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domingo, 16 de octubre de 2016

"El delirio blanco"


El otro día mi amigo Joaquín Huguet, bibliotecario de Gotham, me obsequió un libro de una limpieza y frescura sorprendentes: "El delirio blanco". Ustedes no han visto nunca al Gran Bibliotecario y, claro, no saben de sus melenas ni de sus gabanes, ni de sus pañuelos de seda ni de su bastón con pomo dorado que representa una quimera, ni de sus guantes de vitela con que trata sus incunables..., y, lo siento, hay que decirlo: con los que empuña ese mismo bastón y rompe crismas de yeso de escritores, filósofos, políticos y glorias de la patria. Esos mismos guantes, sí, de los que desnuda sus manos ebúrneas cuando blande la estilográfica para redactar unas novelas que son maquinaciones perversas que deberían figurar en cualquier lista de libros prohibidos que se precie. Ustedes no lo conocen, pero yo sí, y tomo cafés y copas de coñac con él; y en mi calidad de entomólogo aficionado le hablo de las larvas de los bibliófagos, que se comen el papel de sus libros antiguos, las hijas de puta, y del Lepisma saccharina, la muy lucífuga, que tan pronto se merienda un párrafo de Galdós, pongamos por caso, como le da por uno de Valle-Inclán, oiga, y discutimos la posibilidad de amaestrar estas criaturas para que excaven sus galerías solo en determinados libros, lo cual sería un servicio público de padre y muy señor mío.  Por esos cafés y por esas conversaciones me tiene aprecio y a veces me obsequia ejemplares selectos de su Biblioteca. Así, en mi sección de "libros regalados barra prestados por el G.B. de la B.G." figuran, por ejemplo, un tratado de mesmerismo de principios del siglo pasado, una recopilación de viajes utópicos del XIX, "Los trabajadores del mar", de Víctor Hugo, unos relatos inquietantes de Vicente Marco ("Los que llegan por la noche"), y ahora este limpio y fresco "El delirio blanco", del polaco Jacek Hugo-Bader, de quien no sabía más que lo que figura en la contraportada:     

"Jacek Hugo-Bader (1957) es polaco, escritor y reportero del principal diario de Polonia, Gazeta Wyborcza. Ha trabajado como profesor, cargando camiones, pesando cerdos y como consejero matrimonial. Actualmente vive en Varsovia".

      Y lo que él mismo nos cuenta acerca de su propia escritura en este vídeo:



En la página web de la editorial aparece el texto promocional que les copio en párrafo aparte y que me ahorra el engorroso trámite de resumirles la obra. 
En 1957, dos periodistas soviéticos recibieron el encargo de escribir un Reportaje desde el siglo XXI: debían narrar cómo sería la URSS del futuro, cincuenta años más tarde. La imaginaron como un paraíso libre de enfermedades, del frío y de la oscuridad de la noche, con automóviles voladores surcando el cielo y campos sembrados de hortalizas gigantes.

Medio siglo después, en 2007, el periodista polaco Jacek Hugo-Bader decidió recorrer los restos de la ex Unión Soviética para comprobar qué había sobrevivido de aquel sueño utópico. El delirio blanco es el relato descarnado de este viaje —desde Moscú hasta Vladivostok— en el que Bader descubre un continente oculto lleno de historias asombrosas: los últimos viejos hippies de la URSS, la juventud rusa viciada por el sida y las drogas, la desaparición de los pueblos nómadas de la taiga y hasta una comunidad regentada por la rencarnación de Jesucristo.

En su odisea helada a bordo de un viejo 4×4, Bader conocerá chamanes, mafias motoristas, montañas radiactivas, policías corruptos e incluso a Mikhail Kalashnikov, el esquivo diseñador del mortífero AK-47. El delirio blanco es un retrato insólito de una tierra vastísima e inclemente en la que el frío, el vodka y la locura se han apoderado de todo.
      De todo eso, y aun reconociendo el mérito literario que tiene el hecho de que el hombre se haya dedicado al oficio de tasador de gorrinos, lo que me incitó a saltar el orden de la ingente lista de libros pendientes que se me acumula amenazadoramente fue la convergencia de dos palabras en el primer capítulo, que leí a modo de cata con la esperanza secreta e incumplida de que mereciera la etiqueta perpetua de "libro pendiente". Pero ahí estaban esas dos palabras, "Siberia" y "viaje", que desde hace mucho ejercen sobre mí una fascinación irrenunciable, sobre las cuales giraba un primer capítulo perfecto. Supongo que en algún momento de su vida usted habrá leído un ejemplar de la "guía del trotamundo" o de la "Lonely planet", dos biblias del mochilero. Ahora imagine que la guía de su destino preferido, ese que ha ido aplazando porque no era el momento todavía y tal y cual, en vez de redactada por un especialista en saldos, discípulo aventajado de  MacGyver,  la escribe alguien que no solo no lleva su pasión por el regateo y lo barato a su propia escritura, sino que le ofrece su relato con inteligencia, generosidad y estilo. Pues ahí lo tiene: "El delirio blanco", a pesar de la estupidez con que la propia editorial ha querido promocionarlo:  Como "Mad Max", pero en la estepa", una cita del periódico "The Independent" que confirma que las fajas, las contraportadas y las solapas son también escenarios de la imbecilidad global. Es verdad que hay coches,  violencia y viajes, pero afortunadamente es mucho más lo que nos ofrece esa obra. Primero por lo desaforado de la distancia: un viaje en solitario de cabo a rabo del país más extenso del mundo vale ya desde su planteamiento como la promesa de un gran relato; y luego por la mirada (y el oído) del viajero, que acierta a calar en lo profundo de las gentes con las que se encuentra. Por eso el libro tiene un ritmo mucho más sosegado que el que se suele encontrar en los libros de viajes. No hay prisa alguna. El destino final está siempre desdibujado, como una promesa vaga que no se tiene demasiado en cuenta.  En realidad, el relato más interesante y de mayor mérito literario de todos los que entrarían en ese género tan querido de la literatura nómada es el primero de todos, ese donde se me conjuran las palabras "Siberia" y "viaje", que en contra de toda apariencia es un relato sobre la falta de movimiento, como aquel de Conrad, "La línea de sombra". Aquí les dejo una muestra:

  
      Siempre dejo el coche con el capó de cara al viento, por si acaso. Si sopla de otro lado, los gases del tubo de escape pueden colarse dentro del vehículo.
     Mantengo el motor al ralentí para calentar el coche. Sin gasolina no se va a quedar: solo consume un litro por hora y siempre llevo por lo menos medio depósito.
     Esa es la regla sagrada si viajas en invierno por Siberia: ir repostando para no bajar nunca de medio depósito. Aun así, antes de irme a dormir apago siempre el motor. Demasiado arriesgado. Como al viento le dé por cambiar de dirección durante la noche, ya no me despierto. Me pongo una alarma del teléfono. Cada dos horas me levanto y dejo el coche al ralentí entre diez y quince minutos. El interior del vehículo ni siquiera se calienta, solo el motor y el cárter. Y se carga un poco la batería. A treinta grados bajo cero, es obligatorio hacer todas estas maniobras si quieres que el vehículo arranque a la mañana siguiente, porque el aceite se queda denso como la plastilina [...]
     Pero supongamos que el móvil se queda sin batería y que no me despierto hasta llegada la mañana. Hay que encender una hoguera. Por supuesto, nadie en su sano juicio viaja a Siberia sin un hacha. Así que cortas algo de leña, la colocas, pero entonces te das cuenta de que es imposible que prenda, ni siquiera con gasolina, porque hace un frío y un viento espantosos, y está todo cubierto de nieve. Por eso llevo conmigo un bidón con una mezcla de gasolina y aceite de motor en proporciones de uno a uno. Hasta la leña mojada prende si le echas eso encima.
     Pero supongamos que me quedo tirado más allá del lago Baikal, en la estepa y no en la taiga. No hay leña. Pero yo me he traído. Desde Europa hasta Siberia llevo una caja. Y no es para calentarme las manos, claro. Hay que poner la hoguera en una pala (tan imprescindible como el hacha) y colocarla debajo del coche para calentar el motor, sobre todo el cárter. Esto también se puede hacer con un soplete [...]
     Pero supongamos que el frío es salvaje y que nos hemos dormido y que la batería se ha muerto. Llevo otra. En la cabina, donde hace mucho más calor. No tengo ni siquiera que instalarla, va conectada a la primera por unos cables. Solo tengo que darle al interruptor.
     Pero supongamos que el motor con el que me caliento se ha roto. Hay que sobrevivir hasta la mañana siguiente. Hay un proverbio siberiano que dice que ni a tu peor enemigo lo dejarías abandonado en la taiga, pero eso no se cumple cuando vas conduciendo y cae la noche. El tráfico es mucho menor, aunque no llega a interrumpirse, y no hay fuerza en el mundo capaz de obligar a un conductor ruso a detenerse después de la puesta de sol: tienen miedo a los asaltantes.

