetros al oeste de Kiev, fue llamada "la capital judía de Rusia". Allí nació Vasili Grossman el 12 de diciembre de 1905, y allí, catorce años más tarde, se produjo uno de los primeros pogromos de Ucrania. Cerca de ciento cincuenta mil judíos murieron durante la Revolución y la Guerra Civil.
     En el verano de 1943, después de las victorias en Stalingrado y Kurst, cuando ya había cambiado claramente el signo de la guerra y el Ejército Rojo recuperaba territorio tras territorio, Grossman, acompañando a la 75 División de Fusileros de la Guardia en su campaña de liberación de Ucrania, fue descubriendo el rastro del exterminio que los nazis habían dejado a su paso. En un artículo publicado en yidis en la revista del Comité Judío Antifascista, recogido en la obra de Beevor y Vinogradova a la que ya me he referido, escribió:

     No quedan judíos en Ucrania. En ningún sitio; ni en Poltava ni en Jarkov, ni en Kremenchug, ni en Borispol, ni en Iagotin. En ninguna de las ciudades, ni de los cientos de pueblos y miles de aldeas se verán los negros ojos llenos de lágrimas de una niña judía, ni la cara oscura de un bebé judío hambriento, ni se oirá la voz quejumbrosa de una anciana judía. Todo ha quedado en silencio. Todo un pueblo ha sido brutalmente exterminado. ("Un escritor en guerra", pág. 311)   

     En ese descubrimiento del horror, su llegada a Berdichev fue especialmente dolorosa. A Grossman le había mortificado no haberse llevado a su madre a Moscú cuando se produjo la invasión nazi.  Sin noticias de ella, la sospecha de su muerte era para él una llaga abierta de la que se culpaba; y ahora, en su ciudad, se le revelaba la verdad y toda la dimensión del exterminio: de sus 30.000 habitantes, casi todos habían sido asesinados. El artículo que escribió "El asesinato de los judíos de Berdichev" -cito de nuevo textualmente a Beevor- fue censurado por las autoridades soviéticas con el doble propósito de reducir la importancia de los judíos como víctimas y de ocultar la participación ucraniana en las atrocidades. (op. cit., pág. 317 y 318) 
    
Nonna Mordykova, protagonista de "La comisaria"
Aquel primer relato de Grossman, ambientado durante la Guerra Civil (1918-1921), estaba protagonizado por una comisaria política que llega con su regimiento a Berdichev en un estado muy avanzado de gestación y cuya primera diligencia apenas entra en la ciudad es la ejecución de un desertor. Una familia judía es obligada a darle asilo. A pesar de su inicial rechazo, la acogen amablemente, la cuidan y le proporcionan un entorno amable donde nace la criatura. Sin embargo, a los pocos días del parto, la comisaria siente con más fuerza su responsabilidad política que su maternidad y abandona al bebé con su familia adoptiva para unirse a sus soldados.   

     Esta oposición entre compromiso político y vida fue magistralmente desarrollada por Aleksandr Askoldov en "La comisaria" (1967), adaptación al cine del relato de Grossman, pero entonces, catorce años después de la muerte de Stalin, aún resultaba intolerable para Breznev y su gobierno la más que razonable identificación del conflicto entre deber político y vida con el de estalinismo frente a  judaísmo. En consecuencia, la película fue prohibida, y su director acusado de revisionista y expulsado del partido. Veinte años más tuvieron que pasar para que pudiera estrenarse. 
      La película está rodada en blanco y negro, y sus imágenes, de una enorme fuerza expresiva, combinando un realismo documental con unas escenas oníricas, consigue esa armonía entre lo épico y lo lírico que tanto caracteriza a la prosa de Grossman. Hay un momento de la película en el que Askoldov se aleja de la literalidad del relato y emociona al espectador de un modo sorprendente. No les cuento más, prefiero que lo vean:  


     La escena por sí sola merecería un estudio extenso. Esa combinación de lo presente -el temor de los niños por los cañonazos- con la llegada a un campo de concentración; el cambio cromático entre una y otra; la ilación narrativa subrayada por la música, la gestualidad del padre y la figura del violinista; los bruscos cambios de angulación en los que ese mismo violinista y Claudia, la comisaria, parecen interpelar directamente al espectador; las piernas de los presos del campo; el humo de los crematorios; todo ello nos habla al mismo tiempo de la densidad semántica de la escena y de su complejidad estética. Pero no voy a abundar en ello. La imagen de la comisaria, con su hijo en brazos, siguiendo a los judíos, camino de Chelmno, Sobibor, Auschwitz, Treblinka... me llevan a otro relato de Grossman en el que la expresión literaria del dolor y de la empatía constituyen de modo magistral un referente en la literatura del siglo XX. Se trata de "La Madonna Sixtina". En él Grossman cuenta en primera persona sus impresiones tras haber visitado en la primavera de 1955 ese magnífico lienzo de Rafael en el Museo Pushkin.