 (Editorial DIOPTRÍAS, páginas 12 y 13. Traducción de Ernesto Rubio y Marta Styk)

     Si tuviera que buscar algunos referentes los que primero se me ocurren son "La vieja Rusia de Gorbachov", de Félix Bayón, o "En Siberia", de Colin Thubron,
 pero la geografía o la historia apenas llenan unas pocas páginas de "El delirio blanco"; me vienen al pensamiento entonces un paisaje de Iliá Repin y un relato de Chéjov. Porque, en definitiva, entre la variedad de temas y de tonos, lo que me conquistó en la lectura y lo que perdurará de su recuerdo es el vislumbre de eso tan intangible que los rusos llaman la "ruskaia dushá", el alma rusa.
     Por supuesto no pretendo explicarles qué es; mi vocación didáctica no pasa del viernes, y, además, aunque quisiera, no sabría. En su lugar ustedes me agradecerán que les copie aquí unas líneas del capítulo titulado "Hace mucho":


     -Yo era una niña normal, pero no hacía otra cosa que jugar con los vientos. Son muy buenos, muy alegres. Me pasaba todo el tiempo con ellos, ellos me formaron. En mi aldea, los leñadores salían a trabajar a la taiga, iban al bosque y los vientos sabían siempre dónde iban, corrían alrededor de ellos como si fuesen perros y me lo contaban todo. Un día, iban a ir al bosque con un tractor, pero los malos vientos ya se habían subido al volante y yo tuve una visión, así que voy corriendo, llorando y gritando, me lanzo debajo del vehículo para que no vayan, porque ya no volverán. ¡No vayáis con los malos vientos! Mi madre vino y se me llevó. Me gritó que esas cosas no se pueden decir. Se fueron a la taiga, el tractor se despeñó por un barranco y murieron cinco hombres. Yo iba siempre con los vientos, pero el resto de la gente no los veía. Fueron ellos los que me contaron todo durante mi visión.
     -¿Y qué pasó después?
     -Me llevaron a un psiquiátrico. Los doctores dijeron que tenía epilepsia y esquizofrenia.
     -Lo llamáis la enfermedad chamánica.
     -Sí, me pasé casi treinta años viviendo entre los hospitales y las montañas, yo sola, cerca de mi árbol chamánico.
         (páginas 232-233)
  
     El árbol chamánico y un psiquiátrico: el oxímoron en Rusia es más un recurso descriptivo que una figura poética. Cualquier periodista con menos talento que Hugo-Bader hubiera dejado ahí la historia, contento de la inmensa capacidad evocadora de esas imágenes contrapuestas, satisfecho de los excesos espirituales de sus protagonistas y de sus demonios, dignos hijos del linaje de Dostoyevski. Pero este hombre conoce muy bien Rusia, su lengua y sus gentes; y sabe que al lado de un místico duerme un bandido. Y si no al lado, en el piso de arriba, o en la casa de la esquina. Por eso busca, inquiere, pregunta, escucha y encuentra. Y por eso nos descubre el otro lado de los excesos espirituales: la corrupción en las clínicas de desintoxicación, las mordidas a la policía en los supermercados de la droga, los chanchullos en el gulag, el mangoneo de los directores de los orfanatos a costa de las ONG... Indecencias e indignidades presentadas como los diferentes círculos de un infierno post-soviético. Y junto a ello, como última parada en este viaje hacia el infierno, el absurdo y la devastación enorme que el alcohol produce más allá del río Obi, en la población indígena de origen no eslavo.   



     Es tremendo. Es un holocausto. Encima caen los más jóvenes, los que deberían tener más perspectivas. Principalmente son hombres. Mueren de formas espantosas. Beben y se pegan un tiro, se ahorcan, se tumban en las vías del tren. Es una epidemia de suicidios. Y de asesinatos. Se caen por la borda, se pegan fuego, se mueren de frío o simplemente de tanto beber.
     -Entonces el vodka está presente en todas las muertes.
     -Sí, no es ningún misterio que las naciones indígenas del norte tienen una predisposición genética al alcoholismo. Es inevitable. llevamos miles de años viviendo en unas tierras donde las condiciones son tan severas que apenas crece casi nada. Nos alimentamos de carne, lácteos y pescado. En el proceso evolutivo hemos desarrollado un metabolismo basado en las proteínas y las grasas. Tú, como todos los indoeuropeos, tienes un metabolismo basado en las proteínas y los hidratos de carbono, porque durante cientos, miles de años, tus antepasados se alimentaban principalmente de plantas.
     -¿Y eso qué tiene que ver con el vodka?
    -Que todos los alcoholes provienen de los cereales, las patatas o las frutas. Para que el organismo los procese y los deshaga es necesaria una determinada enzima que tú tienes en abundancia pero de la que yo carezco, porque mi metabolismo es distinto. Es una cuestión fisiológica.
     -¿Qué pasa entonces cuando echas un trago?
     -Mi organismo no metaboliza el alcohol, es como si fuese un veneno: apenas lo ataca, así que el vodka hace lo que le viene en gana, principalmente en el sistema nervioso, en el cerebro.
(página 272)
     Este fragmento es parte de un diálogo de Hugo-Bader con la doctora Lubov Passar, narcóloga y psiquiatra udegue de Siberia Oriental, que aparece en el penúltimo capítulo: "La chamana de los borrachos". Ella es la encargada de guiarnos por el último círculo del infierno como Virgilio a Dante. Después solo queda Vladivostok, y de ahí Hugo-Bader ya se vuelve a casa; y nosotros cerramos el libro con la sensación de haber hecho un descubrimiento que alterará para siempre los recuerdos siberianos de lecturas adolescentes.   

Que mi corazón, alternativamente,

ardía como el templo de Efeso o como la Plaza Roja de Moscú                 

Cuando se pone el sol.

Y mis ojos iluminaban antiguos senderos.

Y yo era tan mal poeta

Que no sabía llegar hasta el fondo de las cosas

(Blaise Cendrars: "La prosa del Transiberiano y de la pequeña Juana de Francia")


lunes, 4 de enero de 2016

Antijudaísmo y holocausto (2): "Vida y destino"

     La magnitud de "Vida y destino" es tanta, que soporta sin sonrojo los elogios que le han dedicado sus editores, los críticos, escritores y tutti quanti del mundo literario: la novela del siglo XX, la "Guerra y paz" de la II Guerra Mundial, uno de los más deslumbrantes milagros literarios, etcétera. Lo cierto es que a pesar de sus mil cien páginas alcanzó a entrar en la lista de los más vendidos en el año de su edición, el 2007, abriendo de paso el resto de la producción literaria de Grossman al mercado editorial español. Y lo cierto también es que sus muchos méritos, ya tan glosados, acaso han orillado un tema esencial en la novela, la cuestión identitaria judía. 
       En el capítulo XVIII de la Primera Parte se recoge en estilo directo la carta que Anna Semiónovna, la madre de Víktor Shtrum -el principal protagonista-, escribe a su hijo desde el gueto de Kúibishev, cuando ya barrunta su destino. Dice: "Aquella misma mañana me recordaron lo que había logrado olvidar durante los años de régimen soviético: que yo era judía. Los alemanes pasaban en sus camiones y gritaban: Juden kaputt!
     Y los vecinos también me lo recordaron más tarde". 

     Los Shtrum son una familia culta, preocupada por los avatares políticos de su país, amante de la música y de la literatura, conocedores de lo mejor de la cultura europea de su época, una familia que piensa y se expresa en ruso, que se siente orgullosa de la riqueza de esa lengua..., y que además, pero solo además, es judía. Sin embargo esa condición, convertida por los nazis en crimen, y por los soviéticos en sospecha de desafección burguesa al régimen, se transforma en el yugo que los une en la humillación y en el dolor.

      "Yo nunca me he sentido judía; de niña crecí rodeada de amigas rusas, mis poetas preferidos eran Pushkin y Nekrásov, y la obra de teatro con la que lloré junto a todo el auditorio de la sala, en el Congreso de Médicos Rurales, fue Tío Vania, la producción de Stanislavski. Una vez, Vitenka, cuando era una chiquilla de catorce años, mi familia se disponía a emigrar a América del Sur. Yo le dije a papá: No abandonaré Rusia, antes preferiría ahogarme. Y no me fui.
       Y ahora, en estos días terribles, mi corazón se colma de ternura maternal hacia el pueblo judío. Nunca antes había conocido ese amor. Me recuerda al amor que te tengo a ti, mi querido hijo".

     Esas breves líneas sintetizan no solo el sentir de Anna Semiónova -trasunto inequívoco de la madre de Valeri Grossman-, sino el de aquellos muchísimos judíos a los que se les suele definir como "asimilados", y entre los que se halla dentro de la novela el propio Shtrum, de quien en el siguiente capítulo leemos las reflexiones que le despierta la lectura de aquella carta, encabezadas por estas palabras:

     "Nunca, antes de la guerra, Shtrum había pensado en el hecho de que era judío, de que su madre era judía. Nunca su madre le había hablado de ello, ni cuando era niño, ni en sus años de formación. Nunca durante la época de estudiante en la Universidad de Moscú, ningún estudiante, ningún profesor, ningún director de seminario le había sacado el tema".

     Es precisamente esa consideración irrelevante de su condición de judío en el mundo académico la que le extraña e indigna cuando su compañera en el laboratorio de física de Kazán le protesta entre sollozos porque "solo han suprimido de la lista al personal judío" cuando se organiza el retorno a Moscú.

     "-Pero qué cosas dice, querida. ¡Ha perdido el juicio! Gracias a Dios no vivimos en la Rusia de los zares. ¿A qué viene ese complejo de inferioridad de judío de shtetl? ¡Quítese de la cabeza esas tonterías!"

         Y sin embargo es en ese momento de la novela cuando Shtrum pasa del asombro al conocimiento, y de este al dolor y a la angustia. Antes de que empiece a sufrir él mismo la discriminación que le anuncia su colega, es Karímov, un amigo de Kazán, traductor, quien le relata el testimonio de un teniente del ejército que logró fugarse de un campo de prisioneros nazi.

     "-Vio cómo se llevaban a una familia judía, una vieja y dos chicas, para ser fusiladas.
     -¡Dios mío! -exclamó Shtrum.
     -Sí, además oyó hablar de unos campos en Polonia adonde transportan a los judíos; los matan y luego descuartizan sus cuerpos como en un matadero. Pero estoy seguro de que no son más que fantasías. Me he informado en especial sobre los judíos porque sabía que le interesaría.
     ¿Por qué solo a mí -pensó Shtrum-. ¿Acaso no interesan también a los demás?
     Karimov se quedó absorto un instante y luego dijo:
     -Ah, sí, lo olvidaba; me ha contado que los alemanes ordenan llevar a la Kommandantur a los bebés judíos, a los que untan los labios con un compuesto incoloro que los hace morir al instante.
     -¿Bebés? -repitió Shtrum.
     -Creo que es una invención, como la historia de los campos donde descuartizan cadáveres."

      Vasili Grossman sufrió como tantos otros un proceso doloroso en el que el desconocimiento, la incertidumbre y el miedo fueron dando paso al descubrimiento, al asombro y al horror. En su caso, además, no fue un descubrimiento pasivo, sino que fue él, como periodista del diario "Estrella Roja", acompañando a la vanguardia del ejército soviético, quien se convierte en testigo directo de la barbarie nazi, y no solo en los campos de exterminio, sino en ciudades, en pueblos, aldeas, bosques. Y entonces escribe y levanta acta. En el libro de Antony Beevor y Luba Vinogradova "Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945", del que hablé aquí recientemente, se da cuenta muy bien de ese proceso. En "Vida y destino", sin embargo, la posición de Shtrum es en cierto modo la del lector de aquellos diarios, la de quien padece la guerra muy lejos del frente, pendiente de la radio, de los periódicos, de una carta o de una llamada de teléfono. Pero del exterminio apenas sabe lo que le cuenta Karímov. Fue después de la victoria de Stalingrado y de la contraofensiva soviética cuando aquellos como Shtrum empezaron a descubrirlo, aunque fuera ya del marco cronológico que abarca la novela. Grossman establece deliberadamente un contraste entre esa ignorancia de su personaje y el conocimiento real que transmite al lector a través de varias de las tramas que urde en torno, principalmente, a algunos de los familiares de la esposa de Shtrum, Liudmila Nikoláyevna Sháposhnikova. A lo cual hay que añadir de modo destacado, y fuera del círculo familiar de los Sháposhnikov, los capítulos 29 y 30 de la segunda parte. En el primero incluye una detallada explicación técnica de la ingeniería y la arquitectura diseñadas para el asesinato masivo de judío.

     "Aquel edificio reunía los principios de la turbina, del matadero y de la incineración. Lo más difícil había sido la manera de integrar todos aquellos factores en una sencilla solución arquitectónica".

     Y en el segundo, aparece explícita la idea de "nación judía" como resultado de un destino común en el holocausto.

     "En Budapest, en Fástov, en Viena, en Melitópol, en Amsterdam, en palacetes de relucientes ventanas acristaladas, en casuchas envueltas en el humo de las fábricas vivían personas que pertenecían a la nación judía.
     Las alambradas del campo, los muros de las cámaras de gas, la arcilla de un foso antitanque unían ahora a millones de personas de edades, profesiones y lenguas diferentes, con intereses materiales y espirituales dispares, creyentes fanáticos y fanáticos ateos, trabajadores, parásitos, médicos y comerciantes, sabios e idiotas, ladrones, idealistas, contempladores, buenos, santos y crápulas. Todos estaban destinados al exterminio".       

     Es la unión por el dolor, por la persecución, por el hostigamiento y por el asesinato. En las primeras páginas de "Sin destino" Imre Kertesz habla de lo mismo cuando pone en boca del protagonista la afirmación de que solo tuvo conciencia de que era judío cuando su vida de niño empezó a verse afectada por prohibiciones y leyes destinadas solo a los judíos. Es el antisemitismo, del que Grossman desarrolla narrativamente algunas de sus múltiples variantes: el de los soldados nazis que cumplen con celo órdenes de humillación y asesinato, el de los oficiales que las dictan, el de los responsables de los campos de exterminio, el de los capos... Pero también el de algunos oficiales y soldados soviéticos, el de los propios amigos, el de los vecinos o el de los colegas de profesión. El capítulo 32 de la segunda parte constituye en cierto modo un colofón digresivo  que por desgracia aún mantiene su vigencia, y no ya como análisis histórico, sino como denuncia de un pensamiento -de una falta de pensamiento, mejor. 

     "El antisemitismo se manifiesta de modos diversos, desde el desprecio burlesco hasta los sangrientos progromos.
     Puede asumir diferentes aspectos: ideológico, interior, oculto, histórico, cotidiano, fisiológico, y son varias sus formas: individual, social, estatal.
     El antisemitismo se encuentra en el mercado y en las sesiones del presídium de la Academia de las Ciencias, en el alma de un hombre viejo y en los juegos infantiles. Sin perder un ápice de su fuerza, el antisemitismo ha pasado de la época de las lámparas de aceite, los barcos de vela y las ruecas a la época de los motores de reacción, las pilas atómicas y las máquinas electrónicas.
     El antisemitismo nunca es un fin, siempre es un medio; es un criterio para medir contradicciones que no tienen salida.
     El antisemitismo es un espejo donde se reflejan los defectos de los individuos, de las estructuras sociales y de los sistemas estatales. Dime de qué acusas a un judío y te diré de qué eres culpable [...]
     Una parte de la minoría judía se asimila, se confunde en la población autóctona del país, mientras una amplia base popular conserva su religión, su lengua y sus costumbres. El antisemitismo toma como regla acusar sistemáticamente a los judíos asimilados de perseguir oscuras aspiraciones nacionalistas y religiosas, mientras que los judíos no asimilados, artesanos y trabajadores manuales en su mayoría, son acusados de las actividades de aquellos que han tomado parte en la revolución, que dirigen la industria, que crean reactores atómicos, empresas y bancos.
     Cada uno de estos rasgos tomados por separado puede hacer referencia a cualquier otra minoría nacional, pero solo los judíos han aglutinado en sí todos ellos".  
     Y esta complejidad tiene su desarrollo literario en "Vida y destino" más allá de esa brillante digresión que refiero en la urdimbre narrativa de múltiples tramas interrelacionadas por las conexiones familiares de algunos de sus protagonistas: los científicos de Kazán (de vuelta luego en Moscú), los soldados prisioneros en el campo de concentración alemán, los prisioneros del campo de trabajo ruso, los soldados soviéticos en Stalingrado...
     Del capítulo 45 al 49 de la segunda parte Grossman narra el destino de Sofía, una médico militar, y un grupo de judíos, desde que descienden del vagón del tren hasta que son asesinados en la cámara de gas. Es un relato que pude leerse independientemente del resto y que transmite dolorosamente el horror del holocausto. Leída hoy, sesenta años después de que fuera escrita, resulta conocida. Es normal, pues se trata de una historia que fue vivida millones de veces. El niño que muere en brazos de Sofía se llama David, pero en realidad tiene miles de nombres. Yo oí este verano muchos de ellos, junto a sus apellidos, su lugar de procedencia y la edad que tenía cuando fueron asesinados. Fue en el Memorial de los Niños del Museo de Yad Vashem, en Jerusalén.   