     Más tarde, mientras caminaba por la calle después de abandonar el museo, conmocionado hasta el desconcierto por lo novedoso y potente de la sensación, no hice siquiera el intento de salir de mi estado de perplejidad y aclararme las ideas.
     Aquella confusión de ánimo ni siquiera era comparable con la que había experimentado a los quince años mientras leía, con lágrimas de felicidad, "Guerra y paz", ni con la que se apoderaba de mí mientras escuchaba, en momentos especialmente aciagos de mi vida, la música de Beethoven. Entonces comprendí que la imagen de la joven madre con su hijo en brazos me hacía recordar no un libro o una música sino Treblinka...
     "Son estos mismos pinos, esta arena, este vetusto tocón los que vieron millones de ojos humanos desde los trenes que llegaban lentamente al andén... Entramos en el campo y caminamos por la tierra de Treblinka. Las vainas de lupino revientan al menor contacto, con un sonido suave... El sonido de los granos que caen y el de las vainas al reventar forman una prolongada melodía, plácida y triste. Es como si, desde las profundidades de la Tierra, llegara el doblar de unas pequeñas campanas, apenas audible, doloroso, vasto y reposado... Aquí están las camisas casi desintegradas de quienes han sido exterminados, sus zapatos, las pequeñas ruedas de sus relojes de mano, cortaplumas, candelabros, unos zapatos de niña con borlas de color rojo, ropa interior con encajes, una toalla con bordados al estilo ucraniano, vasijas, bidones, tazas de juguete hechas de plástico, cartas escritas  a lápiz por niños, libritos de poesía...
     Seguimos avanzando por la tierra oscilante, sin fondo, de Treblinka, y de pronto nos detenemos. Delante de nosotros yace, pisoteada, una mata de pelo de mujer -suave, fino, abundante, ondulado, de color cobrizo brillante- que habría pertenecido a una joven, y después, aquí y allá, más pelo: bucles rubios, pesadas trenzas negras sobre la arena clara [...]
     El recuerdo de Treblinka surgió desde el fondo de mi alma sin que ni siquiera me hubiese dado cuenta al principio.
      Fue ella la que anduvo con sus ligeros pies descalzos a través de la tierra oscilante de Treblinka, desde el muelle de descarga hasta la cámara de gas. La reconocí por la expresión de su rostro y de su mirada. Vi a su niño, cuyo gesto maravilloso y en absoluto infantil hizo que le recordara enseguida. Ese era el aspecto que presentaban las madres y sus pequeños en el momento de vislumbrar, sobre el fondo verde del bosque, los muros blancos de la cámara de gas de Treblinka. 
     
       (En "Eterno reposo y otras narraciones". Vasili Grossman. Galaxia Gutenberg, 2013. Pág. 104-106)







 


sábado, 1 de mayo de 2010

Elvis y Stalin (2)