    
 Es un lugar extremadamente triste que evoca un sinfín de vidas truncadas que apenas fueron; y es también una capilla donde honrar su recuerdo. Los arquitectos idearon una cúpula en la que las luces representan una metáfora visual de aquellas vidas. Testimonio de un mundo desaparecido, las estrellas de ese planisferio celeste me llevan a otras estrellas y a otras luces: las de los cuadros de Marc Chagall (Moishe Segal), en las que visionariamente fundidas en el cielo aparecen figuras representativas de aquellas comunidades judías del este de Europa, rescatadas así felizmente del olvido.
     Las novelas y relatos de Vasili Grossman, los cuadros de Chagall, los relatos de Babel, las novelas de Der Níster... al perpetuar su recuerdo a través del arte y la genialidad iluminan para siempre los nombres y el mundo de David.   


 
 

jueves, 27 de agosto de 2015

Vasili Grossman. Antijudaísmo y Holocausto.

Dedico este artículo a mis compañeros del seminario de Yad Vashem


A finales de julio de 1944 Vasili Grossman como corresponsal de guerra de Estrella Roja (Кра́сная звезда́) llegó, acompañando a las tropas de Primer Frente Bielorruso, hasta el noreste de Varsovia, al campo de exterminio de Treblinka, donde tuvo ocasión de comprobar por sí mismo y por los testimonios de los escasos supervivientes y de los campesinos polacos de la zona uno de los mayores hitos en la historia de la barbarie y crueldad humanas. Sobre ello redactó un artículo titulado "El infierno de Treblinka" -publicado en la revista Знамя (Znamya)- que fue aportado como prueba acusatoria durante los juicios de Núremberg. Allí uno encuentra tanto la narración y denuncia de una serie de atrocidades hasta entonces inimaginables, como unas reflexiones sobre el exterminio que aún hoy sorprenden por una perspicacia que ni la inmediatez emocionada a los hechos que las motivaron ni los setenta y un años que han transcurrido desde entonces restan nada de su vigor y vigencia intelectuales.
     
     Si se hace infinitamente duro leer esto, el lector debe creerme que también es infinitamente duro escribirlo. Alguien puede preguntar: "¿Y por qué escribir sobre esto, por qué recordarlo?" Es el deber del escritor contar esa terrible verdad y el deber civil del lector es conocerla. Quien mirara hacia otro lado, quien cerrara los ojos sin querer saber nada insultaría la memoria de los muertos. Quien no conozca la verdad sobre los campos de exterminio no podrá entender con qué tipo de enemigo, con qué tipo de monstruo tuvo que mantener su combate mortal el Ejército Rojo.  
(tomo el texto del muy recomendable "Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945")

       En el contexto en el que escribe hay que tomar la referencia al ejército como una muestra de orgullo por su participación fundamental en la derrota del nazismo más que como una reivindicación de exclusividad soviética en ese evento. De hecho no hay certeza acerca de si ese colofón es de Grossman o de los censores. Es más, el problema mayor que tuvo con el NKVD de Beria (es decir, con una de las versiones más siniestras que ha existido nunca del "aparato del estado") es la sospecha que siempre recayó sobre él de "internacionalismo", un término que definía entonces un delito ideológico casi tan grave como el "trotskismo", y que, en el caso de Grossman, no le venía por su afán de extender la revolución más allá de lo que pronto se llamaría "el telón de acero", sino de la confluencia de su origen judío con su condición de escritor, agravada por su no militancia en el partido y por su renuencia temeraria a redactar panegíricos a Stalin, quien no es que anduviera corto de autoestima, pero siendo la personificación de todas las virtudes soviéticas, la desafección hacia él activaba los tendones del índice de su mano derecha en un gesto que apuntaba al norte y que auguraba al desafortunado un futuro próximo en el gulag.

     Grossman pudo eludir ese destino, menos por habilidad política que por el respeto que se había ganado entre el pueblo y en el ejército con sus crónicas de guerra y con su novela El pueblo inmortal (1942), que daba forma literaria a aquellas. No obstante, la circunstancia principal que le ahorró el viaje a Siberia fue el fallecimiento de Stalin en 1953. Un año antes su novela Por una causa justa, tras un arduo trabajo de adaptación -léase "autocensura"- y del adecentado de los censores profesionales, se publicó por entregas en la revista "Novy Mir". Se trataba de otra novela de tema bélico, centrada en la batalla de Stalingrado, y en la que ya estaba el germen de su obra maestra Vida y destino. En general tuvo una buena acogida, aunque a algunos se le indigestó, como a Borís Pasternak, que al poco de leerla sufrió un ataque al corazón del que culpó a Grossman. La prensa habló de una hazaña literaria tolstoyesca, y fue incluso seleccionada para el Premio Stalin, lo que no era nuevo para él, pues en 1940 fue nominada para el mismo galardón su Stepan Kolchuguin, un cumplido ejemplo de realismo social sobre un minero convertido en revolucionario. Por desgracia la novela no satisfizo el refinado gusto literario de Stalin, quien la tachó de la lista acusándola de "simpatías mencheviques", un cargo del todo inane y bastante socorrido entonces, aunque no tanto y mucho menos paranoico como por el que en el año 52, el mismo de la publicación de "Por una causa justa", se incoó a miembros del Comité judío antifascista. 
     Stalin, que era partícipe de un antijudaísmo de abolengo vagamente xenófobo más que racial, se había sentido muy contrariado cuando después de haber apoyado el reconocimiento de Israel por parte de la ONU vio que el nuevo estado se alineaba con los Estados Unidos. A partir de ese momento su intuición conspiranoica recayó sobre los judíos, de quien temía la formación de una quinta columna de "nacionalistas burgueses". Orlando Figes lo explica muy bien en su monumental Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin (The Whisperers):


      Sus temores se intensificaron como consecuencia de la llegada a Moscú de Golda Meier, en el otoño de 1948, en carácter de primera embajadora israelí en la Unión Soviética. Allí donde iba era recibida con aclamaciones por multitud de judíos soviéticos. En su visita a una sinagoga de Moscú, en el Yom Kipur (13 de octubre), miles de personas se concentraron en las calles, y muchos de ellos voceaban "Am Yisroel chai" ("¡El pueblo de Israel vive!"), una afirmación tradicional de renovación para todos los judíos del mundo, pero que era para Stalin un signo peligroso del "nacionalismo burgués judío" que subvertía la autoridad del Estado soviético. (op. cit., pág., 675)


enmarcada en el círculo, Golda Meir 

     Ya se comprenderá que las paranoias de Stalin no eran de orden especulativo, sino factual. Ejemplo de ello es el caso de Solomon Mijoels, director del Teatro Judío de Moscú y presidente del Comité Judío Internacional, asesinado por el nuevo método del atropello con camión. El devenir de otros miembros de ese mismo comité nos lo aclara Donald Rayfield en Stalin y los verdugos (Taurus, 2003). Según el historiador británico, algunos miembros fueron apaleados hasta la muerte; de los catorce que sobrevivieron a los interrogatorios y fueron llevados a juicio, a todos los condenaron a muerte menos a una. Y a eso cabría añadir que otro contingente fue destinado directamente al gulag.
     En cuanto a Grossman, que también pertenecía a esa organización, cuenta Anthony Beevor en el epílogo de la obra que he citado arriba que tanto él como Ilia Ehrenburg "fueron incluidos en la investigación en marzo de 1952, durante los preparativos para el juicio, pero finalmente quedaron descartados" (pág. 426). Por desgracia no aclara los motivos de esa inmunidad, pero acontecimientos posteriores de los que ahora hablaré permiten deducir que no se trataba ni de olvido ni perdón, sino de un uso político de la figura de ambos escritores.
     Muy poco después de la nominación de Por una causa justa para el Premio Stalin, un artículo de "Pravda" la atacó con saña acusando a Grossman de dos graves errores: no haber mencionado apenas a Stalin ni haber reconocido los méritos del partido comunista en la batalla de Stalingrado. La consecuencia inmediata fue un artículo del editor de "Novy Mir" en el que pedía disculpas por su torpeza al publicarla. En ese momento la posición de Grossman, a pesar del apoyo valiente de algún general que había conocido en la guerra, era bastante comprometida.
    
Stalin, acuciado por los temores inveterados de los sátrapas orientales a los envenenamientos, había dado en un nuevo disparate criminal: una conjura de los médicos del Kremlin (muchos de ellos judíos) para acabar con su vida y la de los principales dignatarios soviéticos. El 18 de octubre de ese año (1952) ordenó la detención y tortura de los médicos. Ronald Rayfield, de quien tomo la mayor parte de la información en este punto, documenta con detalle todo este proceso delirante.
     En el último discurso que pronunció Stalin, el 1 de diciembre, su paranoia, que iba en aumento, se concretó en la acusación a los judíos de ser agentes del servicio de inteligencia norteamericano, advirtiendo sobre una taimada forma de contrarrevolución practicada por los médicos judíos. Dos días más tarde, en Praga fueron asesinados por ahorcamiento catorce políticos (de los cuales la mayoría eran judíos) acusados de conspiración trotskista-titoísta-sionista con intento de magnicidio por métodos médicos. Y el mes siguiente "Pravda" publicó un artículo titulado "Asesinos de bata blanca", cuya primera consecuencia fue la detención de otros veintiocho médicos y nueve de sus cónyuges. En ese contexto -cito ahora textualmente a Rayfield- se preparó una carta para su publicación en "Pravda", y se les indicó a 60 destacados judíos que la firmasen: entre ellos al físico Landáu, al poeta Marshak, al novelista Vasili Grossman y al cineasta Mijaíl Romm. Los firmantes exigían la erradicación de "los nacionalismos judíos y burgueses" y de "los espías y enemigos del pueblo ruso".
     Por suerte para Grossman, para los otros firmantes, para los médicos, para los judíos, para los colaboradores más íntimos de Stalin y para el último de los ciudadanos soviéticos, el día 1 de marzo el dictador sufrió un ataque de apoplejía. Martin Amis relata así el momento en que sus ayudantes le encontraron tumbado sobre el suelo del comedor de su dacha de Moscú:
     Había mucho terror en sus ojos implorantes. Cuando quiso hablar, solo le salió "un zumbido": la pulga gigante, la chinche, reducida a un zumbido de insecto. Es indudable que había tenido tiempo para meditar una incómoda circunstancia: a todos los médicos del Kremlin los estaban torturando en la cárcel, y Vinográdov, su médico personal de muchos años, estaba, además (por insistencia del mismo Stalin), "con grilletes". ("Koba el temible". Anagrama, 2006)
      Stalin falleció el día 5 de marzo. Un día antes, Jrushov, que iba a ser su sucesor, anunció que nunca había existido el complot de los médicos, y ahí se terminaron las detenciones de judíos. Grossman reeditó ya en forma de libro un año más tarde "Por una causa justa", que fue alabada por la crítica; y, confiado en la nueva época que había inaugurado el XX Congreso del PCUS (1956), se centró en la redacción de su obra maestra, "Vida y destino", de la que la KGB le requisaría todos sus manuscritos y que nunca pudo ver publicada.
       La vastedad de esta novela, comparada tantas veces con "Guerra y paz", me obliga a aplazar para otro artículo mis comentarios en relación con el título de este. Dejo, pues, esta última obra y vuelvo la mirada hacia la primera de las suyas publicadas, el relato "La ciudad de Berdichev" (1934), del que Bulgákov dijo que se extrañaba de que se pudiera escribir cosas buenas aún en la Unión Soviética. 
    
antiguo cementerio judío de Berdichev. Año 1913.

     Berdichev, a unos 180 kilómetros al oeste de Kiev, fue llamada "la capital judía de Rusia". Allí nació Vasili Grossman el 12 de diciembre de 1905, y allí, catorce años más tarde, se produjo uno de los primeros pogromos de Ucrania. Cerca de ciento cincuenta mil judíos murieron durante la Revolución y la Guerra Civil.
     En el verano de 1943, después de las victorias en Stalingrado y Kurst, cuando ya había cambiado claramente el signo de la guerra y el Ejército Rojo recuperaba territorio tras territorio, Grossman, acompañando a la 75 División de Fusileros de la Guardia en su campaña de liberación de Ucrania, fue descubriendo el rastro del exterminio que los nazis habían dejado a su paso. En un artículo publicado en yidis en la revista del Comité Judío Antifascista, recogido en la obra de Beevor y Vinogradova a la que ya me he referido, escribió:

     No quedan judíos en Ucrania. En ningún sitio; ni en Poltava ni en Jarkov, ni en Kremenchug, ni en Borispol, ni en Iagotin. En ninguna de las ciudades, ni de los cientos de pueblos y miles de aldeas se verán los negros ojos llenos de lágrimas de una niña judía, ni la cara oscura de un bebé judío hambriento, ni se oirá la voz quejumbrosa de una anciana judía. Todo ha quedado en silencio. Todo un pueblo ha sido brutalmente exterminado. ("Un escritor en guerra", pág. 311)   

     En ese descubrimiento del horror, su llegada a Berdichev fue especialmente dolorosa. A Grossman le había mortificado no haberse llevado a su madre a Moscú cuando se produjo la invasión nazi.  Sin noticias de ella, la sospecha de su muerte era para él una llaga abierta de la que se culpaba; y ahora, en su ciudad, se le revelaba la verdad y toda la dimensión del exterminio: de sus 30.000 habitantes, casi todos habían sido asesinados. El artículo que escribió "El asesinato de los judíos de Berdichev" -cito de nuevo textualmente a Beevor- fue censurado por las autoridades soviéticas con el doble propósito de reducir la importancia de los judíos como víctimas y de ocultar la participación ucraniana en las atrocidades. (op. cit., pág. 317 y 318) 
    
Nonna Mordykova, protagonista de "La comisaria"
Aquel primer relato de Grossman, ambientado durante la Guerra Civil (1918-1921), estaba protagonizado por una comisaria política que llega con su regimiento a Berdichev en un estado muy avanzado de gestación y cuya primera diligencia apenas entra en la ciudad es la ejecución de un desertor. Una familia judía es obligada a darle asilo. A pesar de su inicial rechazo, la acogen amablemente, la cuidan y le proporcionan un entorno amable donde nace la criatura. Sin embargo, a los pocos días del parto, la comisaria siente con más fuerza su responsabilidad política que su maternidad y abandona al bebé con su familia adoptiva para unirse a sus soldados.   

     Esta oposición entre compromiso político y vida fue magistralmente desarrollada por Aleksandr Askoldov en "La comisaria" (1967), adaptación al cine del relato de Grossman, pero entonces, catorce años después de la muerte de Stalin, aún resultaba intolerable para Breznev y su gobierno la más que razonable identificación del conflicto entre deber político y vida con el de estalinismo frente a  judaísmo. En consecuencia, la película fue prohibida, y su director acusado de revisionista y expulsado del partido. Veinte años más tuvieron que pasar para que pudiera estrenarse. 
      La película está rodada en blanco y negro, y sus imágenes, de una enorme fuerza expresiva, combinando un realismo documental con unas escenas oníricas, consigue esa armonía entre lo épico y lo lírico que tanto caracteriza a la prosa de Grossman. Hay un momento de la película en el que Askoldov se aleja de la literalidad del relato y emociona al espectador de un modo sorprendente. No les cuento más, prefiero que lo vean:  


     La escena por sí sola merecería un estudio extenso. Esa combinación de lo presente -el temor de los niños por los cañonazos- con la llegada a un campo de concentración; el cambio cromático entre una y otra; la ilación narrativa subrayada por la música, la gestualidad del padre y la figura del violinista; los bruscos cambios de angulación en los que ese mismo violinista y Claudia, la comisaria, parecen interpelar directamente al espectador; las piernas de los presos del campo; el humo de los crematorios; todo ello nos habla al mismo tiempo de la densidad semántica de la escena y de su complejidad estética. Pero no voy a abundar en ello. La imagen de la comisaria, con su hijo en brazos, siguiendo a los judíos, camino de Chelmno, Sobibor, Auschwitz, Treblinka... me llevan a otro relato de Grossman en el que la expresión literaria del dolor y de la empatía constituyen de modo magistral un referente en la literatura del siglo XX. Se trata de "La Madonna Sixtina". En él Grossman cuenta en primera persona sus impresiones tras haber visitado en la primavera de 1955 ese magnífico lienzo de Rafael en el Museo Pushkin.