Elvis en el desierto de Arizona
  Lo que voy a referir no es el fruto de ninguna de mis alucinaciones ni tampoco de una revelación. La primera noticia me la dio el libro "Elvis people. The cult of the King", de Ted Harrison, del que ya he hablado aquí. Pero lo que sigue no es la mera paráfrasis de aquella anécdota, sino que va más allá, abriéndose camino entre patrañas, insolaciones y monsergas hacia una verdad profunda, como un tipo perdido en el desierto que a punto de morir de sed encuentra un saguaro y, sin preocuparse de las espinas, corta un pedazo, lo estruja y saca un chorrito de agua amarga que le salva la vida. Pues aquí van en tinta esas gotas salvadoras, sacadas del sermón que pronuncia el Reverendo Ervert Felton Dorsey sobre la cubierta de "La Palabra" -su barco de vapor e iglesia- en el capítulo primero de la tercera parte de mi novela "Zapatos de ante azul".
    "En una ocasión Elvis debía dejar Las Vegas para dirigirse a Phoenix. Sería a finales de la primavera o principios de verano. Algunos problemas personales le traían atribulado desde hacía tiempo. Necesitaba parar un poco, reflexionar, mirar hacia dentro, pero la vida tan intensa de actuaciones, grabaciones de discos y películas que llevaba no le dejaba tiempo para nada. Entonces tuvo una intuición de esas muchas que tenía, y una voz de su interior le dijo vete a Phoenix en coche. Y así lo hizo. Y Elvis escucho esa voz y desoyó a los que le tentaban con palabras como rapidez, urgencia, comodidad, compromiso, porque en aquel momento, hermanos, comprendió que los únicos compromisos que atan a un hombre son los que tiene primero con Dios y luego consigo mismo, así que a pesar de la distancia, del calor, de ese polvo finísimo que acaba metiéndosele a uno en la garganta –y no hace falta insistir en lo importante que era la garganta para él-, a pesar de esa luz tan insoportablemente hermosa que a veces te atraviesa los ojos como agujas y se te clava en el cerebro, a pesar de todo eso, hermanos, Elvis cruzó en un Cadillac las más de trescientas millas que hay de Las Vegas a Phoenix. Y no fue una travesía cualquiera, eso os lo puedo asegurar. Imaginad un Cadillac blanco a través de un mar de tierra calcinada, un paisaje ocre y sediento donde no se ve una brizna de hierba, ni siquiera matojos secos, sólo algún cactus polvoriento. Una árida llanura que a veces se resquebraja en angostos barrancos como si la misma tierra se retorciera por el calor, la sed y la locura. Imaginad a Elvis en ese Cadillac después de cinco horas al volante, ya se va poniendo el sol y en el cielo las nubes parecen rescoldos. Durante todo el trayecto venía preguntándose sobre sí mismo, sobre el sentido de su vida y, acostumbrado como estaba a meditar, el ritmo cansino de la conducción y el paisaje desértico propiciaron que fuera adentrándose en su yo más íntimo librándose de su propia impostura como quien quita una a una las capas de una cebolla. Y entonces, unos ventrudos cúmulos, algo ajironados por el viento de poniente rápidamente y de forma contraria a toda lógica compusieron una inequívoca silueta. Elvis comprendió enseguida que era la respuesta del cielo a su pregunta y se asustó. Detuvo el coche, salió y se arrodilló sobre el ardiente asfalto. “Oh, Dios mío, apiádate de mí. Dime que no es posible lo que estoy viendo. Si esto es lo que piensas de mí, no quiero seguir viviendo, lánzame un rayo y párteme en dos aquí mismo, Señor, te lo imploro” –dijo, y empezó a llorar. Desde luego, motivos no le faltaban, porque ¿sabéis de quién era la silueta que habían formado las nubes? No lo adivinaríais nunca. De Stalin. Sí, hermanos, imaginad su dolor: Elvis, arrodillado en el asfalto y llorando a lágrima viva. Pero a pesar de esa horrorosa visión su corazón latía con fuerza por amor a Dios, y cuando hizo acopio de fuerzas para enfrentarse de nuevo a aquello, la cara de Stalin se había transformado en la de Jesús, que le miraba sonriente. ¡Gracias, Dios mío, gracias! ¡Aleluya, hermanos, aleluya! Cantad conmigo:
                Give me understanding, Lord,
                That I might follow.
                Teach me from Your Word