     Más tarde, mientras caminaba por la calle después de abandonar el museo, conmocionado hasta el desconcierto por lo novedoso y potente de la sensación, no hice siquiera el intento de salir de mi estado de perplejidad y aclararme las ideas.
     Aquella confusión de ánimo ni siquiera era comparable con la que había experimentado a los quince años mientras leía, con lágrimas de felicidad, "Guerra y paz", ni con la que se apoderaba de mí mientras escuchaba, en momentos especialmente aciagos de mi vida, la música de Beethoven. Entonces comprendí que la imagen de la joven madre con su hijo en brazos me hacía recordar no un libro o una música sino Treblinka...
     "Son estos mismos pinos, esta arena, este vetusto tocón los que vieron millones de ojos humanos desde los trenes que llegaban lentamente al andén... Entramos en el campo y caminamos por la tierra de Treblinka. Las vainas de lupino revientan al menor contacto, con un sonido suave... El sonido de los granos que caen y el de las vainas al reventar forman una prolongada melodía, plácida y triste. Es como si, desde las profundidades de la Tierra, llegara el doblar de unas pequeñas campanas, apenas audible, doloroso, vasto y reposado... Aquí están las camisas casi desintegradas de quienes han sido exterminados, sus zapatos, las pequeñas ruedas de sus relojes de mano, cortaplumas, candelabros, unos zapatos de niña con borlas de color rojo, ropa interior con encajes, una toalla con bordados al estilo ucraniano, vasijas, bidones, tazas de juguete hechas de plástico, cartas escritas  a lápiz por niños, libritos de poesía...
     Seguimos avanzando por la tierra oscilante, sin fondo, de Treblinka, y de pronto nos detenemos. Delante de nosotros yace, pisoteada, una mata de pelo de mujer -suave, fino, abundante, ondulado, de color cobrizo brillante- que habría pertenecido a una joven, y después, aquí y allá, más pelo: bucles rubios, pesadas trenzas negras sobre la arena clara [...]
     El recuerdo de Treblinka surgió desde el fondo de mi alma sin que ni siquiera me hubiese dado cuenta al principio.
      Fue ella la que anduvo con sus ligeros pies descalzos a través de la tierra oscilante de Treblinka, desde el muelle de descarga hasta la cámara de gas. La reconocí por la expresión de su rostro y de su mirada. Vi a su niño, cuyo gesto maravilloso y en absoluto infantil hizo que le recordara enseguida. Ese era el aspecto que presentaban las madres y sus pequeños en el momento de vislumbrar, sobre el fondo verde del bosque, los muros blancos de la cámara de gas de Treblinka. 
     
       (En "Eterno reposo y otras narraciones". Vasili Grossman. Galaxia Gutenberg, 2013. Pág. 104-106)







 


lunes, 27 de octubre de 2014

"LIMÓNOV"

Acabo de leer "Limónov", de Emmanuel Carrère, por recomendación de mi amigo David Montesinos, que vence mi natural desconfianza hacia los elogios hiperbólicos de la solapa, hacia las sentencias de relumbrón que se amontonan en la faja que envuelve el libro y al reclamo en la portada de los premios ganados, como medallas en la pechera del uniforme de gala de un oficial en edad provecta: parafernalia editorial que por lo común garantiza en el interior una literatura fungible, de temporada, que suele encontrar su mejor anuncio en la fórmula "la novela del año".
     Pues acabo de leerla, digo, y aunque no suscribo casi nada de las frases con que Anagrama quiere adornar su libro, he disfrutado con este "Limónov", basado en un escritor, político y activista soviético, disidente a tiempo parcial, exsoviético y nostálgico, ruso de origen ucraniano, proletario, aristocrático, excesivo y ascético como un santo laico, cuya peripecia vital, narrada con brillantez y de modo fragmentario por Carrère despierta en el lector una sucesión de sentimientos que van de la incredulidad a la antipatía, y de la lástima a la admiración, hasta desembocar al final de sus páginas en un estado desconcertante de perplejidad.
     Los aficionados a la cultura rusa estamos abonados al asombro desde nuestras primeras incursiones en su geografía o en el estudio de su lengua. Pero más allá de sus paisajes vastísimos, que aprendimos en "Miguel Strogoff" que se medían en verstas, y más allá también  de los desafíos de su gramática, el conocimiento de la historia de la URSS, de su caída, su desmembramiento y de la aparición de la Rusia de Putin descoloca al lector no ruso al situarlo ante un panorama que rebasa la capacidad de su lógica.
     ¡Cuántas veces hemos oído los estudiantes de la lengua de Pushkin aquello de que solo un ruso es capaz de comprender toda la grandeza de sus poemas! Con cambiar el sustantivo "grandeza" por el de "miseria" se podría decir lo mismo del periodo histórico que desde la ascensión de Gorbachov llega hasta hoy. Y ahí Eduard Limónov es un personaje secundario, casi insignificante, pero por ese valor de sinécdoque que confieren los buenos relatos de la vida de una persona respecto a su ración de tiempo histórico, la suya, la de Limónov, nos ofrece un retablo complejo y contradictorio de aquella época, gracias a Carrère, quien se ha situado la mar de a gusto en ese terreno fronterizo entre la novela y el reportaje, o, lo que viene a ser lo mismo, entre la ficción y el documento.
    
En 1941 Orson Welles reconstruía en "Ciudadano Kane" la historia de un personaje a partir de una multiplicidad de los puntos de vista que conducía a la fragmentación del relato. Heredero de este modelo narrativo me parece el libro de Carrère, aunque no presente un cierre al estilo del famoso Rosebud. En él la última escena tiene tanta importancia como la primera -o como la 24, dicha así al azar-, porque la una con la otra se relaciona mediante un contraste en el que ni el orden cronológico ni el de la paginación (que con frecuencia es el mismo) son determinantes. A Carrère no le interesan tanto las respuestas como las preguntas, y más que estas el asombro que causa el planteamiento mismo de los hechos. Sus testimonios de desconcierto son numerosos, y en alguna ocasión expresa que ello le supone un paréntesis importante en su escritura. Como consecuencia de todo esto, si el modelo narrativo se aproxima al del reportaje, el estilístico es claramente el del artículo. La brevedad, la escasez de diálogos, su misma estructura -con una introducción en la que se crea rápidamente una expectativa y con un cierre brillante a menudo anticlimático- confieren a sus textos un carácter autónomo que a otro escritor menos exigente le hubiera garantizado varios años de columnas semanales en "Le Monde" o "Le Figaro" con la garantía de que el lector del diario no se hubiera aburrido, porque a pesar de que Limónov es el protagonista de casi todos, en cada uno de ellos parece que se trate de un personaje diferente. Por ejemplo, te encuentras con aquello de que desde la ventana de un apartamento en Manhattan  donde trabajaba de mayordomo, Limónov tuvo en la mirilla de su escopeta al presidente de la ONU, Kurt Waldheim y a otros invitados en una fiesta de postín, y asiste durante unas líneas al dilema que experimenta entre apretar el gatillo o no,  que viene a significar en él la distancia entre la popularidad y el anonimato, y ya no te queda otra que concluir que es Limónov es un gilipollas vecino de los estudiantes trastornados en vísperas de masacres en el instituto. O -sigo con los ejemplos- algunas páginas y años más tarde lo ves en lo alto de una colina en Sarajevo, junto a Radovan Karadzic, con unos soldados serbios, charlando animadamente, como unos instructores de los scouts o del Movimiento Junior en un campamento de verano en la serranía de Cuenca. Y entonces va y se levanta, se acerca adonde tienen apostada una metralleta y, con la misma emoción con que un niño empuña por primera vez una escopeta en la caseta de tiro de una feria, aprieta, ahora sí, el gatillo. 




     La escena resulta repugnante, por el hecho en sí y porque descubre que la connivencia que hemos visto en Limónov con otros fascistas no solo se trata de un gesto de provocación antiburguesa. Sin embargo, a pesar de la contundencia semántica de su intervención en la guerra de Yugoslavia, no sería justo orillar otras historias menos sonadas que nos ofrecen otras caras más amables y humanas del personaje: sus relaciones sentimentales, sus fracasos amorosos y literarios, su adolescencia marginal, su estancia en el psiquiátrico o su paso por diversas cárceles.
     Hay que conceder a Carrère el mérito de no decantarse por ninguna de ellas, dejando al lector la responsabilidad de las conclusiones.
     La periodista Anna Politkovskaya, que fue asesinada en Moscú  el 7 de octubre de 2006, en el apéndice sobre políticos que cita en su "Dolorosa Rusia" dice de Eduard Limónov: "(1943). Escritor y político. Expulsado de la URSS en 1974, pasó diecisiete años en Francia y en los Estados Unidos. A su vuelta a la URSS en 1992 fundó el Partido Nacional-Bolchevique, que reclama para sí ideales tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha".