                So that my heart be true.
                Guide me in the path of
                Righteosness,
                O father!
                Turn my heart to You.
                Turn my heart to You! […]                                       
            Gracias, hermanos, gracias, vuestro fervor me reconforta. Es ese mismo fervor, unido a la devoción que sentimos hacia Elvis, lo que me ha hecho organizar la travesía del desierto, desde Las Vegas a Phoenix, en recuerdo de ese hito en la vida del Rey cuya auténtica dimensión aún no os he explicado, pero que ya os voy a explicar, porque leo la curiosidad en vuestras miradas. En efecto, hermanos: Give me understanding, Lord / that I might follow. Que todos podamos seguir su ejemplo. ¡Aleluya!
            Y Elvis vio a Jesús que le sonreía y permaneció allí, de rodillas, en medio de la carretera, rezando y dando gracias al Señor, hasta que la nube recuperó su forma original de nube, entonces se levantó y justo a sus pies descubrió la piel de una serpiente de cascabel. La cogió con cierta aprensión y caminó con ella hasta un retorcido enebro con forma de cruz en el que antes no había reparado y que se le ofrecía ahora como un santuario en medio del desierto. Allí dejó su ofrenda: la camisa de la serpiente y las botas que calzaba, que eran también de piel de serpiente, rezó de nuevo y permaneció allí, de rodillas, bastante tiempo, hasta que pasó por la carretera un camión cargado de bobinas de cable eléctrico y el conductor hizo sonar su bocina. Entonces Elvis, descalzo, y transformado ya para siempre, subió a su coche y continuó hasta Phoenix. Fue un viaje tan fecundo en el espíritu del Rey y en el nuestro, que aquello no fue un viaje sin más, sino una auténtica peregrinación, y es con ese ánimo religioso con el que hace cuatro años que lo vengo organizando. Y creedme cuando os digo que todo aquel que nos ha acompañado ha vivido una experiencia extraordinaria que me recuerda a la que vivieron los judíos que siguieron a Moisés en el desierto, porque, en efecto, hermanos, Elvis, a su manera, es para nosotros un Moisés, porque con su vida y con su música nos guía por este valle de lágrimas. Sin embargo, hay muchos que, cegados por su luz, no saben ver en su vida la magnífica lección que nos dejó, y admiran y copian y anhelan lo que ellos consideran sus señas de identidad, pero que en realidad sólo son los adornos del cofre que guarda el tesoro. Son gente cómoda que, como aquellos judíos cansados de esperar a Moisés le pidieron a Aarón que les fabricara un ídolo que les ayudara a seguir adelante, y Aarón les dijo traedme vuestro oro, ellos se lo llevaron, y con ese oro fabricó un becerro ante el cual se postraron y adoraron.
            En Elvis están esas dos dimensiones: la del Moisés guía de su pueblo y la del Aarón fabricante de falsos ídolos; no es casualidad que el nombre de Aarón esté en el segundo nombre del Rey. Aquella tarde, en el desierto de Arizona, cuando vio sucesivamente en la nube los rostros de Stalin y de Jesús, Elvis se enfrentó a su doble dimensión y comprendió lo que siempre había intuido, que él tenía una misión que cumplir. Ese día, hermanos, en un punto del desierto entre Las Vegas y Phoenix se cruzaron el camino angosto que transita Jesús y el camino ancho que siguen los impíos. Elvis eligió el primero, bebió su cáliz, apuró su vida, nos dejó su ejemplo... a quien supiera ver y a quien quisiera oír. Pero hoy la gente camina torcido y sólo oye a su vanidad, por todos los rincones se levantan becerros de oro y ya casi nadie entiende. Por eso, hermanos, os traigo la Palabra y os traigo también el testimonio de quienes la han escuchado. Puede que el faraón, Moisés, Aarón..., el Libro del Éxodo entero nos quede muy atrás en el tiempo, sin embargo su lección está bien viva en la vida que vivió Elvis para nosotros. Cuanto más abundo en ella, hermanos, y cuanto más la conozco, más convencido estoy de que en ella están reescritos algunos de los capítulos más importantes de la Sagrada Biblia. Y son tantos los indicios, las señales y hasta las evidencias, que hasta los más lerdos tendrán que aceptarlo". 

domingo, 25 de abril de 2010

Elvis y Stalin (1)

ELVIS Y STALIN
(de Siberia a Arizona)
         El 20 de enero de 1936 Stalin asistía a la representación de la ópera "Lady Macbeth de Mtsenk", de Shostakovich, cuando de repente, sin previo aviso, apenas iniciado el tercer acto, se levantó bruscamente y abandonó el teatro. A partir de ese momento la tensión se incrementó entre los asistentes, entre los que empezó a cundir el miedo a ser ellos mismos los que emprendieran el viaje purgatorio a Siberia que sufrían los protagonistas. Los cantantes temían que alguna nota interpretada de un modo poco bolchevique les hubiera convertido en enemigos del pueblo. El director, los tramoyistas, el técnico de iluminación, el camarada tapicero, los médicos de Stalin, sus cocineros..., todos tenían motivos para angustiarse aquella noche; no en vano varios millones de compatriotas ya les habían precedido en la demostración de que de la sospecha al Gulag había sólo una línea recta que nacía en la punta del dedo del gran padrecito. Quizás el único que se libraba era quien más motivo hubiera tenido para temerlo: Nikolai Semionóvich Leskov, el autor del relato en el que se basaba la ópera: una historia de pasión hasta la locura que acaba en Siberia.
            Katerina es la esposa de un comerciante que la dobla en edad y que se pasa el tiempo viajando. Su vida discurre plácida y aburrida hasta que conoce a un criado juerguista y machote del que se enamora. Una noche el suegro le descubre cuando aquél salía de la alcoba de Katerina; entonces le encierra en un granero y le balda a latigazos.  Cuando se entera su amante, le sirve al suegro un platito de setas adobadas con raticida. Luego aparece un gato bigotudo en plan Pepito Grillo fantasmal para echarle en cara su crimen, pero los remordimientos que despierta en ella no mellan un ápice su pasión por Serguei ni impiden que asesine, con la ayuda de éste, a su marido. Hasta que les descubren y les envían a Siberia aún falta otro crimen, pero eso Stalin ya no tuvo paciencia para verlo, y eso que Shostakovich había arreglado el relato para que las simpatías del espectador estuvieran del lado de Katerina, subrayando el despotismo del suegro y la impotencia del marido. Su propósito, que era componer una trilogía de óperas sobre el papel de la mujer antes, durante y después de la Revolución, sólo duró hasta el día siguiente de esa función en Moscú. Durante 26 años “Lady Macbeth de Mtsenk” no volvió a representarse, y  Laskov, ya digo, no tuvo nada que temer: hacía 41 años que estaba muerto.
            Se ha especulado mucho sobre el abandono intempestivo de aquella ópera por parte de Stalin. La explicación que me parece más lógica se refiere al envenenamiento del suegro, Boris Timofeich Izmailov, patriarca, dueño del negocio familiar y tirano, un personaje en el que en aquel contexto del inicio de la época del Terror secretamente muchos podían identificar con Stalin . Y, entre éstos, al que peor podía sentarle esta identificación era al propio padrecito, a quien doy por sentado que la ópera le arruinó la digestión de la cena y el sueño. Un hombre como él, que había creado un laboratorio en la NKVD –el número uno- para la investigación de venenos destinados a los enemigos del pueblo; que desconfiaba de sus médicos personales, hasta el punto de haber enviado a Siberia a unos cuantos; y que escribía las recetas para los farmacéuticos con nombre falso para evitar riesgos de envenenamiento, no podía interpretar más que como un signo de mal agüero aquella ración de setas con matarratas. Esta lógica resultaba, no obstante, inconfesable, pues el temor podía interpretarse como debilidad, cuando en su caso se trataba de una anticipación y de un castigo tan perfectos, que eran previos no sólo al delito, sino a la intención del criminal de cometerlo. Por eso, el diario “Pravda” –“verdad” en ruso- se despachó al día siguiente con una crítica titulada “Embrollo en vez de música”, en la que se leía: “La capacidad de la música de cautivar a las masas ha sido sacrificada en el altar del formalismo pequeño-burgués. En su lugar,  abstrusismo. Estos juegos sólo pueden acabar mal.” Y calificaba la ópera como un  “concierto de aullidos”.
            Muy en consonancia con este último juicio está la consideración hacia el rock en general y hacia Elvis en particular por parte de las autoridades soviéticas –una consideración curiosamente compartida por los sectores más conservadores en los EEUU de finales de los 50 y de los 60-. Hasta Gorbachov los seguidores del Rey tenían que vivir su pasión en la clandestinidad. En el campo de la elvisología uno de los hitos que suscitó la Perestroika fue la visita de un devoto ruso de Elvis, Kolya Vasin, a Graceland, gracias al “Proyecto Presleynost”, auspiciado por una tía de Elvis. Pero, sin duda, el punto de unión más evidente entre Elvis y Stalin, ése sobre el que te habrás interrogado al leer el título de este artículo, está en la visión que tuvo el primero en el desierto de Arizona cuando circulaba a bordo de su Cadillac, desde Las Vegas a Phoenix: entre unos cúmulos que inesperadamente cubrieron el horizonte se le apareció –no te rías- la inequívoca figura de Stalin. Elvis detuvo el coche, se bajó y se arrodilló sobre el ardiente asfalto. Lo que pasó entonces, la verdad de esta historia, que no es apócrifa, aunque lo parezca, lo contaré la próxima semana.