     Apenas supe de su asesinato, compré su libro, inédito entonces en España -Douloureuse Russie. Journal d'une femme en colère- y lo leí como un homenaje póstumo. A menudo he vuelto a él para comprender mejor lo que pasa en Rusia. Ahora, por ejemplo, tras leer "Limónov", encuentro un subrayado mío en la página 173 referente a las declaraciones de un afiliado al partido de Limónov condenado tras una ocupación reivindicativa del Ministerio de salud y Asuntos Sociales. El texto dice así: "Nos han acusado de vandalismo con agravantes, pero es la Duma la que debería ser acusada de estos crímenes. Hace ya años que sus miembros se comportan como auténticos vándalos respecto a la sociedad. Tomemos la causa de nuestra actuación política: la monetización de las prestaciones sociales. En este caso concreto, los diputados han deteriorado profundamente las condiciones de vida de millones de personas discapacitadas, de pensionistas y de veteranos de guerra. Es una agresión contra Rusia, para la cual nuestra sociedad civil no encuentra respuesta".
      Y unas líneas más abajo comenta la propia Politkovskaya: "Yo mismo me sorprendo al pensar que estaba totalmente de acuerdo con lo que decía. La única diferencia es que, en razón de mi edad, de mi educación y de mi salud, no puedo invadir ministerios y defenestrar sillones. Es preciso atajar la demonización de los natsboli -como se conoce a los miembros del partido de Limónov-: son ante todo jóvenes idealistas que constatan que los opositores históricos no acometen nada serio contra el régimen actual. Esta es la causa de su radicalización".    
     Encuentro muchos ecos de "Douloureuse Russie" en "Limónov", entre los cuales esta interpretación del radicalismo del Partido Nacional Bolchevique es quizás uno de los más sonoros. Si Carrère expresa con brillantez el desconcierto ante el enorme oximorón de la vida de un escritor y político ruso, tomada como una especie de fractal de todo su entorno, Anna Politkovskaya arriesga las causas de ese mismo desconcierto.      

viernes, 22 de agosto de 2014

Serguei Dovlatov

Uno de mis rituales de principio de verano es la elección de los libros que pienso leerme en vacaciones. Es una operación complicada, porque ahí entran en disputa aquellos que he ido aplazando durante el curso en las baldas más sólidas de mi biblioteca con otros enquistados aquí y allá en estantes superiores, tumbados sobre otros, como cansados de esperar su momento, y que ahora que hay que abrir las ventanas de par en par para evitar el sofoco parece que se espabilan con los gritos de la chiquillería que suben del parque y quieren quitarse el polvo de encima con esa brisa insuficiente que sopla al caer la tarde. Además están esos otros que de momento no ocupan más sitio que unas líneas en el bloc de notas de mi móvil, en el apartado de libros-que-seguro-que-me-van-a-gustar-muchísimo-y-que-he-de-comprar-en-cuanto-tenga-ocasión, pero que a veces, apenas me descuido, mi pulgar me lleva insconcientemente a ellos, atraído por un ven, ven y ven inaudible que solo captan los pulgares en contacto con las pantallas. Y todo eso sin contar con los comics, que reclaman su sitio a todo color. Si se tratara solo de hacer una lista, no habría problema, porque tengo mucha práctica, tanto en hacerlas como en incumplirlas, pero la gracia está en que como el verano invita a la itinerancia hay que meter el contenido de la lista en una bolsa o en un macuto. Y luego hay que meter esa bolsa o ese macuto en el ascensor, junto a otras bolsas, maletas y macutos; y luego, todo en el maletero del coche, y ahí ya empieza a complicarse la estibación. No ayuda nada el hecho de que no son intercambiables unos calzoncillos y un libro, porque, de corriente, lo segundo pesa mucho más; y lo mismo pasa con otras prendas veraniegas, así que más vale no entrar en disputas entre lo textil y lo literario. Ni tampoco resulta muy ventajosa la sisa de espacio en perjuicio de productos alimentarios poco perecederos, equipamiento deportivo o complementos de recreo estival infantil. Cuando Dostoyevski estuvo confinado en Siberia escribía cartas a su familia pidiendo que le enviaran objetos de primera necesidad, pero ¡alto ahí, amigo! No piense que les pedía peúcos, camisetas afelpadas, jabón, loción contra los piojos, fiambres varios o una baraja nueva, no. Lo que necesitaba y reclamaba con una urgencia perentoria era libros. Pero, claro, hay que ser muy Dostoyevski para eso. Pruebe usted a sugerir a su familia un plan de adelgazamiento colectivo consistente en introducir en la dieta una novela negra -por empezar con algo ligero- a cambio del segundo plato y del postre, y a ver qué le dicen.
          Habrá por ahí quien al leer esto sonría pensando "¡ay, que tío más tonto, que no se ha enterado del invento del libro electrónico!", pero se equivoca, al menos en lo segundo, porque no solo estoy muy al tanto, sino que tengo uno, que si bien me permite bajarme un montón de textos de internet, no me ahorra cargar con los otros, porque por una extraña confabulación editorial, los de los distintos apartados que nombraba arriba no aceptan fácilmente la digitalización (y cuando sí, el que no la acepta soy yo, porque precisamente esos libros son de sobar mucho, subrayar, anotar aquí y allá, y eso no se aviene con el formato ortopédico y aséptico de las pantallas). O sea, que además de cargar con los libros de papel, he de cargar con el digital.
           A todo esto, llevamos ya dos buenos párrafos y el lector que haya llegado hasta aquí atraído por el nombre de Dovlatov en el título de este artículo estará harto de esta monserga, si es que no lo ha abandonado, que es lo más sensato. Pero ya nos vamos acercando, solo queda un par de líneas de transición entre lo anecdótico y lo literario -o entre un servidor y Dovlatov, que viene a ser lo mismo. El caso es que cuando ya tenía todo empaquetado, en vísperas de mi huida de la ciudad, quedo con un amigo en un local del centro de Valencia, medio cafetería, medio biblioteca, y tras un par de cervezas en la primera mitad, para huir de la presentación del poemario de un joven talento local henchido de metáforas y sinalefas me escabullo por los pasillos de la segunda con la vista en el suelo para evitar entretenimientos, pero en eso que al girar me topo de frente con esta portada:



       "La maleta", de Serguei Dovlatov, editada estupendamente por La breu Edicions, con una traducción al catalán de Miquel Cabal merecedora de cualquier premio a la traducción. Claro que esto lo supe después. De momento tenía solo el nombre del autor de Los nuestros, una novela que me fascinó y a la que rendí homenaje en unas páginas de mi Zapatos de ante azul -la veranovela de un imitador del rey. Eso y la foto de Chema Madoz que ilustra la portada y mi conflicto literario-espacial. De modo que fue inevitable: me detengo, saco el libro de su estante, lo hojeo, leo en la contraportada lo que traduzco aquí abajo y lo compro, sabiendo ya que sus 136 páginas echaban a perder todas mis cuidadosas previsiones de lectura veraniega.
       Cuando Serguei Dovlatov consiguió marcharse a Occidente, cada emigrante tenía derecho a llevarse solo tres maletas de la Unión Soviética. Él tuvo bastante con una. Casi diez años más tarde, ya instalado en Nueva York, Dovlatov se reencuentra con esa maleta, intacta, olvidada en el fondo de un armario. Dentro hay ocho objetos, cada uno de ellos con una historia detrás. Ocho historias que forman un autorretrato de uno de los escritores rusos más originales y valorados del siglo XX.
        Si esto fuera cierto quizás tendría tiempo aún de cumplir con un porcentaje respetable de aquellas previsiones, pero de un modo un tanto sorprendente esas líneas dejan escapar la genialidad literaria de Dovlatov, que no es solo una prosa directa escrita con guantes de boxeo, sino una combinación de humor y capacidad de síntesis que elevan la anécdota personal a otra categoría que no sé cómo llamar sin recurrir a adjetivos encomiásticos, pero cuya lectura me recuerda por su capacidad de introspección a algunos cuentos de Chéjov, y, por sus efectos demoledores respecto a la sociedad que le nutre de esas historias, a la obra de Kafka y a Las aventuras del valiente soldado Schwejk, de Hasek. Es por ello que cuando uno lee cada uno de los ocho relatos de este libro, no solo disfruta de unos textos deliciosos en torno a los objetos que llenaban la maleta, unos botines de la nomenklatura o una camisa de popelín, por ejemplo, sino que adivina detrás de todo eso las grietas en los cimientos de aquel estado enorme que se llamó la Unión Soviética. Y es de ahí, como ya lo fue para mí en la lectura de Los nuestros, de ese extraño oximorón entre lo banal y lo trascendente expresado sin prosopopeya, de donde viene esa capacidad hipnótica de su prosa que me hace volver una y otra vez a estos relatos.
     Lean, por ejemplo, este fragmento de "Los botines de la Nomenklatura":

     Una vez estaba en el taller de un escultor famoso. Los trabajos inacabados se amontonaban por los rincones. Reconocí fácilmente a Iuri Gagarin, a Maiakovski y a Fidel Castro. Me fijé y me quedé estupefacto: estaban todos desnudos. es decir, totalmente desnudos. Con unos culos conscientemente modelados, sus órganos sexuales y una musculatura en relieve.
     El miedo me dejó helado.
     -No se ha de extrañar -me explicó el escultor-. Somos realistas. Primero esculpimos la anatomía, después la ropa...
     Por eso nuestros escultores son ricos. Sobre todo ganan con las representaciones de Lenin. Ni la laboriosa barba de Karl Marx se paga con tanta generosidad.
     Todas las ciudades tienen un monumento a Lenin. Los hay en cualquier capital regional. Los encargos de este tipo son inagotables. Un escultor experimentado puede tallar un Lenin a ciegas. Es decir, con los ojos vendados. Si bien se dan también hechos curiosos. En Cheliabinsk, por ejemplo, pasó uno de esos.
     En la plaza mayor, frente al soviet municipal, habían de erigir un monumento a Lenin. Organizaron un acto solemne en el que se reunieron unas mil quinientas personas. Sonaba una música enaltecedora. Los oradores pronunciaban sus discursos. El monumento estaba cubierto con una tela gris.
     Y llegó el momento decisivo. Bajo el redoble de los timbales, los funcionarios del comité ejecutivo local retiraron la tela.
     Lenin estaba representado en la postura habitual: la del turista que que quiere parar un coche en la calzada. Su mano derecha señalaba el camino hacia el futuro. y tenía la izquierda en el bolsillo del abrigo abierto.
     La música se detuvo. En aquel silencio repentino, alguien se echó a reír. Al cabo de un momento la plaza entera se partía de risa.
     Solo había un hombre que no reía. Era el escultor Víktor Drijakov, de Leningrado. Poco a poco, la expresión de terror de su cara se convirtió en una mueca de indiferencia y resignación.
     ¿Qué había pasado? El pobre escultor había tallado dos gorras. Una cubría la cabeza del líder, que estrechaba la otra en su puño.
     Los funcionarios corrieron a envolver el monumento defectuoso con la tela gris.
     Por la mañana descubrieron de nuevo la estatua. Durante la noche habían quitado la gorra de más...     



     Serguei Dovlatov murió con apenas cincuenta años, víctima del alcoholismo, en Brooklyn, en 1990. Un año después, en Moscú, muy cerca de la Plaza de Gorki, se organizó casi improvisadamente un parque para almacenar las estatuas de alegorías y de héroes del comunismo que, una vez retirados de sus peanas en calles, plazas y fachadas, se convertían en testigos de una historia que se tenía prisa en olvidar. Es el Cementerio de las estatuas caídas, que actualmente forma parte de ese itinerario que recorren los turistas que buscan en la capital rusa algo de los restos del naufragio de la URSS. Para ese camino "La maleta" de Dovlatov es un equipaje excelente.         

martes, 22 de marzo de 2011

Goncharov

"Oblómov" y el ímpetu

     En los lejanos años de mi adolescencia empecé a sentir una atracción hacia la literatura y geografía rusas que nunca me ha abandonado. Cómo y cuándo surgió es algo de lo que no estoy seguro, pero todas las prospecciones en mis recuerdos me llevan a dos novelas, curiosamente ninguna de escritor de aquella nacionalidad: "Miguel Strogoff", de Julio Verne, y "Los horrores de Siberia", de Emilio Salgari. En ellas descubrí la estepa, los bosques inmensos de abedules, las nieves perpetuas, las noches boreales..., el chasquido del knut y las distancias en verstas. Quizás estas fueron mis primeras palabras rusas. Luego vinieron "ucase", "samovar", "mujic"... y otras, pero en el contraste entre aquellas dos se encontraba ya la oposición que latía en las páginas de Verne y de Salgari: la tiranía y el ansia de libertad: el látigo y el paisaje siberiano. Han pasado ya tantos años..., pero nunca he querido releerlas: prefiero el ardor y los sueños que despertaron en aquel adolescente a mi juicio resabiado de adulto.
     De mis siguientes lecturas rusas me detengo hoy en dos obras de Iván Alexándrovich Goncharov, vinculadas también a sendas palabras. La primera es "Oblomov", de 1859, que gira en torno a las vicisitudes de un noble sensible, inteligente y rico cuya principal afición es quedarse tumbado en la cama pensando con gran perspicacia en los problemas que afectan tanto a su vida privada como a su hacienda y elaborando proyectos que nunca lleva a cabo. Rescato de ella gracias a notas y subrayados de hace veinte años el siguiente fragmento, que corresponde a cuando Olga, la joven de quien está enamorado, abandona desesperada sus intentos por salvarlo de su indolencia enfermiza:
     "-¿Por qué había fracasado todo? -preguntó de pronto, alzando la cabeza-. ¿Quién te maldijo, Iliá? ¿Qué has hecho? Eres bueno, inteligente, noble, delicado... y ¡te estás perdiendo! ¿Qué es lo que te pierde? ¿Tiene nombre ese mal?
     -Lo tiene -susurró apenas Oblómov.
     Olga fijó en él una mirada interrogante llena de lágrimas.
     -¡Oblomovismo! -susurró él.
     (III Parte, capítulo XII. Editorial Cupsa. Traducción de Lydia Kúper)
     En el siglo XIX el oblomovismo fue un mal endémico entre la aristocracia terrateniente rusa, que Goncharov satiriza con ingenio y señala como una de las causas del atraso de su país con respecto a otros de Europa. Sin embargo hay algo en ese personaje y en ese mal que va más allá de tales circunstancias y que, cuando leía la novela, me inquietaba y replegaba mi sonrisa antes de que se extendiera entre ambas comisuras. Era una sospecha apenas insinuada, un vago temor que ahuyentaba con el mismo gesto torpe con el que se aparta a una mosca de la cara: ¿tendría yo algo de oblomovismo en la sangre?, ¿sería contagioso? ¿o se contraería con la edad?
     Con el paso de los años he ido respondiéndome de diferentes maneras a esas preguntas, y, cuando había dado con una respuesta que más o menos me satisfacía sin violentar demasiado mis sueños siberianos de adolescente, cae en mis manos "El mal del ímpetu", también de Goncharov, mucho más breve que "Oblómov", pero tan divertida y mordaz como aquella, de la que es el ying de su yan, y que me ha fastidiado inoculándome con su lectura la duda de si esta mania que me ha entrado de ir a Siberia a buscar setas no será un síntoma de que yo también padezco el mal del ímpetu.    
      La naturaleza de tal afección la presenta Goncharov en un inicio de relato magistral: "¿Han leído ustedes, muy señores míos, o por lo menos han oído hablar de ese extraño mal que antaño padecieron los niños tanto en Alemania como en Francia y que no tiene nombre ni ha quedado registrado en los anales de la medicina? Se trataba de una dolencia que creaba en ellos la necesidad imperiosa de subir al monte Saint Michel (creo que en Normandía)". (Editorial Minúscula. Barcelona, 2010. Traducción de Selma Ancira).
     En su historia los afectados son los Zúrov, "una familia irreprochable, fina y culta" de Petersburgo que  somete a sus allegados a una pasión perversa por las actividades al aire libre y, en especial, por las caminatas interminables. A diferencia de lo ocurrido con "Oblómov", la excentricidad de los Zúrov no ha derivado en el sustantivo "zurovismo", quizás porque el mal del ímpetu está tan extendido que ni siquiera tenemos conciencia de su condición patológica. Sin embargo, a finales del XVIII y principios del XIX a ojos de cualquier persona decente resultaba tan llamativo como la viruela. Una nota a pie de página a la cita de un "Folleto científico sobre los estragos del cólera en Moscú" que encabeza el relato no deja dudas al respecto: "Christian Ivánovich Lóder (1753-1832), médico personal de Alejandro I, fue el fundador en Moscú de una clínica de aguas termales artificiales en las que se aplicaba un novedosísimo sistema de curación. Además de beberse las aguas minerales y bañarse en las fuentes de aguas termales, los enfermos debían realizar ejercicios ligeros al aire libre. El espectáculo de aquellos nobles endomingados que circulaban sin ton ni son a buen ritmo por las veredas de los jardines de la clínica, suscitaba la curiosidad de la gente del pueblo que, embobada, pasaba largas horas observándolos desde la verja del jardín. Desde entonces el apellido del médico pasó a ser en ruso un sustantivo que significa holgazán, haragán."